VII ENCUENTRO DE REDES CRISTIANAS
23 y 24 de octubre de 2021

 

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El hinduismo es una religión de emigrantes. Alrededor del año mil AEC llegaron a la India unas tribus indoeuropeas procedentes del norte de Asia que probablemente habían abandonado su lugar de origen buscando mejores climas. Se instalaron en el norte de la India, donde se mezclaron con los nativos dando lugar a la religión híbrida —como todas— que actualmente conocemos como el hinduismo.
La India ha sido un hogar para los refugiados de todas las religiones y sectas. A lo largo de milenios han ido llegando al subcontinente oleadas de personas que huían de la persecución política y religiosa, no solo de los países vecinos (los actuales Pakistán, Bangla Desh, Tíbet y Sri Lanka) sino también de Afganistán, Irán, Irak, Somalia, Sudán y hasta Uganda. Eso se debe en parte a que la tolerancia de la diversidad característica del hinduismo hace que le resulte más fácil acoger a los que llegan de otras latitudes.

Merece la pena citar extensamente a este respecto el final de la intervención de Swami Vivekananda en el parlamento de las religiones de Chicago de 1893, documento inaugural del hinduismo moderno:
«Me enorgullezco de pertenecer a una religión que ha enseñado al mundo tanto la tolerancia como la aceptación universal. No sólo creemos en la tolerancia universal, sino que aceptamos que todas las religiones son verdaderas. Me enorgullezco de pertenecer a una nación que ha amparado a los perseguidos y refugiados de todas las religiones y todas las naciones de la tierra. Me enorgullezco de deciros que hemos acogido en nuestro seno los restos más puros de los israelitas, que vinieron al sur de la India y hallaron refugio con nosotros el mismo año en que la tiranía romana hizo pedazos su templo santo. Me enorgullezco de pertenecer a la religión que ha protegido y sigue sosteniendo lo que queda de la gran nación zoroástrica. Os voy a citar, hermanos, unos versos de un himno que recuerdo haber repetido desde mi primera infancia, que recitan todos los días millones de seres humanos: «Como todos los diferentes ríos nacidos en lugares diferentes mezclan sus aguas en el mar, del mismo modo, Señor, los diferentes caminos que toman los hombres debido a sus tendencias diversas, aunque parezcan distintos, sinuosos o rectos, todos llevan a Ti».

A los mencionados por el swami habría que añadir más recientemente los refugiados tibetanos, los rohingyas de Mianmar, etc.
Esta tradicional apertura a lo diferente y a lo ajeno sigue vigente en el estado laico actual. Aunque la India no haya firmado la Convención sobre el Estatuto de los Refugiados de 1951 y no cuente con una ley nacional sobre refugiados, la constitución protege los derechos humanos de los refugiados y los solicitantes de asilo, que tienen acceso a los servicios de salud y cuyos hijos pueden asistir a la escuela.

Sin embargo, en el hinduismo siempre han coexistido un ala abierta, tolerante y acogedora y un ala intolerante y cerrada al diálogo con las demás religiones, en especial con el islam y el cristianismo, a los que considera religiones extranjeras e invasoras, lo que ha dado lugar a conflictos con esas comunidades. En esta línea se encuentra el partido que está en el poder en estos momentos, el «nacionalhinduista» BJP, cuyo primer ministro, Modi, ha declarado que la India es el hogar natural de todos los hindúes (no de todas las personas de origen indio) y que todos ellos serán bien recibidos en ella cuando lo necesiten. Eso hace que se tienda a acoger con los brazos abiertos a los refugiados hindúes, pero no tanto a los que no pertenecen a esa tradición, en especial a los de las religiones que se ven como adversarias. Lo que piensa en el fondo este hinduismo integrista es que la India es una civilización esencialmente hindú, y que las demás religiones pueden ser más o menos toleradas, pero de ninguna manera tratadas en pie de igualdad.

En las escrituras hindúes no hay mucha doctrina explícita sobre la manera correcta de tratar a los refugiados. Sin embargo, en las epopeyas —el Mahabhárata y el Ramáyana— se plantean narrativa y concretamente toda clase de cuestiones éticas, y queda claro que a los emigrantes que se comportan noblemente hay que tratarlos con la misma hospitalidad con que se debe acoger a las personas que llegan a nuestro hogar familiar. De hecho, los principales protagonistas de ambos relatos —los cinco hermanos Pándava y Rama y su familia, respectivamente— pasan años exiliados, lejos de su hogar y de su país, y se elogia abiertamente el comportamiento de las personas que, sabiendo quiénes son o sin saberlo, los reciben generosa y hospitalariamente.

