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Si hay un asunto relacionado con la regulación de la vida de la sociedad que sea exasperante, ése es el de la eutanasia. Pues es tan enervante como el empeño de hacer entrar en razón el humanista a un ideólogo del mercantilismo, del capitalismo o del neoliberalismo…

Y es desasosegaste razonar sobre la eutanasia, porque la argumentación sólo puede interesar como recreo discursivo personal, para poner en orden uno mismo sus ideas, o para compartir el razonamiento con el lector eventual que apenas lo necesita pues ya está convencido de la “lógica” de la eutanasia aunque sólo sea por instinto. Porque frente a quienes se oponen desde sus escaños a la eutanasia, de nada sirve argüir. Se oponen porque sí. No hay ni un solo alegato mínimamente sólido capaz de justificar el disparate. El único que pretenden hacer valer es el del riesgo de abusos criminales. Y a eso sólo les puede responder que preocúpense los poderes públicos de hacer atractiva la vida de los vivos, y déjense de preocuparse tanto por los riesgos que pueda conllevar la eutanasia de los moribundos que sufren y de los que están hartos de vivir porque la vida se les hace insoportable. Ayuden a vivir a quienes por culpa de esos poderes viven mal, y dejen morir con su ayuda a los que quieren abandonar esta vida. Hay tantos riesgos de abusos en una sociedad donde se proscribe la eutanasia, como en donde está instituida.

Pues, si optar por la muerte propia, suicidarse, es un derecho personal, siempre que no se involucre a otra persona, elegir la muerte indolora y bella, que no otra cosa significa eutanasia, habida cuenta las sustancias con las que cuentala sociedad, debe ser un precepto. Los impedimentos o las trabas a la eutanasia de esos otros que sólo por formar parte del poder los interponen, sólo se explican por el capricho o por una deformación cultural que hunde sus raíces en creencias religiosas irracionales o en ideas arcaicas que ya quedan configuradas como prejuicio.

Resulta así cuando eso sucede, que reclamar la muerte bella o digna frente a quienes ordinariamente están en el poder médico, religioso, político y judicial es, como en otras muchas cosas, enfrontarse a la insensatez, a la impostación del pensamiento y al absurdo. Pues son gentes engreídas y obtusas que niegan la eutanasia al común de los mortales pero se la reservan para sí mismos y eventualmente para sus allegados.

Así es que no voy a esforzarme en razonar lo obvio, que es lo más difícil de explicar. Pues quien se opone a la eutanasia, al igual que quien pone el interés de la persona física por encima del interés de la persona jurídica, el mismo que subordina el bienestar del individuo al beneficio de la empresa y de las corporaciones, es porque es un necio o un depravado que desde su posición prominente siente placer negando la eutanasia a quien desprecia porque considera socialmente inferior bajo la excusa de garantías. Lo mismo que quien detentando el poder negase un alimento suculento a unos, pero se lo dispensa a otros.

Por otra parte, en este asunto de la eutanasia ocurre algo similar a lo que sucede en materia del aborto. Quienes legislan sobre el aborto -los hombres- no son quienes debieran. Habida cuenta su cómoda e irrisoria aportación a la vida, debieran legislar sobre el aborto en exclusiva las mujeres. Del mismo modo, aunque en este caso no sean ellos sólo los puntualmente concernidos pues la situación extrema se da a cualquier edad, legislar sobre eutanasia debiera ser competencia exclusiva de ancianos. El argumento es simple: quienes mayoritariamente hacen las leyes, y ésta sobre la eutanasia es otra de ellas, son individuos de edades intermedias que, conscientemente o no, se comportan, piensan y viven como si fuesen a ser eternos. Por ello se permiten legislar en contra. Y cuando en la vejez o en la disyuntiva que les obliga a determinarse sobre sí mismos o sobre otra persona de su entorno familiar, o lo resuelven fácilmente porque pertenecen al club de los privilegiados, o ya es tarde para corregir lo que un día decidió su estupidez o su nula voluntad…

5 Octubre 2019

   
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