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Benjamín Forcano1Este mi artículo viene publicado en inglés y español, en VOICES, revista de la Asociación Ecuménica EATWOT, juntamente con el de otros autores.
El resultado positivo de un comienzo difícil y hostigado
Después de unos 50 años largos, podemos concluir con gozo que la Teología de la Liberación, recelada y temida cuando no reprobada en sus primeros arrimos a Europa, hizo un itinerario sólido y alcanzó muy buenos resultados.

Estábamos estrenando la primavera radiante del Vaticano II, y los anhelos de muchos teólogos, fermentados desde hacía tiempo, cobraban vigor y forma en el ámbito ecuménico del concilio Vaticano II, acontecimiento el más importante de la Iglesia católica en el siglo XX.
Era clara la conciencia, entre muchos movimientos, colectivos y comunidades de la Iglesia, el atraso y el desfase que acompañaba a la Iglesia tras su atrincheramiento antimoderno en los últimos siglos.

Los avances tecnocientíficos, sociales y políticos de la posguerra mundial, airearon muchos errores del pasado, desencanto de absolutismos imperialistas y racistas y aceleraron interrogantes, y desafíos para un nuevo pensar y obrar teológicos.
No obstante, este brio renovador conciliar del Vaticano II, iba a conocer pronto la parálisis y la involución más fuerte, nada improvisada, de Juan Pablo II, continuada luego por Benedicto XVI con temores y dimisión final.
Es un período de casi cuarenta años, donde se impuso la restauración (vuelta al preconcilio) de Karol Josef Wojtyla, quien a sus 58 años, fue elegido el 16 de octubre de 1978, como el primer Papa polaco de la historia y el primer Papa no italiano desde 1523. Su gobierno duró 27 años. Y a él le siguió el del cardenal Joseph Ratzinger, elegido Papa el 2 de abril de 2005, con duración hasta el 28 de febrero de 2013,en que renunció.

Por los años 1960, y aún antes, aparecen en escena los tres factores, que condicionaron fuertemente el periodo soci-político -eclesial que llega hasta nuestros días: Teología pogresista de Europa, Celebración del Concilio Vaticano II , Teología de la Liberación.
Dentro de estos tres factores, se descubre una profunda interrelación que, analizados un poco en detalle, nos van a permitir comprender el panorama teológico que se ha venido desarrollando entre Europa y América o, en términos más amplios, entre el Primer y el Tercer mundo.

La Teología de la Liberación dentro de la Teología Progresista de Europa

Si nos remontamos a los años de la última posguerra mundial, la teología progresista comenzó a ser muy importante en Europa, por ser la más relevante. Prácticamente, fue la que enterró la teología conservadora, convirtiéndose en fragua y motor de la preparación del concilio Vaticano II.

Fueron teólogos europeos los que acompañaron como peritos a sus respectivas Conferencias Episcopales y obtuvieron mayor peso en las deliberaciones del concilio.

¿Se da en el contexto europeo la dialéctica dominación – liberación?
Apenas habían pasado veinte años después del concilio y en Europa eran públicas y alarmistas las noticias sobre la TL. Ya en 1969, a corta distancia de la Conferencia de Medellín, el informe Rockefeller lanza esta alarma: “Debemos tener en cuenta que si la Iglesia pone en práctica las decisiones de Medellín, nuestros intereses sufrirán detrimento”.

Y en el 1979, el Consejo de Santa Fe afirmaba explícitamenre: “La política exterior norteamericana debe comenzar a afrontar la Teología de la Liberación tal como se plantea en América latina y no limitarse a reaccionar contra ella”.
Poco a poco, iba tomando fuerza en la opinión pública la idea de que la TL era una política revolucionaria, marxista , que se había filtrado en la Iglesia y trataba de reemplazar la palabra de Dios por el marxismo y el servicio de los pobres por la lucha de clases. Su método no era válido por aceptar el materialismo histórico o lo era sólo para América Latina y no para Europa.

Hoy, atendiendo al testimonio de algunos autores de entonces podemos conocer mejor la novedad e impacto de la teología de la liberación en el mundo de la teología en general y en el de la teología progresista europea en especial.

GIULIO GIRARDI.- El teólogo Giulio Girardi, gran conocedor del tema, pudo analizar este problema, en un artículo (Revista Misión Abierta, Posibilidad de una Teología europea de Liberación, pp. 151-159, Madrid,1984), en el que reconoce reconoce como incipiente en Europa la TL , con una función positiva en el contexto político y cultural de América Latina y que podía ser una aportación y estímulo para la Teología progresista de Europa.

