Sin permiso

Si los abusos sexuales en Irlanda justifican su contrición, qué desprecio muestra el silencio del Vaticano sobre su papel en el genocidio ruandés.
Si eres un católico irlandés y has sufrido abusos sexuales a manos de un sacerdote, habrás podido leer hace poco una carta del Papa Benedicto que te dice: “Has sufrido terriblemente y yo de veras lo siento. Sé que nada puede borrar el mal que has soportado. Tu confianza ha sido traicionada y tu dignidad, violada”.

Para cualquier católico practicante de Ruanda, esta carta debe ser insoportable, pues da a entender lo poco que vales para el Vaticano. Hace quince años, decenas de miles de católicos fueron asesinados a machetazos dentro de las iglesias. En algunos casos fueron sacerdotes y monjas los que dirigieron la carnicería. En algunos casos no hicieron nada mientras se llevaba cabo. Los incidentes no fueron algo aislado. Nyamata, Ntarama, Nyarubuye, Cyahinda, Nyange y Saint Famille fueron sólo unas cuantas de las iglesias escenario de matanzas.[1]

A ti, superviviente católico del genocidio de Ruanda, el Vaticano te dice que esos curas, esos obispos, esas monjas, esos arzobispos que planificaron y mataron no actuaban siguiendo instrucciones de la Iglesia. Pero la responsabilidad moral cambia de modo espectacular si eres un católico europeo o norteamericano. A los sacerdotes de la Iglesia irlandesa que abusaron de los niños, el Papa tiene algo que decirles, esto: “Debéis responder de ello ante Dios todopoderoso y ante los tribunales legalmente establecidos. Habéis perdido la estima del pueblo de Irlanda y habéis atraído la vergüenza y la deshonra sobre vuestros compañeros”.

Las pérdidas de Ruanda no han recibido esa consideración. Algunas de las monjas y de los curas que han sido condenados por los tribunales belgas y el Tribunal Penal Internacional para Ruanda (TPIR), respectivamente, gozaron del amparo de iglesias católicas en Europa mientras siguieron huidos de los fiscales acusadores. Uno de ellos es el padre Athanase Seromba, que encabezó la matanza de la parroquia de Nyange y fue sentenciado a quince años de cárcel por el tribunal que le juzgó.[2] En abril de 1994, Seromba logró atraer a más de dos mil hombres, mujeres y niños desesperados a su iglesia, donde esperaban permanecer seguros. Pero el pastor resultó ser su cazador.

Una tarde Seromba entró en la iglesia y se llevó los cálices de la comunión, así como las vestiduras sacerdotales. Cuando un refugiado le rogó que les dejara la Eucaristía para permitirles al menos celebrar una (última) misa, el cura se negó y les dijo que el edificio ya no era una iglesia. Un testigo del juicio de TPIR recordó una conversación en la que se puso de manifiesto su pensamiento.

Uno de los refugiados preguntó: “Padre, ¿puede usted rezar por nosotros?” Seromba respondió: “¿Vive todavía el Dios de los tutsis?” Posteriormente, dio órdenes para que una excavadora derribara los muros de la iglesia sobre quienes estaban dentro y apremió después a las milicias para que invadieran el edificio y acabaran con los supervivientes.

En su juicio, Seromba declaró: “Sacerdote soy y sacerdoté seguiré siendo”. Esta es, aparentemente, la verdad, puesto que el Vaticano nunca ha retirado los comunicados en su defensa emitidos antes de la sentencia. [3]

A lo largo del último siglo, los obispos católicos han estado profundamente implicados en la política ruandesa con pleno conocimiento del Vaticano. Tómese el caso del arzobispo Vincent Nsengiyumva. Hasta 1990 desempeñó el cargo de presidente del comité central del partido dominante, durante casi quince años, defendiendo al gobierno autoritario de Juvenal Habyarimana, que orquestó el asesinato de casi un millón de personas. O el arzobispo André Perraudin, el más alto representante de Roma en la Ruanda de los años cincuenta.

Gracias a su colusión y a su papel de mentor, se lanzó la ideología de odio y racismo conocida como Poder Hutu, con frecuencia por medio de sacerdotes y seminaristas con buena posición en la Iglesia. Uno de ellos fue el primer presidente de Ruanda, Grégoire Kayibanda, secretario particular y protegido de Perraudin, cuyo poder político no tenía rival.

El apoyo al Poder Hutu no fue producto de la ingenuidad o la inconsciencia. Se trataba de una estrategia destinada a mantener la posición política de poder de la Iglesia en una Ruanda que se descolonizaba. La violencia de los años sesenta llevó inexorablemente al intento de exterminar a los tutsis en 1994. Eran expresiones violentas de una esfera política dominada por la opinión de que hutus y tutsis eran categorías raciales separadas y opuestas. También esto es un legado de los misioneros católicos, cuyas escuelas y púlpitos hicieron de caja de resonancia de falsas teorías raciales.

Este apartamiento de las víctimas ruandesas del genocidio se produce en un momento en el que la Iglesia Católica tiene cada vez más fieles entre las gentes de piel negra y morena. No resulta difícil llegar a la conclusión de que los escalones más altos de la Iglesia se agarran desesperadamente a un patrimonio racial que se desvanece con rapidez.

Acaso sea hora de que los católicos obliguen a sus dirigentes a enfrentarse a una historia de racismo institucional que aún continúa, si ha de estar la Iglesia a la altura de sus hermosas palabras. Las disculpas no bastan, no importa lo humildes que sean. Lo que se exige es un reconocimiento del poder político y la culpabilidad moral de la Iglesia, con todas las implicaciones legales que ello entraña.

El silencio del Vaticano supone desprecio. Su incapacidad de examinar al completo su papel central en el genocidio ruandés sólo puede significar que es plenamente consciente de que no se verá amenazado si entierra la cabeza en la arena. Mientras que sabe que si ignora el abuso sexual de sus parroquianos europeos no sobrevivirá en años venideros, puede dejar que los cuerpos africanos sigan enterrados, deshumanizados y sin investigar.

Es una buena estrategia política. Y una posición moral de cuya duplicidad y maldad tenemos testigos y documentos. Pues resulta que mucha gente, muchos especialistas académicos, gobiernos e instituciones dentro y fuera de Ruanda están examinando el papel que tuvieron en el genocidio. El Vaticano sobresale por ser la excepción, y su lugar moral se sitúa hoy por debajo del gobierno de Francia por su duradera amistad con los genocidaires.

NOTAS T.: [1] La mayoría de los ocho millones de ruandeses son cristianos. La católica es la iglesia que cuenta con mayor número de fieles. [2] A lo largo de cien días de 1994 fueron asesinados 800.000 tutsis, y hutus considerados desafectos a su etnia. [3] Seromba fue juzgado por el TIPR en Arusha, Tanzania, y condenado a quince años de prisión en diciembre de 2006. En el momento de su detención trabajaba, al parecer con otra identidad, en dos parroquias de la ciudad italiana de Florencia.

Martin Kimani es miembro asociado del Grupo de Conflictos, Seguridad y Desarrollo del King’s College de Londres, donde llevó a cabo su doctorado en estudios bélicos. Trabaja en la actualidad en un libro sobre el catolicismo y el genocidio de Ruanda.
Traducción parawww.sinpermiso.info: Lucas Antón

   
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