elcatalejodelpepe

La letra “i” en idioma castellano cobra suma importancia en estos días en que el mundo comenta la renuncia del papa Benedicto al obispado de Roma y, por ende, al pastoreo universal de la iglesia católica. Porque esa letra “i”, que dicen es una vocal débil, se vuelve fuerte al considerar que varias palabras cobran validez con ese gesto papal: Inusitado, Imprevisible, Inteligente, Indicativo (referido a Benedicto); Interesante, Importante, Inspirado, Impactante, Inesperado (referido a la sociedad mundial); cargado de buena dosis de Incertidumbre, Intriga, y de Ingeniería política (referido a la curia vaticana). Menos mal que existe también la letra “f” que se agiganta ante esta situación: la letra que da origen a la palabra Fe.

Porque detrás de todo este revoltijo de opiniones, pareceres, comentarios, discursos y explicaciones, está “la fuerza que viene de lo alto” según expresamos en nuestra doctrina.

Se va Benedicto XVI. Al parecer se cansó, por la edad, la salud debilitada y por el ambiente espeso que se vive en la Curia vaticana con tanto monseñor inútil, insidioso, manipulador y leguleyo. Ratzinger vuelve a lo que siempre le ha gustado: una oración reposada, la lectura y las especulaciones filosóficas y teológicas, y las tocatas de piano. Todo lo otro trató de llevarlo con dignidad y con una sonrisa ausente de alegría, cargado por la herencia de un Juan Pablo II que por un tiempo largo lo llenó todo con su presencia poderosa. Así debió asumir una tarea colosal por su estructura, desafiante por el tiempo social del siglo XXI, amarga por los problemas internos de una parte del clero prevaricador, y alucinante por las tecnologías que adelantan el futuro.

¿Qué deja Benedicto tras su servicio romano? Una combinación de elementos positivos con elementos negativos, como en todo accionar humano. Le debemos reconocer la energía y firmeza, tras su vocecita de monja sacristana, para poner punto final a los escándalos y abusos en materia sexual protagonizado por una porción de clérigos depredadores, tema que se le escapó a Juan Pablo II, al que hubo que ponerlo muy pronto en los altares para alejarlo de las posibles acusaciones de tibieza en su gobierno eclesial. En esto el papa Benedicto ha sido tajante y aplicó la doctrina de tolerancia cero a los pederastas. Lo hizo aunque cayera de su pedestal el mismísimo fundador de los Legionarios de Cristo, un icono fraudulento con gran poder social y eclesial. También hay que reconocerle mano firme para separar de la curia vaticana a elementos del Opus Dei y a gente rancia y añeja que profitaba en altos cargos: el vocero oficial, por ejemplo, y el cardenal Sodano para confiar más en las congregaciones religiosas ya probadas, como jesuitas y salesianos.

Igualmente está en la parte positiva de su balanza las cartas apostólicas, escritos y encíclicas escritas con buen lenguaje, que si bien no aportan mucha novedad, al menos refrescan temas que la sociedad olvida fácilmente. Sus libros sobre Jesús, por ejemplo, dicen los entendidos que no podrían figurar en un curso de cristología moderna pero pone sobre la mesa del mundo distraído por tantas ofertas de salvación, una reflexión que se centra en la persona que es fundamento de la fe cristiana.

Muchas otras cosas hay que reconocerle a Benedicto. Sus afirmaciones en defensa de lo establecido en el Vaticano II, su esfuerzo por estar presente en los eventos juveniles, su preocupación por los dolores del mundo, su compromiso con los sínodos episcopales para escuchar aunque fuera una partecita de la realidad pastoral de los pueblos.

En el lado negativo de su actuación, explicable por su formación personal, me parece referida a su visión y compromiso con un catolicismo centro-europeo por encima de las comunidades e iglesias más vivas y emergentes de Latinoamérica, Africa y en parte Asia. El papa Benedicto nunca logró superar su estructura mental y cordial con una Europa ya en decadencia pero que es su único lazo de amarre con la edad del Renascimiento. Este pontífice tenía el calendario detenido en el 1500: sus gestos, sus vestiduras, su amor por el latín, sus expresiones, sus nostalgias, lo indican sin lugar a dudas.
Pasará a la historia como un pastor-maestro-doctor que vivió en una época y un mundo que se le adelantó en varias centurias.

Una de sus tareas inconclusas fue la reforma de la Curia romana que se resiste a todo intento de cambio profundo. Quizá haya sido este fracaso el que lo desalentó en tal grado que ha preferido dar un paso al costado para no seguir prisionero de un sistema que lo manipula todo, desde el Papa hasta los sacristanes.
No sabemos lo que vendrá. Benedicto puso un aviso cuando hace poco tiempo atrás y en una ceremonia inusual creó cardenal a su secretario privado; un gesto que para muchos ahora significa una recomendación al cónclave.

Se dice que el Espíritu Santo asiste a los electores. Pero no podemos olvidar que el Espíritu, según palabras de Jesús, sopla cuando quiere y donde quiere y que nadie lo puede manipular. Ni siquiera los monseñores de Roma.

   
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