Puesto a analizar si en Europa se da la dialéctica dominación – liberación concluye que a nivel internacional “La cultura dominante en Europa y en Estados Unidos tiende a imponer sus propias respuestas a los países del Tercer Mundo” (Pg. 154), en el sentido de estar guiadas por un sutil racismo, un presentar como natural la división internacional del trabajo, un narrar la colonización como historia de civilización y un encubrir a las empresas multinacionales que subyugan y sacrifican sistemáticamente a sus propios intereses a los pueblos que someten. Sería una lectura ligada al eurocentrismo que invade nuestra cultura.

A nivel interno, en el seno de las propias naciones europeas, la cultura dominante trata de obviar el problema de los pobres en Europa, insistiendo en que en nuestros países no habría pobres en sentido estricto, ni procederían como elemento intrínseco de sus propias estructuras.
Para superar esa situación, Girardi propone como camino el de la solidaridad, que lleva a trabajar por crear colectivamente sujetos que sean una verdadera alternativa.
Para avanzar hacia ella, la teología no puede eludir realizarse a la luz del dilema dominación-liberación, apoyándola en el pensamiento de Jesús de Nazaret, que es alternativa global a la cultura y sociedad de su tiempo.

En este sentido, la TL supone una cierta ruptura con la Teología progresista , por hacer suya la inspiración fundamental de Jesús, la opción por los pobres: “En definitiva, en la dialécica opresión-liberación, la vida y el mensaje de Jesús se sitúan de parte de la liberación y representan un momento fundamental de toda historia de liberación” (Pg. 158). Y, en consecuencia,”Frente a la Teología de la liberación no cabe una via media de compromiso: o se la acepta o se la rechaza . La teología europea no puede continuar en su trayectoria idealista de afirmación de los “valores espirituales” prescindiendo de los sistemas de poder en que son realizados y de la función real que desarrollan en esos sistemas. En esta teología, el eurocentrismo y el eclesiocentrismo se dan la mano” (PP. 158-159).

JOHANN BAPTIS METZ.- Metz, al afrontar la relación que hay entre la teología de política europea y la teología en Latinoamerica de la liberación , afirma: “La nueva teología política que se hace en Europa y la teología latinoamericana de la liberación tratan de crear una conciencia de ese adiós definitivo que se enfrenta hoy en día cualquier teología cristiana: el adiós a su inocencia social y política , y el adiós a su inocencia cultural y ética , es decir, el eurocentrismo que tiene interiorizado” (Cambio social y pensamiento cristiano en América Latina, Teología europea y teología de la liberación, Trotta, Madrid, 1993, pp. 263-264). .

JON SOBRINO.- Jon Sobrino, señala que , junto a la teología conservadora y progresista, había otra teología más nueva “Con una inspiración afín a la de la Teología de la Liberación, que toma en serio el mundo de los pobres y oprimidos, en Europa y en el resto del mundo, y hace de ellos lugar para la renovación de la fe y así de la teología (Misión Abierta, “Teología de la liberación y teología europea progresista,n.4, 1987,pp. 11-12).
En Europa, esta teología aparece después del concilio, pero no llega a suplantar la relevancia de la teología progresista.
Jon Sobrino, en el artículo citado, se detiene en subrayar la diferencia entre los presupuestos del quehacer teológico liberador frente a los presupuestos del quehacer de la teología progresista.

La teología progresista pretende liberar a la subjetividad humana esclavizada, devolviéndole la autnomía, en tanto que la teología de la liberación , sin abdicar de la autonomía de una razón responsable, busca la liberación de la realidad oprimida, tanto de las personas como de los pueblos, que mueren lentamente o son crucificados.
La teología progresista y la teología de la liberación, no las considera excluyentes, pero la primera hace hincapié en la liberación del yo, en tanto que la segunda lo hace en la liberación del otro y de lo otro: “Cuando la teología se centra – y obsesiona- con el propio creyente, con dificultad llega a interesarse en serio por la liberación de la realidad, mientras que el interés por la realidad integra mejor el interés de la propia fe y de facto da una solución positiva (Idem, p. 15).

