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Castillo1Hace poco más de dos meses, he publicado un libro que se titula “El Evangelio marginado”. En este libro explico cómo y por qué, en la organización y gestión de la Iglesia, se le concede más presencia y más importancia a la Religión que al Evangelio.
De forma que, por las enseñanzas y la gestión de la Iglesia, el Evangelio ha terminado
por ser un componente más de la Religión. Cuando, en realidad, lo que sabemos por
los evangelios, es que la vida, las enseñanzas y la actividad de Jesús fueron un conflicto
profundo y creciente, que terminó en la condena a muerte del mismo Jesús.

En realidad, pues, se puede afirmar que la Religión se enfrentó al Evangelio de
forma que, en definitiva, fue la Religión la que rechazó, condenó y mató a Jesús, que es
el centro del Evangelio. Sin embargo, es un hecho que la Iglesia se ha organizado y es
gestionada de forma que lo más visible y palpable en ella es la Religión, no el
Evangelio. Por eso es por lo que se puede hablar de “El Evangelio marginado”. Lo que
plantea inevitablemente una situación confusa, compleja y de difícil solución. La
situación que consiste en que, en la misma Iglesia, convive gente más “religiosa” que
“evangélica”. Como también hay cantidad de personas que son más “evangélicas” que
“religiosas”.

Lo peor de todo este asunto es que, siendo así las cosas, se hace extremadamente
difícil – por no decir imposible – gestionar esta Iglesia, tan confusa y complicada, de
forma que pueda ser, en este momento, prolongación y presencia del Evangelio del
Reino de Dios, tal como lo quiso Jesús.

Pero no es esto lo más complicado. Lo más problemático, en todo este asunto, no es
que podamos hablar, con todo derecho, de “El Evangelio marginado”. Lo más grave y
preocupante es que, si se intenta llegar hasta el fondo del problema, sin más remedio
nos vemos obligados a tener que hablar, con toda razón, de “La resistencia al
Evangelio”. Es decir, no se trata simplemente de que, en gran medida, hayamos
“marginado” el Evangelio. Lo peor de todo es que “nos resistimos” a vivirlo y cumplirlo.
Según el Evangelio, Jesús no vino a este mundo para “suprimir la Ley y los
Profetas…, sino a darles cumplimiento” (Mt 5, 17). Es decir, Jesús vino para que los
seres humanos comprendamos y vivamos lo que Dios quiere hasta realizarlo en su
plenitud. Y esa plenitud lleva consigo que, si estando en el templo y acercándote al
altar, te acuerdas de que alguien tiene algo contra ti, no te acerques al altar de Dios.

Vete primero a ordenar y resolver tus relaciones humanas. Y cuando eso esté resuelto,
entonces vas a misa, comulgas… etc. (Mt 5, 23-24). Y es que las “ofrendas” y
ceremonias de los pecadores le causan horror a Dios (Prov 15, 8. 21; 3, 27; Eclo 31, 21-
24; 35, 1-3…) (U. Luz, El Evangelio según san Mateo, vol. I, 362). Además, el Evangelio
nos dice que tenemos que amar al enemigo, al que nos ofende, al que se aprovecha de
nosotros, al que nos hace daño (Mt 5, 43-48).

Si todo esto no es mera palabrería, es decir, si todo esto se toma en serio, la
consecuencia lógica, que de ello se sigue, es que el Evangelio no se cumple observando
los Derechos Humanos. El Evangelio no se fundamenta en ningún “derecho”, sino en el
“amor” a todos, ante todo a los más débiles. El Evangelio es indeciblemente más
exigente que todos los Derechos. Pero cuando sabemos que, a estas alturas, la Iglesia
no ha podido firmar y hacer suya la Declaración de los Derechos Humanos, ¿con qué
autoridad y con qué credibilidad puede hablar de amor a la humanidad?

