VII ENCUENTRO DE REDES CRISTIANAS
23 y 24 de octubre de 2021

 

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La Semana santa marca el desafío para los cristianos de relacionase más fuertemente con Jesucristo y revisar su compromiso de vida. La pandemia ha favorecido un tiempo de dispersión y de replanteamiento del quehacer cristiano tanto del clero como de los bautizados. El papa Francisco invita a una conversión para volver al mensaje de Jesús y ser sus discípulos misioneros frente a las crisis tanto de la Iglesia católica, con “las plagas -en palabras del papa- del clericalismo y la pederastia- como de un mundo plagado de guerras, de migraciones forzadas, de pobreza creciente y de destrucción fatal de la naturaleza.

Con su Reforma vaticana, el papa Francisco quiere aportar su parte
para dinamizar la Iglesia católica en sentido de solidaridad y espiritualidad centradas en Jesús de Nazaret. Se enfrenta a una situación milenaria y a fuertes resistencias a todos los niveles.
Con el emperador Constantino, en el siglo 4, comenzó una nueva etapa del cristianismo. Hasta esa fecha, las Iglesias cristianas dispersas por todo el imperio romano se articulaban difícilmente porque las distancias eran
enormes y estaban perseguidas por el los emperadores. Reunían a las gentes pobres de los distintos países y conformaban -con sus matices- comunidades fraternas, equitativas y religiosas en seguimiento a Jesús de Nazaret.

Su presencia no era mayoritaria, pero sí, significativa. Por eso el imperador Constantino, viendo la pérdida de cohesión del imperio romano, decidió buscar un apoyo en el cristianismo al darle el estatuto de religión oficial.
Roma pasó a ser el centro del cristianismo y nació la religión católica con sus templos, sus sacerdotes, sus liturgias, sus normas y su organización. Con la caída del imperio romano, la organización eclesial pasó a ser también la organización civil, económica y militar principalmente de Europa. Fue creciendo el centralismo eclesial y su poder correspondiente.

Este poder residía en el clero, o sea, el papa como monarca absoluto, los obispos como sus representantes en los diversos países y los sacerdotes como encargados de aplicar las normas dictadas por Roma.
Con la Revolución francesa, los poderes civiles de los gobiernos nacionales empezaron a desplazar el poder de la Iglesia católica en medio de muchos conflictos. El centralismo romano de la Iglesia católica y sus poderes
extremos había provocado la separación de la Iglesia ortodoxa del Oriente al principio del 2° milenio. En el siglo 15 pasó lo mismo con el Protestantismo.

Además, la Iglesia católica no veía bien ni las democracias incipientes ni la
vigencia naciente de los derechos humanos.
El Concilio de Trento, en Italia, reconocía al papa como lugarteniente de Dios en la tierra y el Derecho canónico fue considerado con la única verdad para la convivencia humana. El clero, en su apogeo, era el responsable de predicar y hacer respetar estas realidades. Mientras tanto los laicos eran considerados como meros cumplidores de las leyes y actos eclesiales. Con el siglo 20 se dieron, en muchos países, la separación entre la Iglesia y el Estado.

Con las llegadas del socialismo y el comunismo las tensiones se hicieron más fuertes y las condenas también. Ser católico era ser realista en tiempos de los reyes, conservadores en tiempos de las democracias y enemigo del socialismo y comunismo.
Al mismo tiempo surgían por toda la Iglesias católicas voces y movimientos católicos que pedían más espacio para los laicos, un regreso al Evangelio de Jesús, respeto a los derechos humanos, libertad de expresión, valoración de la organización civil y política… Esas situaciones siguieron hasta el papa Juan 23 que, en 1961, convocó un Concilio para conversar estos temas, actualizarse y colaborar en una convivencia social más armoniosa tanto con los gobiernos como con las demás religiones.

El Concilio reconoció el valor de todos los bautizos y su necesaria
participación en los distintos espacios eclesiales, pidió una organización más equitativa de las parroquias y diócesis, valoró la importancia de la Biblia y su interpretación en comunidades, prestó atención a la gravedad de la pobreza y
de la explotación de los países del Tercer Mundo, se abrió al respeto a las demás religiones… Lastimosamente estas líneas conciliares no fueron promovidas ni aplicadas por los papas Juan Pablo 2° y Benedicto 16… que tuvo que dimitir por su imposibilidad de remediar los conflictos que aparecían al interior de la Iglesia.

Al elegir al papa Francisco, se le encargó de lograr, a partir de las orientaciones del Concilio Vaticano 2°, una Reforma del Vaticano por los escándalos de autoritarismo y pederastia del clero en todos los países, avanzar hacia
una mayor participación de los laicos y en particular las mujeres, volver a una evangelización más conforme al testimonio de Jesús y a la práctica de las primeras Comunidades cristianas, seguir en la opción por los pobres característica de la misión de Jesús. Vemos que el papa Francisco está cumpliendo con estos 4 grandes desafíos: ser el portavoz y el defensor de los pobres; mediante sus encíclicas: regresar a la centralidad de Jesús y del Reino; con la sinodalidad: revertir el clericalismo; en fin. con una Reforma: descentralizar los poderes de la Curia vaticana más coherente con los Evangelios.

Al limitarnos a la Reforma del Vaticano, nos damos cuenta que se quiere reorientar las funciones del Vaticano para que sea un mayor testimonio del mensaje de Jesús, un servicio a las Conferencias episcopales nacionales, una ayuda a las diócesis para cumplir con la primera misión de toda la Iglesia: la Evangelización, o sea, la
colaboración al establecimiento del Reino de Dios, hecho de fraternidad, justicia y fe. Tal como pasó con el Concilio Vaticano 2°, las resistencias al cambio son fuertes tanto de parte del clero como de los meros parroquianos habituados a una religión que satisfaga sus deseos de espiritualidad superficial, su tranquilidad de conciencia y su salvación asegurada.

Así los necesarios cambios exigen paciencia y valentía, coherencia, respeto mutuo, y replanteamientos de muchas costumbras obsoletas enraizadas desde siglos.
Que la Pascua de Resurrección despierte en nosotros, especialmente los cristianos, el deseo de una vida nueva más conforme el mensaje y testimonio de Jesús, si no queremos quedar, como Iglesia, una secta más que no responde a los grandes desafíos de nuestro tiempo y de las nuevas generaciones.

   
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