VII ENCUENTRO DE REDES CRISTIANAS
23 y 24 de octubre de 2021

 

Enviado a la página web de Redes Cristianas

Los científicos informáticos Steven Skiena y Charles Ward, después de analizar millones de páginas web y revisar la Wikipedia de mas de 800.000 personajes, han concluido, que aún estando en plena era digital, Jesús de Nazaret se mantiene como el personaje más relevante de la historia, a pesar de venir de un origen pobre y humilde, nacido en un pueblo desconocido, sin ningún cargo oficial, sin dinero, sin amigos relevantes, sin ejército, itinerante, sin casa, sin mujer, sin hijos, humanamente fracasado, ejecutado con la peor y más cruel pena de muerte de aquellos tiempos…

Pero el Comentario de hoy no va por ahí, sino por reflexionar un poco sobre le hecho más trascendental de su vida: su Resurrección.
Porque Resucita para todos y para toda la creación, a fin de que todos y todo tengamos vida y vida en abundancia y para siempre.
“La muerte forma parte de la vida para que la vida siga siendo más vida bajo una nueva forma más perfecta de vivir. No vivimos para morir, sino que morimos para vivir más y mejor. La vida es solo una, que empieza y no termina nunca. Por eso los llamados muertos, no son muertos, sino vivos, en un nuevo estado de vida mejor y más perfecto. No nos acabamos con la muerte, sino que nos transformamos por ella, porque representa la puerta de entrada en un mundo que no conoce la muerte, donde el tiempo ya no cuenta porque es vida que no tiene fin, vida eterna”. (Condensado tomado de Leonardo Boff).

La vida es una sola, tan solo tiene dos orillas. Por tanto, morir no es perder la vida, sino pasar de esta orilla de la vida a la otra orilla de la vida, porque lo que empieza no termina nunca, tan solo cambia. La vida es para siempre. La muerte no tiene la última palabra. La muerte no rompe la vida, sino que la prolonga indefinidamente de un modo nuevo.

La humanidad, de una u otra manera, siempre ha creído en una supervivencia porque ha
sentido la necesidad de ella; todos los seres vivos sentimos esa necesidad, como sentimos necesidad de felicidad, salvo que una patología adversa altere nuestro mundo personal. En lo más profundo de todo ser vivo, late el ansia de vida, todo se resiste a morir, todo quiere vivir, incluso una pequeña ramita desgajada de un árbol, con tal que le quede un poco de piel unida a él, desde ahí quiere seguir viviendo, y aunque que quede caída hacia abajo su nuevos brotes crecerán hacia arriba en busca de la luz y la energía solar; así les pasa también a otros seres vivos, como las salamandras y tritones, capaces de regenerar sus mandíbulas, las lentes de los ojos, el cerebro o la médula espinal: la vida tiene una fuerza
irresistible para seguir viviendo. Tolo lo que vive quiere vivir. 

Pero en la muerte de Jesús se da un hecho nuevo. Jesús murió violentamente en la cruz, después de ser brutalmente torturado.
“Este hombre justo, que pasó haciendo el bien y curando a los oprimidos por el mal, que no transigió en nada con la mentira, la injusticia y la opresión, fue asesinado. Pero, en contra de todo lo que se podía esperar, este hombre sale victorioso de la muerte. Impotente, abandonado y vencido en la cruz, triunfa: no vence el opresor sino el oprimido; no vence el verdugo sino la víctima; no vencen los crucificadores sino el crucificado.

El hombre justo, – y por justo, crucificado-resucita en plenitud de vida”. (Condensado tomado de Benjamín Forcano). “No hablamos de un mortal vuelto a vivir, porque resucitar no es revivir o volver a esta vida. Resucitar es transcender esta vida y superar la muerte para siempre” (J.M.Castillo).
Los apóstoles, convivieron con Jesús y le acompañaron durante varios años. Hombres con pocos conocimientos, tardaron bastante en comprender el mensaje de Jesús y su alcance. De hecho, después de su condena a muerte lo dieron por definitivamente acabado, a pesar de todo lo que le habían oído y sobre todo visto en El. La resurrección de Jesús, que tardaron un tiempo en asimilar, fue lo que los convenció definitivamente para seguirlo por encima de todo, y es lo primero que anuncian y transmiten al pueblo.