La teología de la liberación se diferencia, pues, de la progresista, en que lo que pretende liberar más en directo es la mayor opresión, que es la muerte lenta o rápida, estructural o violenta, de millones de seres humanos. O dicho de otra manera: las realidades históricas y sociales que, en referencia al Reino de Dios , pretenden liberar ambas teologías no todas están igualmente cercanas o lejanas de ese Reino; en el Tercer Mundo la vida aparece perennemente amenazada y pasa a ser elemento fundamental y decisivo de la utopía del reino, lo cual se traduce en realizaciones parciales de ese Reino, que deberán ser discernidas. La realización del Reino de Dios es la finalidad última de la Teología de la liberación.

Sobrino destaca otros aspectos que diferencian a la TL de la TP, tales como las fuentes de su conocimiento y su carácter cognitivo y ético.
Sin negar la naturaleza y méritos de cada una de ellas, realza cuál debe ser, cualquiera que sea la teología que se haga, el talante cristiano de todo quehacer teológico: fidelidad a lo que se nos ha transmitido de la revelación de Dios , con su consiguiente efecto de lucidez y ánimo en el pueblo de Dios y en los más pobres de ese pueblo; servicio a una liberación histórica y trascendente; disponibilidad a inserirse en la conflictividad de la historia y padecer algún tipo de persecución; trabajo dentro del pueblo de Dios y a su servicio , en solidaridad con todos los estamentos del pueblo de Dios; un quehacer que sea espiritual y propicie espiritualidad, que presente de tal manera a Dios que se motive a la oración , la confianza, la disponibilidad; se hable de tal manera de estas últimas cosas que introduzca en el misterio de Dios; que se presente de tal manera a Cristo que se motive a su seguimiento.

Este quehaceer supone unos ojos nuevos, que son gracia , que da vigor al quehacer teológico , contando con que muy frecuentemente esta experiencia gratuita ocurre en presencia de los pobres de este mundo, que son los privilegiados de la Buenas Nueva. Buena para el hombre y la historia y buena sobre todo para los pobres; y buena porque conduce a la plenificación final y ahora humaniza y salva a la historia.

Sobrino reconoce los logros del pasado de la TP, su creciente radicalismo evangélico y opción por los pobres , su apertura a la realidad latinoamericana y mundial : “Pero, concluye, no se puede dudar de que la TL ha puesto el dedo en la llaga de la humanidad actual, la miseria humana y masiva, la crucifixión de los pueblos enteros; y, por otra parte, sus esperanzas de llegar a vivir con dignidad como hijos de Dios , sus exigencia a colaborar en su liberación” ( Idem, pg. 26).

El Vaticano II y la ofensiva restauradora de Juan Pablo II

Algunos tuvieron demasiada prisa en afirmar que el tiempo del concilio había terminado.
El papa Pablo VI advertía:
“No podemos prescindir del concilio. Por su naturaleza es un acontecimiento importante, histórico, decisivo para la vida de la Iglesia, tiene que durar y es evidente que lo encontraremos largo tiempo en nuestro caminar. Y es bueno que así sea” (L´Osservatore Romano, 16 de diciembre de 1965). “En un cierto sentido, es más grave y trabajoso el período que sigue al concilio que el de su celebración. En su aceptación y fidelidad se está poniendo a prueba la vitalidad de la Iglesia” (AAS 58, 1966, 799s.).
¿Dónde quedó esta fidelidad al Vaticano II? ¿Qué cosas fueron las que pasaron? Interesa destacar esto para comprender el contexto real en que surgió la nueva teología española, decantándose por una línea de plena fidelidad al Vaticano II, a la Teología de la liberación y de libertad y resistencia a la involución pretendida por la jerarquía eclesastica.,

Pasaron tres cosas fundamentales:
1ª) Hubo un primer período –hasta el año 78 más o menos- en que hubo voluntad entusiasta en la recepción y aplicación del concilio.
2ª) Vino enseguida la desactivación del concilio. Si bien el Vaticano II alumbraba una nueva época de la Iglesia, unos nuevos planteamientos, un nuevo estilo y dibujaba un nuevo concepto de identidad católica, con Juan Pablo II (1978-2005),pronto se vió que los vientos iban por otros derroteros. Se fue así consolidando una tensión en la Iglesia, en la que cada día con mayor fuerza se imponían las fuerzas y movimientos neoconservadores. Wojtyla se alineaba de la parte inmovilista de la historia, que avanzaba a la defensiva, con apego al pasado y con miedo al futuro.

