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Tamayo3Director de la Cátedra de Teología y Ciencias de las Religiones. Universidad Carlos III de Madrid y autor de Teologías del Sur (Trotta, Madrid, 2017)
(Publicado en el blog de Juan José Tamayo en amerindiaenlared.org, 6 de diciembre de 2017)
En la celebración del V Centenario de la Reforma Protestante, que ha contado con numerosos eventos conmemorativos en todo el mundo a lo largo de 2017, he observado un silencio generalizado sobre la Reforma Radical, corriente fundamental dentro del cambio de paradigma teológico, eclesial y civilizatorio que supuso el protestantismo.

Un silencio que se extiende a la figura de Thomas Müntzer, uno de los principales representantes de dicha corriente. Junto al silencio, pervive una imagen deformada de su vida, pensamiento y actividad eclesial y política, que lo ha convertido en una persona rechazada incluso dentro del mundo protestante. Ha habido, con todo, algunas excepciones a dicho silencio. Es el caso de varias instituciones teológicas guatemaltecas como la Universidad Rafael Landívar, El Seminario Bíblico-Teológico de CEDEPCA y el Seminario Anabautista Latinoamericano Semilla, que me invitaron en octubre de este año a pronunciar una conferencia sobre la Reforma Radical y Thomas Müntzer. Vaya mi felicitación y agradecimiento.

Las interpretaciones sobre Müntzer han estado influenciadas por los juicios negativos, más aún, iconoclastas, de sus adversarios dentro de la Reforma, especialmente de Lutero y Melanchton. Lutero lo consideraba falso profeta, sanguinario y asesino, amén de poseído del diablo por incitar a la sedición. Melanchton lo acusaba de graves errores como osar pedir señales a Dios, no consolarse con la Escritura, ver en lo sueños un signo de haber recibido el Espíritu Santo y, lo más grave, predicar la desobediencia al poder, en contra del mandato de Pablo de Tarso de obedecer a la autoridad temporal establecida.

Müntzer es el eslabón perdido de la Reforma Protestante que necesitamos recuperar, liberarlo de los estereotipos interesados de sus correligionarios y rehabilitarlo en su verdadera significación histórica. Tal es la intención de este artículo. Müntzer fue una personalidad compleja en la que confluyen diferentes sensibilidades espirituales, intelectuales y políticas: la mística alemana, la apocalíptica y los movimientos heréticos medievales, la familiaridad con la Biblia y la crítica de los maestros de Wittenberg, especialmente de Lutero, por su alianza con los príncipes.

La mística se encuentra en el centro de su teología. La lectura de Tauler, discípulo del Maestro Eckart, supuso un cambio fundamental en su vida, que algunos califican de “conversión”. La experiencia mística es, para él, la conciencia de vaciamiento y abandono total del ser humano en las manos de Dios, más aún, la identificación entre Dios y el ser humano. Pero un abandono que no es pasividad, ni se queda en la esfera intimista, sino que se traduce políticamente en la lucha contra los poderosos y los vicios sociales provocados por ellos. Es el Espíritu, al que llama “nuestro maestro interior”, el que actúa directamente en el creyente sin mediaciones jerárquicas. Así, el cristianismo verdadero es el cristianismo del Espíritu.

Otra de las influencias fundamentales son los movimientos apocalípticos y heréticos del Medioevo, especialmente el de la Era del Espíritu del monje de Calabria Joaquín de Fiore y el de los husitas. Tales influencias dieron lugar a la llamada “utopía quiliástica”, que se caracteriza por la irrupción revolucionaria de la escatología en la historia. El milenarismo de Müntzer adopta una actitud militante y lleva a la organización de los campesinos y los mineros contra la Iglesia de los clérigos y la política opresora de los poderosos, que condujo a la Guerra de los Campesinos, calificada por Marx como “el hecho más radical de la historia alemana”, de la que Müntzer fue uno de sus principales líderes.

Su teología política se encuentra en las antípodas de Lutero. Hace una interpretación revolucionaria de la carta a los Romanos 13, considerada hasta entonces la base teológico-bíblica de la obediencia al poder. Para Lutero, la primera obligación de los gobernantes es utilizar la espada para mantener el orden público y preservar la paz, recurriendo incluso al poder militar, alegando que en dicha función contaban con el apoyo de Dios. Müntzer, por el contrario, llama a los duques de Sajonia a unirse a la sublevación del pueblo y a poner su espada a su servicio. De lo contrario les advierte que será el pueblo quien les arrebate la espada y la utilizará contra ellos. Justifica, así, la insurrección popular contra los gobernantes perversos.

Una de las interpretaciones más sugerentes de Thomas Müntzer es la que ofrece Ernst Bloch en su obra Thomas Müntzer, teólogo de la revolución, de 1921 (versión castellana: A. Machado Libros, Madrid 2002), donde defiende que la irrupción de la escatología en la historia en clave revolucionaria, tal como aparece en la predicación y practica müntzerianas, es la mejor señal de que la religión no tiene por qué ser necesariamente aceptación acrítica de lo existente, ni solo la promesa de un futuro inaccesible, ni opio del pueblo. Más allá de la interpretación economicista del marxismo ortodoxo, Bloch descubre en Müntzer un plus de conciencia anticipadora, que no se reduce a los elementos económicos. Estos no constituyen la motivación única, ni siquiera la más genuina del alma humana.

El libro de Bloch plantea ya las relaciones entre cristianismo y revolución, entre la visión cristiana y la visión marxista de la historia, que, a su juicio “acaban por unificarse en una misma singladura y en un mismo plan de operaciones”.

El final de Müntzer es bien conocido. El 15 de mayo de 1525 fue detenido, sometido a un juicio sumarísimo, condenado a muerte y el 27 de mayo era decapitado delante de la puerta de Mülhausen junto con otros 53 revolucionarios entre los que se encontraba Heinrich Pfeiffer, el verdadero líder de la Guerra de los Campesinos. Pero su ejecución no logró acallar su proyecto mesiánico-milenarista-revolucionario, que jugó un papel muy importante en los movimientos revolucionarios modernos y estuvo presente entre los campesinos, obreros y burgueses en la Inglaterra de 1868 y en la Revolución Francesa. Esta, a juicio de Bloch, difícilmente hubiera prendido entre los sectores iletrados “tan solo por obra de Diderot, y aun de Rousseau”. Ni siquiera el laicismo burgués fue capaz de eliminar la fuerza teológica intrínseca al comunismo quiliástico.

Para un análisis más detallado de la figura y del pensamiento de Thomas Münzter, además de la obra ya citada de Bloch, remito a mi libro Religión, razón y esperanza. El pensamiento de Ernst Bloch (Tirant Lo Blanch, València, 2015, 2ª ed.) y a Tratados y sermones, del propio Müntzer, con introducción y traducción de Lluís Duch (Trotta, Madrid, 2001).

 
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