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El asunto de la felicidad, como el trasunto del amor, siempre ha preocupado al hombre y a la mujer inquietos intelectiva, ética o moralmente (unas veces para aturdirse, otras sencillamente para hacer más llevadera la vida, que viene a ser lo mismo), y desde siempre los grandes pensadores de la historia han tratado de desentrañarlo en la medida que la busca todo ser humano de mil maneras y por distintos caminos…

Pero si la felicidad siempre fue una quimera, aunque sólo sea porque el bienestar más o menos momentáneo que supone está asociado a la tristeza anticipada de perderla, hoy es un imposible incluso como quimera. Hoy, dado el estado de cosas del planeta, sin vuelta atrás, ha desaparecido del imaginario de toda persona que está en su sano juicio. Hoy sólo es posible la felicidad del infeliz, del inconsciente, del enajenado o del necio. Pues la vida actual, salvo para ellos, es casi la vida que pueda vivirse en el transcurso de un lento naufragio como el del Titanic. Somos náufragos, independientemente de que unos nos hayamos percatado hace tiempo, y otros todavía no se hayan dado cuenta de la magnitud del naufragio ni del tiempo que nos queda para ser sepultados en las frías aguas de un océano sideral de los Supersargazos.

Responder al trance con optimismo en tales condiciones, es positivismo puro, es decir, optimismo sin más fundamento que el deseo de ser optimista. El planeta, mejor dicho, la vida de los seres vivos en el planeta va sucumbiendo poco a poco pero rápidamente, medido el tiempo por el de una vida humana longeva. Pues, ¿qué clase de felicidad podemos experimentar que no sea la fugaz de una bacanal o de la embriaguez, o la de ese estado de delirio o alucinación que procuran las drogas?

Una persona normal, en estado normal, despejada, no consumida por el instinto ni sumida en la inconsciencia de objetivos buscados con el ardor y la perseverancia que enajenan, no puede hoy sentirse feliz. No puede sentir la plenitud del ánimo que caracteriza a la felicidad porque sabe que el planeta, y con él todo ser viviente, escalonadamente, va a ir siendo sepultado por la inmundicia, engullido por las catástrofes, asfixiado por una atmósfera enrarecida y abrasado por altas temperaturas en aumento y por el fuego llegado del infierno…

Todo empezó en el Génesis, 26 “Entonces dijo Dios: Hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza; y señoree en los peces del mar, en las aves de los cielos, en las bestias, en toda la tierra, y en todo animal que se arrastra sobre la tierra”. Sigue en 1825 Jean Anthelme Brillat-Savarin en su obra “Fisiología del gusto”: “El hombre, con las armas de fuego y la palanca, ha subyugado a la naturaleza entera, y la ha sometido a sus placeres, necesidades y caprichos, trastornando la superficie terráquea hasta convertir al débil bípedo en rey de la creación”. Y terminan los dueños del planeta al decir, comportándose en consonancia con ello y con su terrible necedad: “aquí no pasa nada”…

13 Setiembre 2019

   
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