El Vaticano II dió un salto: se abría una nueva época de la Iglesia en que ella era copartícipe de la historia humana y compartía con toda suerte de personas e instancias la búsqueda de un nuevo camino para la humanidad. Ella no era la depositaria exclusiva de la verdad ni tenía el monopolio del bien, ni era la instancia obligatoria para todos, para realizarse y salvarse. Y diseñaba, con sentido pragmático, un nuevo estilo de relación basado en el respeto, la valoración mutua, el diálogo y el compromiso por las grandes causas de la justicia y de la paz.
Wojtyla traía otro modelo y otra dirección. Grandes sectores de la cristiandad advertían la contraposición: involución contra renovación, autoritarismo contra democracia, clericalismo contra pueblo de Dios, clasismo contra igualdad.

Ya en el 1985, el cardenal J. Ratzinger calificó a los 20 años del posconcilio de decisivamente desfavorables para la Iglesia. Fue ésta la señal de que la restauración o contrarreforma estaba en plena marcha. Y continuó ya hasta la elección del Papa Francisco. .
3ª) Grandes sectores de la Iglesia, a partir de entonces, se sintieron decepcionados y optaron por aparcar su compromiso o exiliarse de la Iglesia. Los teólogos, comenzando por aquellos que prepararon y elaboraron el concilio, fueron los que mayormente sufrieron acoso, silencio y censura. Su disenso se hizo clamorosamente público en la famosa Declaración de Colonia, que recogía la firma de más de 700 teólogos, cuestionando el giro involucionista de Juan Pablo II.

Determinante la involución posconciliar del pontificado de Juan Pablo II

El Vaticano II estableció una reconciliación con la modernidad, un diálogo con las ciencias, un apoyo incondicional a la dignidad humana en todos sus derechos, una prioridad a los problemas y causas mayores de humanidad, una activación de la sociedad por los grandes valores del Evangelio. Esta siembra hizo que la cristiandad, integrada fundamentalmente por laicos, estimulase la dignidad propia, la responsabilidad, el criterio propio, la creatividad, la mayoría de edad y no fuera posible ya detener el cambio con apelaciones a la obediencia.

Juan Pablo II venía de una formación tradicionalista, marcada además por un contexto sociopolítico antinazista, y también profundamente anticomunista y en cierto modo antieuropeo. Su patria había sufrido la humillación de diversos imperios y en todos sus hijos estaban abiertas las heridas, curadas en buena parte por la religión católica.
Todo esto le había hecho ver que Europa no caminaba en la dirección de su pasado cristiano, sino que avanzaba por las sendas de la secularización y del laicismo, del ateismo y de un materialismo hedonista y consumista.

Su visión de la modernidad era negativa, pues en ella la Iglesia había ido perdiendo prestigio y hegemonía y se iba reduciendo cada vez más al ámbito de lo privado.
La opción de Wojtyla iba a ser, pues, la de restaurar, recristianizar a Europa, reconducir todo al pasado. Los males presentes era preciso remediarlos reintroduciendo la imagen de una Iglesia preconciliar: una iglesia centralizada, androcéntrica, clerical, compacta, bien uniformada y obediente, antimoderna.

No es de extrañar que el gran teólogo Schillebeekx escribiera:
“El concilio Vaticano II consagró los nuevos valores modernos de la democracia, de la tolerancia, de la libertad. Todas las grandes ideas de la revolución americana y francesa, combatidas por generaciones de papas; todos los valores democráticos fueron aceptados por el concilio… Existe ahora la tendencia a ponerse contra la modernidad, considerada como una especie de anticristo. El Papa actual parece negar la modernidad con su proyecto de reevangelizar Europa: es necesario –dice- retornar a la antigua Europa de Cirilo y Metodio, santos eslavos, y de san Benito. El retorno al catolicismo del primer milenio es, para Juan Pablo II, el gran reto. En el segundo milenio, Europa ha decaído y, con ella, ha decaído toda la cultura occidental. Para reevangelizar Europa es necesario superar la modernidad y todos los valores modernos y regresar al primer milenio… Es la cristiandad premoderna, agrícola, no crítica, la que, según el pensamiento del Papa, es el modelo de la cristiandad.

