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(lamarea, 14-5-2017)
“Cuando yo uso una palabra –insistió Humpty Dumpty con un tono de voz más bien desdeñoso–quiere decir lo que yo quiero que diga…, ni más ni menos. -La cuestión –insistió Alicia– es si se puede hacer que las palabras signifiquen tantas cosas diferentes. -La cuestión –zanjó Humpty Dumpty–es saber quién es el que manda…, eso es todo” Lewis Carroll.
La nueva palabra que permite saber quiénes son los que mandan es la posverdad. La última construcción literal de las élites que es utilizada con profusión para marcar a un adversario y echarle del tablero político consensuado y aceptado. La perversión de los términos es muy habitual, sólo hay que ver en lo que ha degenerado populismo, pero en el caso de la posverdad la rapidez con la que ha perdido toda validez ha sido de una celeridad lumínica.

La posverdad es un término que define cómo los hechos objetivos influyen menos en la formación de la opinión pública que la mentira, la manipulación o la apelación a la emoción. De tanto manosearla mediática y políticamente la mención a la posverdad ha pasado a convertirse en lo mismo que decía combatir. Esta construcción terminológica no es más que una creación interesada del discurso hegemónico para aislar cualquier alternativa o versión que se aleje de la interpretación erigida por los que crean la opinión mayoritaria. Pretender enarbolar la posesión de la verdad es negar un debate que se ha dado en la historia de la humanidad desde Aristóteles, pero no seré yo el que niegue a los editorialistas tenerse en tanta estima. Los hechos son incontestables, la interpretación que se haga de ellos no. Y en eso han intentado convertir la posverdad desde las oligarquías mediáticas, en una muestra más de la instauración del pensamiento único.

En una entrevista en la Cadena SER dos miembros de los equipos de Pedro Sánchez y Susana Díaz utilizaron el término posverdad para culpar al adversario del relato que usaban. Era posverdad lo que ambos interpretaban sobre un mismo hecho, ya que para acusar al rival eludían hechos que permitían comprender con mayor precisión lo que ocurrió en el convulso Comité Federal de octubre que acabó con la dimisión de Pedro Sánchez. Si nos ceñimos a los hechos era posverdad la interpretación que los dos hacían. La paradoja de la posverdad es que el uso del concepto posverdad se ha convertido en posverdad. Hemos alcanzado la metaposverdad.

La punta de lanza de la utilización de este concepto en España ha sido el diario El País, que ha visto como un término que ha sido acuñado en el mundo anglosajón y utilizado contra la victoria de Donald Trump y el Brexit le podría dar jugosos réditos contra Podemos primero y contra Pedro Sánchez después. La paradoja de la posverdad funciona de manera sublime en sus páginas. El pasado 12 de mayo la portada del diario de Cebrián recogió una unas declaraciones de Pablo Iglesias a raíz de la polémica con el senador de Compromís, Carles Mulet, que rompió la foto de Susana Díaz, para interpretarlas de manera capciosa. La respuesta del líder de Podemos a una pregunta sobre el hecho fue:

“Bueno, desde luego no es mi estilo, y en este caso me van a permitir que sobre lo que haga un senador en este caso de una formación que no es la mía mantenga una cierta distancia. Desde luego yo no lo haría así. Creo que se puede criticar a los rivales políticos sin necesidad de romper fotos. Pero tampoco me parece que eso sea grave. Grave es lo que está haciendo el señor Moix, o el Partido Popular con las instituciones. Que un senador rompa una foto me parece una anécdota. Supongo que algunos tratarán de decir que ‘hay que ver cómo está la política en España, que algunos roban a manos llenas y están acusados de malversación, de delitos fiscales o de organización criminal, y que otros rompen fotos tratando de poner las cosas al mismo nivel, y creo que eso en España ya no se lo cree nadie”

El diario El País tituló a tres columnas en portada: Iglesias justifica al senador que denigró a Susana Díaz. Podemos pidió una rectificación que el diario de Prisa ignoró para redundar en su editorial sobre esa supuesta justificación del acto que jamás se produjo. Pero esa manipulación de las hechos no impidió al periódico llevar en la misma portada una noticia sobre los premios Ortega y Gasset con un titular que decía: “El valor de los hechos como fórmula contra la posverdad”. Una entrega de premios que contó con la presencia de toda la plana mayor económica. Directivos implicados en la Operación Lezo incluidos, como Juan Miguel Villar Mir, que acudió a la gala sin que ese nimio detalle apareciera en la crónica. Es indudable que El País logró su propósito de mostrarnos de forma gráfica en una sola portada la paradoja de la posverdad.

La creación del término posverdad nació como un elemento de combate contra la mentira y las manipulaciones de todos aquellos que aspiran a dirigir los designios de los ciudadanos. Loable aunque nada novedoso, porque en los mismos parámetros se manejó John Arbuthnot con su libro “El arte de la mentira política” o Peter Berger y Thomas Luckmann al acuñar su concepto “construcción social de la realidad”. Una creación terminológica con buena intencionalidad que ha sido pervertida por los que siempre han manejado la opinión publica a través de la publicada y que no soportan que existan medios alternativos para crear relatos al margen de sus intereses. Se sienten atacados porque existan métodos de manipulación masivos al margen de sus maniobras y han convertido un término con un significado honesto en otra herramienta de control social que sirva a sus intereses. Cuando como Humpty Dumpty se tiene claro quién es el que manda se ve todo con más claridad. Lo llaman posverdad para diferenciarlo de sus mentiras.

   
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