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No es fácil comprender que pulsiones mueven a los corruptos a delinquir; sobre todo, cuando quienes teniéndolo todo se comportan como si nada tuvieran. Claro que, bien pensado, todo no lo tienen, pues les falta lo más importante: la decencia y la honestidad. Porque, díganme, ¿qué les queda a quienes les faltan estas virtudes?

No entiendo, que, como a quien le falta el aire para respirar, necesiten recurrir una y otra vez al engaño, a la mentira y al abuso para beneficiarse de aquello que supuestamente deberían salvaguardar. No entiendo a los que, debiendo gobernar para el pueblo, gobiernen para si mismos. Pero sorprende aún más, si cabe, que la corrupción abunde especialmente entre los seguidores de un credo que expresamente la condena. Lo cual viene a demostrar la doble moral o, mejor dicho, la amoralidad de estos santurrones farsantes, capaces de servir a Dios y al diablo al mismo tiempo sin rubor alguno. Vean, si no, con que desfachatez combina, Marta Ferrusola -“madre superiora de la congregación”-, la religión con el presunto delito.

Ante el interminable goteo de casos de corrupción, una justicia lenta y politizada y la no restitución de lo robado, los ciudadanos de bien ya hemos pasado de la indignación a la impotencia, a la sensación de que el latrocinio sale rentable y goza de una insoportable impunidad. De modo que, ante esta descorazonadora realidad, solo una cosa nos queda: la reprobación, el desprecio y aislamiento social de estos miserables depredadores.

. Valladolid

   
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