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El manejo sin escrúpulos que la mano de Donald Trump ha hecho de la marioneta política en toda la legislatura ha culminado con el asalto de una turba enfurecida al Capitolio. Cuatro años de espectáculo bochornoso y lamentable que han provocado muertes y puesto en riesgo la democracia, la paz social de su país y el equilibrio mundial.

Siempre he pensado que, las más de las veces, los mayores culpables no son los ejecutores, sino los que instigan, inducen o alientan la comisión del delito. Si la justicia no fuera ciega, el destino final de este amoral personaje debería ser Guantánamo; pero no se hagan ilusiones, todos sabemos que el mayor peso de la ley siempre cae sobre el títere y no sobre la mano que mueve los hilos.

/ Antoñán del Valle (León)

   
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