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No hizo precisamente un regalo beneficioso Mussolini a la Iglesia cediendo los terrenos que hoy constituyen el Vaticano, para propiedad indefinida de la Iglesia católica. En esa fecha, 11 de febrero de 1929, el Gobierno italiano, y la mal llamada Santa Sede, (porque de santa, ¡santa!, nada), resolvieron un contencioso tremendo que duraba desde el año 1870, -cuando Italia, ¡por fin!, se adueñó de los terrenos pontificios, que representaban casi dos tercio de Italia-, en los conocidos como Pactos de Letrán, -no olvidemos que el palacio de Letrán, su basílica, eran el hogar de los papas, desde que el Estado italiano se apropió de los territorios pontificios-, en los que el cardenal Pietro Gasparri, en nombre del papa Pío XI, y Benito Mussolini, en nombre del rey Víctor Manuel III, sellaron los pactos. Éstos supusieron la creación del Estado Vaticano, y la definitiva independencia política de la (mal llamada) Santa Sede, y el restablecimiento pleno de las relaciones del Estado italiano y la Iglesia, rotas desde del lejano 1870.

Éstas informaciones que he proporcionado a mis lectores son útiles y apropiadas, para que se entienda lo que quiero decir con lo de “regalo poco beneficioso”, por no decir envenenado. Nadie se puede sentir aludido, ni indignado, ni siquiera los papa protagonistas del descosido que se perpetró en la Iglesia durante siglos, si recordamos que para el siglo XIX hacía ya mucho tiempo en que para según que decisiones, los papas no tenían en cuenta el Evangelio. Porque leyéndolo, ni en sueños, ni dopados, alguien hubiera podido inferir que vivir en palacios, y siendo como los más poderosos de la tierra, es decir, jefes de Estado, los que así condescendían con los cantos de sirena del mundo, pensasen que esa presencia en el mundo era según el Evangelio de Jesús, olvidando aquella frase definitiva del Señor, “entre vosotros que no sea así”. Por este motivo, muchos en la Iglesia actual, y el concilio Vaticano II lo intuyó, y entre pasillos lo insinuó, que el ser el obispo de Roma jefe de Estado no ayudaba nada a la genuina misión evangelizadora de la Iglesia. Habría sido mejor que el Estado italiano hubiera cedido en usufructo perpetuo la finca vaticana, con autonomía suficiente para que le Papa cumpliera su misión, sin ceder la propiedad para poder establecerse como Estado soberano.

No fue ningún capricho exótico de algunos padres conciliares, ni del cardenal Suenens, el pedir, y casi exigir, que desaparecieran los nuncios apostólicos, -que de referencia apostólica, ¡nada!, sino embajadores de tomo y lomo-, con la contraindicación y baldón antievangélicos añadidos de que el representante del que dicen que representa a Jesús, ¡un maldito crucificado”,(“maldito el que pende del madero”), que ese representante de un sentenciado a muerte sea el “decano del Cuerpo Diplomático” en todos los países, que son casi todos los del mundo, donde Roma haya mandado a su embajador. Es por este cúmulo de sin sentidos escandalosamente contrarios al Evangelio que los padres conciliares, con la terrible oposición férrea de la Curia Vaticana, prefería que los asuntos entre una Iglesia local nacional, y el Estado correspondiente, lo gestionara la Conferencia Episcopal de esa Iglesia. Así se evitaba esa impresión de que la Iglesia es, en cada país, un mini estado, que se rigen por las normas e indicaciones de un Estado extranjero, como es el Vaticano, aunque muchos no lo quieran ver.

(Para no alargarme, dejo para mañana el asunto de las consecuencias de lo que representa el título, “El contrasentido de los convenios Iglesia española-Estado del Vaticano en el tema de la pederastia en la Iglesia española”).

   
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