Pero hay más. Indeciblemente más. Jesús les prohibió a sus apóstoles tener o llevar
dinero (Mt 10, 9-10 par) y les mandó decir tales cosas, que tendrían que aceptar ser
perseguidos y llevados ante los tribunales civiles y religiosos (Mt 10, 16-28 par).
Además, les prohibió aceptar títulos, dignidades, cargos de poder, usar vestimentas de
hombres importantes, vivir en palacios (Mt 23, 5-12 par; Mc 12, 38-40; Lc 11, 37-52;
20, 45-47; Mt 11, 8-9), ser importantes o pretender los primeros puestos (Mc 9, 33-37
par). O sea, Jesús les prohibió a sus apóstoles la forma de vida que suelen llevar la
mayoría de los cardenales, los obispos, los monseñores. En no pocos ambientes del
clero, se ve como lo más normal del mundo hacer lo contrario de lo que manda el
Evangelio.

En cualquier caso, lo dicho no es lo más fuerte en cuanto se refiere a “la resistencia
al Evangelio”. La Iglesia se ha organizado de manera que el “clero” (obispos, curas,
frailes, religiosos…) es un colectivo de hombres “sagrados” y “consagrados”, que
tienen (excepto en casos determinados) unos poderes, unos derechos, una dignidad y
unos privilegios, que les dan a estos escogidos una categoría y sobre todo una
“seguridad”, en la vida y en la sociedad, que pocas personas pueden tener semejante
estabilidad y firmeza. Y digo que aquí está la clave de la “resistencia al Evangelio”
porque, si algo hay patente y repetido en los evangelios, es que la convicción y la
conducta central, que exige el Evangelio, es el “seguimiento de Jesús”.

En efecto, cuando Jesús inicia su relación más estable y profunda con sus discípulos,
lo primero que hace no es preguntarles si “creen” en él, sino que todo se resume y se
concentra en una sola palabra: “sígueme” (Mt 8, 22; 9, 9; 19, 21; Mc 2, 14; 10, 21; Lc 5,
27; 9, 59; 18, 22; Jn 1, 43; 21, 19. 20). De forma que la respuesta es abandonarlo todo
(familia, trabajo, dinero, casa…) y empezar a vivir con Jesús y tal como vivía Jesús.
Hasta el extremo de que Jesús no le tolera al que es llamado ni despedirse de la
familia, ni siquiera enterrar al propio padre (Mt 8, 21-22). El seguimiento de Jesús
supera la cumbre de nuestras buenas obras (Martin Hengel).

Con una particularidad que impresiona: cuando Jesús llama a alguien, para que le
siga, no da explicaciones. No explica ni para qué llama, ni propone un proyecto o
presenta unas condiciones, ni siquiera plantea un ideal. Nada de nada. Jesús solo. Eso
es todo (Dietrich Bonhoeffer). La vida (y la presencia de Jesús en la propia vida) tiene
que ser tan determinante y tan fuerte, que únicamente Jesús tiene que ser nuestra más
firme seguridad. Incluso a sabiendas de que “seguir a Jesús introduce a los discípulos
en la inseguridad total” (M. Hengel). Porque, entre otras cosas, el seguimiento de Jesús
comporta “cargar con la cruz” (Mt 10, 38; 16, 24; Mc 8, 34). Lo que significa que estas
“palabras de Jesús son una llamada a escoger un camino de vida de marginación”
(Warren Carter).

Seamos honestos y afrontemos la pregunta: ¿Ha echado la Iglesia por este camino?
Dicho con más claridad: ¿se nos conoce a los cristianos como los “seguidores de
Jesús”? Estas preguntas – y lo que ellas suponen – nos enfrentan a un miedo tan
hondo que ni nos atrevemos a planteárnoslas y afrontarlas de veras.

La resistencia al Evangelio es algo tan patente en la Iglesia, que ha sido necesaria la
llegada al papado del actual papa Francisco, para que, con su profunda sensibilidad y
sintonía evangélica, ha dividido a la Curia Vaticana, al episcopado de muchos países, a
cantidad de clérigos, y laicos.

Los “peligros” y “herejías”, que mucha gente de Iglesia ve en el papa Francisco, son los mantos de luto con los que los más cobardes intentan ocultar su miedo al seguimiento de Jesús. No cabe duda: la “resistencia” al Evangelio es tan fuerte, en esta Iglesia en que vivimos, que nos da pánico reconocer que esa resistencia existe y que la llevamos en la sangre de nuestras venas. Quizás las venas más “observantes” y más “religiosas”.

   
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