Lo hacen con valentía, con decisión: “Pedro, levantando la voz dijo: Judíos y habitantes todos de Jerusalén, que os quede esto bien claro y prestad atención a mis palabras: “A Jesús Nazareno, hombre a quien Dios acreditó ante vosotros con milagros, prodigios y señales, como vosotros mismos sabéis, a este Dios lo resucitó, librándolo de los dolores de la muerte…; permitidme que os diga bien claro: a este Jesús Dios lo resucitó, de lo cual todos nosotros somos testigos. Sepa con certeza todo Israel que Dios ha constituido Señor y Cristo a este Jesús a quien vosotros
habéis crucificado” (Ver capítulo 2 de los hechos de los Apóstoles).

Y en el siguiente capítulo, Pedro, en otro discurso dice: “Israelitas… Dios ha glorificado a su siervo Jesús a quien vosotros entregasteis y de quien renegasteis ante Pilato… Pero Dios lo resucitó de entre los muertos, y nosotros somos testigos de ello”. En el capítulo 10 Pedro vuelve a insistir: “Vosotros sabéis lo que sucedió en toda Judea, comenzando por Galilea, como Jesús de Nazaret pasó haciendo el bien y curando a todos los oprimidos por el mal, y nosotros somos testigos de todo lo hizo en la región de los Judíos y en Jerusalén, a quien llegaron a matar colgándolo de un madero: a este Dios lo resucitó al tercer día… y nos lo hizo ver a nosotros, que hemos comido y bebido con El, después de su resurrección”.

Jesús resucitado ya no pertenece a la historia humana con sus limitaciones, sufrimientos, impotencias, frustraciones. La resurrección trasciende esta vida, inicia otra forma de existir que es de plenitud, que colma todos los anhelos que nos podamos imaginar y mucho más.

Pero tengamos en cuenta que captar la realidad de la resurrección en esta vida es imposible, porque está en otra dimensión, en la otra orilla de la vida, en la otra frontera de la existencia, a la cual no tenemos acceso desde aquí.
Es decir, que la resurrección se sitúa más allá de la historia, no pertenece a este mundo. Es metahistórica. A Jesús nadie de este mundo pudo verle resucitar, porque la resurrección pertenece a esa otra dimensión que está más allá de esta vida, justamente para que esta vida continue en plenitud, en más y mejor vida. Esto no es comprobable por los sentidos, ni por la razón, sino solo aceptable por la fe en Jesús y su palabra. Lo más que alcanzamos a comprender es que responde a nuestros anhelos más profundos de vivir para siempre y en plenitud, y no de morir para quedar muertos. Jesús se esforzó una y otra vez en convencer a los discípulos de que estaba vivo de nuevo, de que no había muerto para quedar muerto.

Ellos nos transmitieron su experiencia de tratar con Jesús Resucitado, para que la sintamos como propia. Ellos son los testigos para nosotros que Jesús preparó, para transmitirnos su Mensaje Liberador, que culmina en su Resurrección, para El y para toda la Creación: Todos los Seres Humanos y Todas las Criaturas de Toda la Creación “que también aspiran a ser liberadas de la esclavitud de la corrupción para participar en la libertad gloriosa de los hijos de Dios (Ver carta de Pablo a los Romanos en 8,18-23).

Los cuatro evangelistas cuentan de muchas maneras la experiencia de haber tratado con Jesús resucitado, pero todos coinciden en afirmar lo mismo: Jesús ha resucitado. Fueron muy honestos en sus narraciones, pues a pesar del absoluto machismo imperante, recogen las apariciones a María Magdalena y a otras mujeres como las primeras que hizo Jesús, e incluso recogen cómo les manda a ellas ir a anunciar a los discípulos que ha resucitado. A partir del hecho de la resurrección de Jesús, todos los apóstoles y discípulos empiezan a llamarle Señor, nombre reservado en la Biblia especialmente para Dios.

Y estaban tan convencidos de ello que dieron su vida por esta causa. La resurrección de Jesús fue lo primero que empezaron a enseñar y a atestiguar, porque se dieron cuenta de que era el hecho cumbre y más importante de su existencia, que con la resurrección pasa de ser histórica a ser metahistórica, para El y para toda la creación. Por eso lo que llamamos muerte es romper la barrera para pasar de una dimensión a la otra, pasando de la dimensión inmanente a la dimensión trascendente de la vida.

Si no fuera así, ¿quién compensaría a tantos seres humanos y tantos seres vivos, que son víctimas de una muerte injusta por el hambre, la sed, las guerras, la violencia, las torturas, las injusticias, como le pasó al propio Jesús, les pasó a lo largo de la historia a millones de personas, como a los esclavos de la antigüedad, los llevados por los negreros a América, los muertos en las dos guerras mundiales, o les está pasando ahora en Ucrania y pasó recientemente en otros países como en Guatemala o Ruanda (que estos días recuerda el genocidio), en todos los casos con crueldades inauditas, sobre todo contra las mujeres y los niños, que horroriza transcribir, y por eso no lo hacemos? Si murieron para quedar muertos, y muertas, eso es una espantosa injusticia. Ya nadie les puede reparar un daño tan grande.