Veamos, pues, lo que dicen las escrituras hindúes sobre el modo correcto de recibir a los visitantes. El Código de Manu, principal texto sobre el dharma (deber) del hinduismo, dice que, como siempre hay que ser generoso y compasivo con todos los seres vivos, al átithi (el visitante, «el que no se queda»), sea conocido o desconocido, hay que honrarlo y tratarlo con veneración, recibiéndolo aunque llegue a una hora inconveniente, y ofrecerle sin dilación un asiento, agua, comida lo mejor cocinada posible y conversación agradable. Solo se debe comer cuando el visitante haya acabado de hacerlo. Hay que prepararle un lugar para descansar, servirle adecuadamente y despedirse de él cuando se vaya. Todo esto en la medida de las posibilidades de cada uno. El Código de Manu no es un texto en absoluto igualitario, y por eso insiste en que el modo de recibir al visitante debe adaptarse a su nivel social, tratándose mejor a las personas de casta más elevada, pero no excluyendo de este buen trato a los siervos, las mujeres, los enfermos y las personas dependientes. Pero matiza que habría que abstenerse de ser hospitalario con las personas malvadas e hipócritas, incluidos los heréticos y los racionalistas —a los que la sociedad hindú de principios de la Era Común veía como pecadores de la peor especie—, así como cuando se tratara de una muchedumbre a la que sería imposible recibir adecuadamente.

El prestigioso intelectual hindú Satya Vrat Shastri trata el tema del «Respeto a los visitantes» en las páginas 235-240 de su libro Human values. Definitions and Interpretations, vol. I (Calcuta, Bharatiya Vidya Mandir, 2013), donde, citando una docena de textos tanto religiosos como literarios, da una versión actualizada del mismo asunto. Empieza enunciando el principio fundamental: átithi devo bhava: «que el visitante sea un dios para ti». Al visitante hay que tratarlo como si fuera Vishnu (Dios). Repite con otras palabras lo dicho por Manu, y añade que el átithi no es un invitado conocido (abhyágatas), sino un desconocido que llega a nuestro hogar y que, aunque haya que recibir con generosidad a cualquiera que llegue, conviene tener cuidado con los desconocidos y ser precavido con aquellos cuyos motivos no estén claros, para que no abusen de nuestra hospitalidad.

Tanto el hinduismo antiguo como el moderno, pues, predican una actitud hospitalaria, aunque prudente, con aquellos que llegan a nuestro hogar. Que esto no es una mera teoría sino una realidad práctica, lo demuestran los consejos sobre la etiqueta en la India que se leen www.protocolo.org, y que resumo a continuación: Los indios dan mucho valor al trato de sus invitados. Son unos excelentes anfitriones. Son tan atentos con los invitados y con los forasteros que estos pueden sentirse un poco abrumados por la gran cantidad de personas que los invitan a los más diversos eventos o actos tanto sociales como familiares. Generalmente, cuando alguien llega a la casa de una familia india a la que ha sido previamente invitado, es habitual que le pongan un pequeño collar o guirnalda de flores en señal de bienvenida. Para ellos el invitado es el «rey» de la casa y por ello se le trata lo mejor posible, con toda clase de atenciones. Tanto es así, que los errores que puede cometer el visitante en cuanto a las normas de comportamiento y etiqueta de la India le serán disculpadas.

Nunca hay que dar gracias por la comida, pues se considera un insulto agradecer algo que se ha ofrecido generosa y gratuitamente. Para ellos, dar las gracias por la comida es como pagar por ella, y pueden interpretarlo como una ofensa. La mejor manera de agradecerles la invitación es corresponderles con otra comida de características similares a la que ellos ofrecieron. Esa invitación significa que se valora la buena relación que se tiene con ellos.
Cualquiera que haya viajado a la India puede confirmar lo hospitalarios y generosos que son los indios con los forasteros. Hasta las familias más humildes se desviven para compartir de lo que no tienen con los desconocidos que aparecen por la zona donde viven. Recuerdo una familia musulmana que nos invitó a entrar en su chabola y se gastó lo que para ellos era un dineral para comprarnos una coca cola.

Así pues, en resumen: la hospitalidad para con los invitados y visitantes es una norma tanto del hinduismo como de la cultura india en general. Esa actitud debe extenderse a la manera en que hay que tratar a los refugiados, que son una clase de visitantes (átithis): personas desconocidas que llegan a donde vivimos y que necesitan que los acojamos y los atendamos de la mejor manera posible.

   
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