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Acaba de salir a las librerías El universo nos acerca a Dios. La verdad es que para un hombre de letras como yo, ha sido una sorpresa escribir este libro, que no hubiera sospechado hace tan solo dos años, cuando mi querido hermano me enseñaba a ver el firmamento. Esa mirada que ha causado asombro y ha suscitado las grandes preguntas. Tan es así, que los filósofos griegos comenzaron a filosofar movidos por la admiración como dijo Aristóteles, como el resultado de saber mirar lo que nos rodea.

Un filosofar que fue sinónimo de asombrarse. La admiración y las preguntas que les suscitaban, dejaron atrás a la mitología para centrarse en una mirada racional ante el Cosmos, construyendo teorías que explicaban un fenómeno e interpretaban la vida de aquella manera.

Con el paso del tiempo, las preguntas fueron cada vez más concretas hasta cuestionarse el azar y si detrás de toda la grandiosidad del Universo solo hay leyes universales o, por el contrario, todo forma parte de un plan mayor donde el anhelo de conocimiento y de una vida ética, feliz, no es más que la punta del iceberg de un anhelo muchísimo mayor e inconmensurable. Esa vivencia interior de lo maravilloso que se oculta en el trasfondo de la realidad puede ser el preámbulo de la experiencia religiosa.

Yo he mirado muchas veces la bóveda celeste, sobre todo en las noches claras, pero hasta que mi hermano me enseñó a ver las estrellas con una mirada “diferente”, mi interés no dejaba de ser algo estético y no sentía todo ese orden lleno de leyes físicas armonizadas en un maravilloso caos ordenado de toda la realidad espacial que nos circunda. Ni descubrir que, efectivamente, el universo es capaz de acercarnos a Dios.

Ortega y Gasset decía que sorprenderse es comenzar a entender, y eso que él no era nada humilde. Lo primero que quiero destacar, pues, es la humildad. Si la canción habla de que el soberbio es un ignorante, la humildad es cosa de sabios, como así se ha ponderado desde tiempos milenarios. Humildad para ver los acontecimientos de la naturaleza con un corazón de niño agradecido que disfruta aunque no entienda lo que intuye de vastedad a partir de lo poquito a lo que alcanza su vista.

Una persona humilde no es pretenciosa ni se siente auto-suficiente. Con una actitud así, se puede valorar lo bueno de la existencia, abiertos a la escucha -que es más un arte que un don en la medida que escuchar requiere un esfuerzo intencionado- aceptando nuestra concepción limitada. Mirar el firmamento con el corazón de un niño, algo que a la sociedad actual consumista y del corto plazo le parece innecesario, como todo lo que no es competitivo.

La paradoja de la humildad es que cuando se manifiesta intencionadamente, se corrompe y desaparece; ya no es modestia. Reconozcamos que la coletilla “en mi humilde opinión” no es más que nuestro orgullo disfrazado. Estamos ante una virtud que, como ninguna otra, se ve solo si se practica. Y quien quiera columbrar algo de la existencia a partir de las monstruosas magnitudes espaciales que Dios ha creado, deberá acercarse con actitud humilde. No podemos abarcar las dimensiones creadas pero hemos podido dimensionarlas.

La mirada al universo puede proporcionarnos una reflexión contemplativa, sin necesidad de ser científicos, hasta conducirnos a una actitud de admiración que a su vez nos lleve a la oración, sobrecogidos, sintiendo la grandeza infinita de un Dios activo en todo lo creado que trabaja cuidando la creación para todos. Decía Martin Luther King que solo en la oscuridad podemos ver las estrellas. Sobre todo cuando reconocemos lo poco que somos y podemos, es decir, sin salirnos de la modestia.

¿Por qué existe semejante despliegue universal? La existencia no necesita de la inteligencia humana racional, emocional o espiritual. Nada de esto resulta imprescindible para la supervivencia biológica. Mi actitud no puede ser otra que la de asombro, admiración agradecida y confianza; la gloria de Dios regalada al intelecto y a la sensibilidad humana. Por eso me parece un dislate la grandeza divina como justificación de una Iglesia poderosa y mundana, en lugar de hacerlo desde la alegría agradecida que nos convierta en impulso humilde pleno de solidaridad ante un Niño Dios que se despojó de su rango y prescindió de su omnipotencia para amarnos sin ventajas.

La ciencia no hablaba de valores, de sentido, de metas ni de fines, de amor, y de todo eso necesita el ser humano para realizarse como persona y ser feliz. Y tampoco el capitalismo, materialista a más no poder, ha sido una solución estructural.

Todavía estamos pagando aquella falsa esperanza de que el ser humano alcanzaría la felicidad para siempre en un mundo dominado por una ciencia que lo sabría y lo podría todo, cuando lo que ha resultado es un sueño que nunca se ha logrado alcanzar; al contrario, el horror gigantesco de dos guerras mundiales convirtieron al siglo XX en algo peor que una pesadilla con sus secuelas terribles del nazismo y el marxismo leninismo soviético y maoísta. El peligro no provenía de la ciencia en sí, sino de la mentalidad que lleva a considerar que solo puede conocerse aquello que es medible y controlable.

Me gusta contemplar la naturaleza porque es una manera de acercarme a Él llenándome con la belleza de su amor inefable. Creo que la verdadera experiencia religiosa no tiene vocación de enmendar la plana a los descubrimientos científicos que, no debe olvidarse, para nosotros los creyentes son manifestaciones del Dios creador de todo. Al contrario, cuando se observa el universo para intentar dar una respuesta a las preguntas que se plantean sobre su naturaleza y el origen de la existencia, la reflexión nos lleva al final a la confluencia de lo científico, lo filosófico y lo teológico.

Creo que todos los humanos de bien deberíamos exclamar con la poetisa polaca Wislawa Szymborska, Nobel de Literatura: Ayer me porté mal con el cosmos. / Viví todo el día sin preguntar por nada, / sin sorprenderme de nada.

Misterio y grandeza.

   
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