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MARÍA VICTORIA GUERRA IRIARTE se había convertido en víctima sacrificial del amor y de la violencia. Sus hombres ejercen aquel derecho de propiedad privada sobre su amor del mismo modo que exhiben las mujeres que aman. Todos pretendían de ella aquello que ella no soportaba: la privatización del amor, que la hicieran la cosita privada del amor. Pero también experimentaría de cerca aquella violencia mafiosa, paramilitar, estatal con la que se sostuvieron los presidentes de COLOMBIA desde los felices años setenta que inaugura el sonriente presidente Pastrana que ha llegado a ocupar la mayor magistratura del Estado mediante esas elecciones fraudulentas que le arrebataron el triunfo al general Rojas.

Desde la lejanía el presidente miope, un intelectual del poder y del derecho eterno de los elegidos a mantener el cetro de su codicia a perpetuidad. En su lógica, el poder no cambia de manos. El presidente miope mira con desprecio a su predecesor: lo sabe indigno, defraudador de la fe pública, pero todo aquello hace parte de las intrigas eternas e inherentes al poder. El presidente miope fue recibido con el paro cívico de 1977 para tirar por el suelo su sueño imperial de hacer de COLOMBIA el Japón de Suramérica: el presidente López ve que su sueño de coronarse emperador se le fue disolviendo en el aire. Sólo le queda entregarle la sucesión imperial a “harmano gulito”, el presidente más odiado de COLOMBIA de aquella fecha inolvidable.

La Moira alcanzó a “harmano gulito” en el secuestro y asesinato de su amada hija Diana Turbay por orden de Pablo Escobar que le recordó sus deudas con la mafia: la hybris, el daño moral, cobró en la víctima inocente el pecado del padre. El sueño liberal del presidente miope de volver a la presidencia se perdió: y se nos vino la tragedia de Belisario, el presidente más popular y querido de la patria de aquellos días, que pudo llegar a gobernar gracias a los ochocientos millones que la mafia le facilitó. Las brujas que le aseguraron que el hijo de Amagá sería presidente se burlan de su engaño: la guerrilla del M- 19 se toma el palacio de justicia para enjuiciarlo por incumplir el mandato isaiaco de un reino de paz perpetua. Los malhechores son vencidos con las armas de la república.

No se reponía de aquello cuando Belisario ve al pueblito de Armero arrastrado por el barro del volcán que ha liberado sus fumarolas. En medio de aquel levantamiento de “la gran marcha” guerrillera de las FARC, del EPL, del ELN aún quedaban aquellos cristianos crédulos como el obispo de Apartadó, monseñor Isaías Duarte Cancino, que se dedican a erigir “COMUNIDADES DE PAZ”. Aquello ofuscó al líder paramilitar Carlos Castaño que sabe quiénes dieron la orden de su muerte violenta en la catedral de Cali: Castaño, como todas las fuerzas ocultas de COLOMBIA, sale más pronto que rápido a acusar a las FARC de la autoría del horroroso asesinato.

El presidente Pastrana sabía del riesgo que corría monseñor Isaías Duarte, el fiscal Luis Camilo Osorio también conocía los riesgos del obispo santo, pero no impidieron su sacrificio, ni detuvieron a sus asesinos. La guerra nuclear, como nirvana inexorable de nuestro tiempo, da cuenta de la tierra y María Victoria y los suyos deben huir hacia Andrómeda: allí estaba esperándola el “women planet” donde se confirmó la decadencia de los hombres y el triunfo de la era de las mujeres.

   
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