Nosotros tampoco podemos hacerlo, solo recordarlo para que no se repita. Por eso, morir para quedar muertos es inadmisible, absurdo e insoportable. La aspiración de todo ser vivo es vivir para siempre y feliz: la respuesta a esta aspiración es Jesús resucitado, y no solo para los seres humanos, sino también para toda la creación. Sin duda tiene que haber y va a haber plenitud de vida para todos y para todo, y por eso les manda a los discípulos que anuncien el Evangelio, o Buena Noticia, a toda la creación (Marcos 16,15).

Jesús de Nazaret, sin ser profesor de ninguna asignatura, sin embargo fue un gran maestro de vida, porque fue maestro de amor, enseñándonos a amarnos unos a otros; maestro de fraternidad, enseñándonos a tratarnos como hermanos; maestro de solidaridad, enseñándonos a compartir los bienes con los más necesitados; maestro de salud, curando a los enfermos; maestro de justicia, para que seamos justos unos con otros, porque sin justicia no hay paz; maestro de esperanza, para que nunca nos dejemos arrastrar por la desesperación; maestro de luz, para que seamos luz de vida para nosotros y para los demás; maestro de fe para saber que nuestra vida no se acaba con la muerte y al final nos espera Dios; maestro de salvación, para este mundo y para la vida eterna; maestro de sentido de la vida, para que sepamos siempre por qué y para qué hacemos el bien y evitamos el mal; maestro de entrega a los demás, para que hagamos un mundo mejor y más bueno para todos
los seres humanos y para toda la creación. De todas estas asignaturas, las más importantes para la vida, todos podemos ser excelentes profesores.

A la luz de la resurrección, todo lo que mata, destruye, hace sufrir, daña, perjudica, es indigno; y ya solo es digno aquello que potencia y facilita la vida, la felicidad, la alegría, la igualdad, la esperanza, la fraternidad, la solidaridad, el amor, el servicio de unos a otros, la ternura, la belleza, la compasión, la amabilidad, el cuidado de todas las criaturas: todo lo mejor para todos y para todo. Por eso, no nos preocupemos mucho del más allá, que está en las manos del Buen Dios de Jesús, que sabe muy bien lo que tiene que hacer, que para eso es Dios.

Preocupémonos del más acá, que mucha falta le hace, que eso sí está en nuestros
manos: Luchar por esos grandes valores que acabamos de enunciar, por los cuales Jesús luchó y dio su vida, justo para que todos y todas las criaturas, ya en este mundo, tengamos vida y vida en abundancia (Evangelio de Juan 10,10) que ya nos anticipa algo de resurrección porque nos hacen más felices ya en este mundo, y al mismo tiempo más dignos y confiados de poseerla un día en su plenitud, en compañía de toda la Humanidad y toda la Creación.

Para terminar recogemos unas magníficas palabras atribuidas a san Agustín: “La muerte no es nada. No he hecho más que pasar al otro lado. Yo sigo siendo yo. Tú sigues siendo tú. Lo que éramos el uno para el otro, seguimos siéndolo. Dame el nombre que siempre me diste.
Háblame como siempre me hablaste. No emplees un tono distinto.
No adoptes una expresión solemne ni triste. Sigue riendo de lo que nos hacía reír juntos…

Reza, sonríe, piensa en mí, reza conmigo. Que mi nombre se pronuncie en casa como siempre lo fue, sin énfasis alguno, sin huella alguna de sombra. La vida sigue significando lo que siempre significó. La vida es lo que siempre fue: el hilo no se ha cortado. ¿Por qué habría de estar yo fuera de tus pensamientos? ¿Sólo porque estoy fuera de tu vista? No estoy lejos, tan sólo a la vuelta del camino. Lo ves, todo está bien.

Volverás a encontrar mi corazón, volverás a encontrar su ternura acendrada. Enjuga tus lágrimas, y no llores si me amas”.
Feliz Pascua de Resurrección a todas y a todos, amigas y amigos. Feliz Pascua de
Resurrección también para todas las criaturas de la Creación, que también viven, quieren vivir y nos ayudan a vivir. Muchas gracias por compartir estas sencillas consideraciones con vuestros contactos, que si quieren recibirlos direcatmente pueden facilitarnos su correo electrónico o su númro de móvil para recibirlos por WhatsApp, así como darse de baja en cualquier momento que lo deseen.

Un abrazo muy cordial.-Faustino

   
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