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Se oyen muchos rumores, susurros de sacristía, “petits comités clericales”, sobre todo curiales diocesanos, y, lo que más me anima, sin llegar al entusiasmo, es que el laicado eclesial interesado, e involucrado, en una identificación más plausible que la oficial eclesiástica con el Concilio Vaticano II, se está moviendo mucho, en pequeñas, pero diligentes comunidades, en reducidas reuniones y humildes congresos, que, sin mucho ruido, es están interesando, y planteando, la urgente e inaplazable tarea de poner, de una vez, a nuestra Iglesia, en modo Francisco. Sorprenden bastante ciertos detalles: desde la sacristía en la que un retrato grande de Juan Pablo II se encuentra totalmente a mano, y otro, pequeño, de Francisco, arrumbado en un rincón, casi invisible, e inalcanzable para quien no sea parecido a un pivot de baloncesto de dos metros y veinte. Y luego está la facilidad con que se oye citar al papa Benedicto, exaltado como gran teólogo, y la casi vergonzante discreción con la que se recuerda algún dicho, frase, o salida de Francisco, tachadas de fuera de lugar, por inexactas, o políticamente incorrectas.

En el terreno de la Teología tengo que reconocer que, con los años, he sufrido un revés y desengaño más que severo. Fui, en mis estudios, un muy buen alumno, y tuve, en verdad, buenos profesores, ¡algunos muy buenos!, de la Congregación de los Sagrados Corazones, (ss.cc.), en la que me formé, profesé con votos temporales y perpetuos, y fui ordenado presbítero de la Santa Madre Iglesia. Me marcaron de manera relevante mis profesores de Biblia, padre Jesús Luis Cunchillos, ss.cc., y de Historia de la Iglesia, padre Miguel Pérez del Valle, ss.cc., el mejor profesor, a mucha distancia, que me ha ayudado a pensar, y a tejer concienzudamente criterios, no solo para la cultura y el pensamiento, incluso el filosófico-teológico, sino también para la vida. He estudiado en cinco Universidades, tres en Brasil, y dos en España, y solo en la Pontificia Universidad de Salamanca encontré un profesor, D. Teodoro Jiménez Urresti, gran maestro e investigador de Derecho Canónico, y el único autor español citado por teólogos como Yvês Congar, op., o Karl Rhaner, sj., que estuviera a la altura de la visión intelectual, y del horizonte pluricultural de nuestro gran profesor de Historia de la Iglesia.

Me he referido a mi experiencia de estudiante de Teología, y del desengaño, y revés, que he sentido en mi lento, pero seguro, crecimiento hacia un pensamiento autónomo y crítico. Y en este apartado meto a muchos, la mayoría , de los teólogos profesionales, que son bastante más pretendientes de filósofos, o recopiladores de datos de pensadores anteriores, filósofos, o teólogos. Y, desde luego, los teólogos de gabinete, los consejeros áulicos de obispos y cardenales, entre éstos no hablo de la “mayoría”, sino de la totalidad, que me ha desengañado y desilusionado. Y uno de los primeros en este ranking es el prometedor y joven teólogo Ratzinger, que una vez elevado a las alturas de la jerarquía eclesiástica, es de los que “donde dije digo, digo Diego”.

Y no hablo por hablar. En la facultad de Derecho Canónico de la Pontificia de Salamanca se nos pidió que hiciéramos la comparación de dos artículos, unos del joven Ratzinzger, teólogo crítico y de pensamiento libre, y otro del Prefecto de la Congregación de la Fe, antiguo Santo Oficio, que de santo tenía lo que podía exhibir la Inquisición, con sus métodos inhumanos, y sus decisiones discriminatorias, injustas, y sin defensa posible. Pues bien, de unos de los artículos, de la juventud, y de la madurez, no recuerdo ni el asunto. De los otros dos, sí: de joven el teólogo Ratzinger defendía la descentralización de la Iglesia, una más amplia y extensa autonomía de las Conferencia Episcopales, un mayor protagonismo de éstas en la elección de los obispos, y una intervención, paulatinamente menguante, de las nunciaturas, en su influencia en las Iglesias locales.

Sin embargo, el poderoso Cardenal del Santo Oficio, que condenó de alguna manera, todas dolorosas e injustas, por lo menos por el modo, y casi siempre también por los contenidos, a más de 240 teólogos, tres de los cuales habían sido asesores de los papas Juan XXIII y Pablo VI en el Concilio, -Congar, op., Chílebekc, op., y Rhaner. sj., -, ya maduro prefecto de la Congregación romana para la defensa de la FE, no solo se desdice, sino que sin ningún atisbo de pudor o, por lo menos, un poco de conciencia de menoscabo del pundonor, insiste en la centralidad de la Sede Romana, y en la irrelevancia de las Conferencias Episcopales, que quedan relegadas, casi, al papel de tertulias de amiguetes, que, cuando toman algún acuerdo para la praxis eclesial, antes de intentar ponerlo en práctica tienen que acudir al “placet” romano, con lo que la autonomía de las CEPs, tan ardorosamente defendida en la juventud, queda en agua de borrajas. Ya sabemos que el poder, cuanto más alto y sacro, puede corromper en la misma proporción.

