VII ENCUENTRO DE REDES CRISTIANAS
23 y 24 de octubre de 2021

 

Enviado a la página web de Redes Cristianas

Guardadas diferencias y proporciones, un mismo cordón umbilical alimenta
al Estado musulmán y a la Iglesia-estado de Roma en sus dominios: el
integrismo religioso. Un fundamentalismo supersticioso que apunta sin
ahorrar violencia al dominio total sobre el poder público, sobre cada
resquicio de la sociedad, de la cultura, de la vida privada. Busca, en
particular, la servidumbre de las mujeres.

Yihadismo e Inquisición corren parejas en la historia, que se renueva todos los días, ya como lapidación de adúlteras en Kabul, ya como agresión contra colombianas que amparadas por la Corte abortan voluntariamente. La triada fatal médico-cura-juez activa aquí su artillería sobre todo contra las más vulnerables: contra las niñas, cuyo embarazo se considera fruto de violación. Pero son ellas quienes pagan
cárcel, no sus violadores. Víctimas de la Policía y del propio personal médico
que, dominados por la norma patriarcal y bíblica que se ríe de los derechos
ciudadanos, las vejan y denuncian. Ya esperarán que también aquí paguen a
$US10.000 la denuncia, como acaba de establecerse en Texas, Estados
Unidos, país donde bulle otro fanatismo: el calvinista.

Reveladora la conversación de Cecilia Orozco con la doctora Ana Cristina
González sobre el informe “Criminalización del aborto en Colombia” (El
Espectador, 29,8). Prueba él que para la Fiscalía y para el sector Salud, las
mujeres son ciudadanas de segunda, sin igualdad completa ni libertad. Poco
menos que las de Afganistán, apuntaría Orozco. Y es que si la Corte autorizó
el aborto en tres circunstancias, en el código penal permanece como delito.

La tradicional estigmatización del aborto, nutrida de prejuicios, creencias
religiosas y odio soterrado a la mujer, legitima la cascada de obstáculos que
se interponen al aborto voluntario. Si la mujer no es dueña de su cuerpo, no
es libre. En el fondo, dicen ellas, no se persigue el aborto para proteger la
vida del feto; se persigue a las mujeres por negarse a la maternidad como
deber y destino.

La Iglesia Católica, beligerante antagonista de la modernidad y del laicismo,
condenó el aborto. Sostuvo que el único sentido posible de la sexualidad es la
procreación, la maternidad como fatalidad biológica y cultural. De la Biblia
extrae y acomoda su moral: si la vida es sagrada, matar el feto es un crimen.
Crimen de lesa divinidad, pues el hombre fue creado a imagen y semejanza

de Dios, dueño absoluto de su vida. Ya lo ratificó Francisco, eco de Pio Nono,
cuyo baculazo cumple inalterado 152 años mientras rueda el mundo sin
parar. Y para completar, el mito de la inmaculada concepción: María concibe
sin pecado original, sin sexo; triunfa sobre su libertad la palabra del Señor:
“hágase en mi según tu palabra”.

Poco media de allí a la extirpación de los genitales femeninos por amplios
conglomerados del Islam. Al menos como símbolo. Crueldad de crueldades,
se practica para liberar a la mujer del pecado de concupiscencia, del placer
sexual que la potencia como disoluta. Sólo así podrá ella ser aceptada por
Dios. Regresa hoy a Afganistán la cruzada talibán del Ministerio de la
Propagación de la Virtud y la Prevención del Vicio, cuyo blanco predilecto es
la mujer. A su interpretación de la ley islámica no le basta con prohibir la
educación, el trabajo y la libre locomoción de la mujer.

Si en el Estado islámico la norma religiosa es ley, falta mucho en Colombia
para que la ley civil se sacuda del todo los asedios de la fe; para que una
revolución cultural le coja el paso a la revolución social que ha significado la
incursión masiva de las mujeres en la escuela y en el trabajo. La que desafía
todas las violencias, las del cuerpo y las del alma, por el derecho a decidir si
ser madre o no.

Cristinadelatorre.com.co

   
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