Este artículo lo he escrito inspirado en el que publicó Jesús Bastante en Religión Digital, (RD), el 03/08/19, con el título de “El Episcopado español arranca el curso con el reto de apostar, por fin, por una Iglesia “en modo Francisco”. La verdad que mi opinión es bastante más pesimista que la del siempre bien informado periodista de “Religión Digital”, (RD), lo que no quiere decir que él sea demasiado optimista. Para ordenar su escrito habla de dos claves, una externa y otra interna, claves, o condicionamientos, que yo voy a comentar brevemente.

1ª) El nombramiento del nuevo nuncio apostólico. Ésta sería la clave externa, y, a la que, en mi opinión, se le da bastante más importancia de la que debería tener. No soy un iluso que ignore las condiciones en las que la Iglesia se maneja, todavía hoy, a casi cincuenta años del Concilio Vaticano II. De todos, o casi todos los que han querido enterarse, es conocida la idea, expresada tímidamente, y que la curia romana no permitió que pasara de una simple y fugaz insinuación, que el Concilio, en su prometida idea y afán de “aggiornamento”, no hubiera visto mal la supresión de esa institución política de los embajadores en países extranjeros en la Iglesia Nuncios ¿”Apostólicos”?, que no es otra cosa que la copia exacta de los protocolos mundanos de la política de las naciones, que no tiene nada que ver con el Evangelio. El cardenal Suenens, en una memorable entrevista a un periódico parisiense, abogó públicamente por su abolición, algo que supuso un grave sofoco para Pablo VI, que no tuvo la valentía de aceptar la sugerencia. El papa Francisco sería muy capaz de una decisión así, si fuera solicitada por las mentes más preclaras eclesiales adictas al Concilio.

2ª) El estilo eclesiástico de los obispos españoles. Ésta sería la primera clave interna. Parece bastante claro que la gran mayoría de nuestros obispos no son de espíritu “franciscano”, sino más bien “juan-paulista”, o “benedictino”. Los dos papas anteriores han sido, considerando su acción pastoral de manera objetiva, actores de un doble comportamiento, uno aparentemente respetuoso con el Vaticano II, pero, en la realidad, otro, preponderante en las decisiones de la praxis eclesial, de freno y rémora del Espíritu del Concilio, más que de sus decisiones, a las que no hacía falta ni oponerse, ni hacer una crítica positiva, dado el estilo nuevo del Vaticano II, que más que de normas, inundó a la Iglesia de un Espíritu menos concreto, más etéreo, más espiritualista, y, por todas esas notas, más evangélico.

Pero no hay duda de la energía que tanto el papa polaco, como el alemán, éste en una primera fase como mano derecha de Juan Pablo II, y después como autónomo Benedicto XVI, emplearon para sofocar las ideas más ceñidas al espíritu conciliar. No hay sino comprobar cómo el cardenal Ratzinger, como prefecto de la Congregación para la Defensa de la Fe, y después como papa, persiguió a los más genuinos teólogos de la línea conciliar, hasta llegar al extremo de incomodar y condenar, quitando la cátedra, o prohibiendo editar libros o artículos de contenido teológico. Y que se perseguía a los más indiscutibles teólogos conciliares lo demuestra las penas y penurias que pasaron los tres peritos conciliares más famosos del Concilio, por la persecución implacable del cardenal alemán, como fueron los tres citados más arriba, un de los que, probablemente, fue profesor de Ratzinger, Karl Rhaner. En un ejercicio implacable, y poco racional, de lealtad institucional a su superior, el papa Wojtyla.

3ª) La edad de los arzobispos y obispos. Es la segunda clave interna, pero es de signo ambiguo. La edad avanzada de mucho de los prelados españoles provoca que la reforma que hay que hacer sea rápida, es decir, que hace necesarias las prisas, que, como todos sabemos, nunca son buenas consejeras. Pero en contraposición, el que la mayoría de los obispos sean mayores, algunos, ancianos de casi ochenta años, obliga necesariamente a los cambios, a encontrar gente joven, con nuevas ideas, nuevo estilo evangélico, y mucha energía. Y es una tarea urgente, además de por el condicionamiento interno de la situación episcopal española, por la clave externa, ya que sería muy ventajoso para nuestra Iglesia que el grueso de las mudanzas y de los nuevos nombramientos fueran realizados en el pontificado de Francisco.

   
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