Yo critico este retorno porque los valores modernos de la libertad de conciencia, de religión, de tolerancia, no son, desde luego, los valores del primer milenio” (Soy un teólogo feliz, p. 73-74).
La restauración alcanzó a la Iglesia universal en todos los niveles y estamentos: sínodos, conferencias episcopales, reuniones del episcopado latinoamericano, congregaciones religiosas, la CLAR (confederación de religiosos y religiosas latinoamericanos), obispos, teólogos, profesores, publicaciones, revistas, etc.

Para llevar a cabo la restauración había que volver a los instrumentos de poder y había que contar con movimientos fuertes e incondicionales. Tales fueron principalmente el Opus Dei, Comunión y Liberación, Neocatecumenales, Legionarios de Cristo, etc.
Lo ocurrido en el interior de la Iglesia, fue calificado por el gran teólogo K. Rhaner de “larga noche invernal”.
Condiciones demasiado negativas impedían encontrar en la Iglesia estructuras de acogida que invitaran a la confianza, al respeto y al diálogo. Todo un clima que hizo que, a pesar de grandes multitudes aplaudiendo al Papa en estadios y plazas, las iglesias se quedaran cada vez más vacías.
Con razón pudo escribir el teólogo Hans Küng: “Se requiere un cambio de rumbo de parte de la Iglesia, y de la teología: abandonar decididamente la imagen del mundo medieval y aceptar consecuentemente la imagen moderna del mundo, lo que para la misma teología traerá como consecuencia el paso a un nuevo paradigma” (Küng, H., Ser cristiano, p. 173).

La teología de la liberación en España.

Hacia los años 1980, en España se acababa el Gobierno del cardenal Enrique Tarancón , que tuvo tan destacado protagonismo en la transición de la dictadura a la democracia. Con el nombramiento de Juan Pablo II como Papa, la posición y pronunciamientos de la jerarquía eclesiástica española tomaban otro rumbo y provocaban creciente malestar y desconcierto en la gente. Esta posición alcanzó su punto culminante ante la aparición y declaraciones insistentes de la Jerarquía eclesiástica con la nueva situación sociopolítica creada por el Gobierno socialista:

“Se da una crítica y manipulación de los hechos de la Iglesia, un cerco inflexible y permanente por medio de los medios de comunicación. Somos una Iglesia, crecientemente marginada. No nos dejemos engañar. Lo que hoy está en juego no es un rechazo del integrismo o del fundamentalismo religioso, no son unas determinadas cuestiones morales discutibles. Lo que estamos viviendo, quizás sin darnos cuenta de ello, es un rechazo de la religión en cuanto tal, y más en concreto de la Iglesia católica y del mismo cristianismo” (Mons. Fernando Sebastián, Situación actual de la Iglesia: algunas orientaciones prácticas, Madrid, ITVR, 29 –III- 2007).
No se puede ignorar que en los últimos siglos hubo una positiva evolución de la conciencia social y eclesial. El concilio Vaticano II lo entendió perfectamente y, por primera vez, hubo una reconciliación oficial con el mundo moderno, con la democracia, la igualdad, el pluralismo y la libertad.

Previo al concilio, se había dado la alianza de la Iglesia con los poderes estatales, la primacía de la religión católica, el protagonismo del clero, la supeditación de los saberes humanos al saber teológico, la devaluación de lo terreno y temporal, la desigualdad, la desconfianza frente al mundo y otras religiones, la obediencia como norma suprema.
Y, en esa misma dirección, se propuso actuar Juan Pablo II y Benedicto XVI con los vientos hacia un modelo de Iglesia autoritaria y neoconservadora, no servidora ni anunciante de un Reino de hermanos y hermanas, en igualdad, libertad y amor. Un modelo que dictaba el regreso al pasado, con miedo a una auténtica inserción en el presente.

Nace la Asociación de Teólogos Juan XXIII

Después de todo lo dicho, se entenderá lo que representó para los años 1980 de España, la creación de la “Asociación de teólogos Juan XXIII”.
Fue fundada en el año 1980, en ese cruce del Pontificado de Juan Pablo II con la transición de España y, en espacio previo, el Vaticano II, desatendido y orillado, pero no muerto.
A los diez años de funcionar, la Asociación de teólogos Juan XXIII hace evaluación de su caminar y recalca no estar dispuesta a apartarse de su fines: promover el desarrollo de la teología en España y divulgarla; inserirla con empeño renovador en los movimientos y comunidades eclesiales , cuidar el diálogo con la cultura contemporánea y con los logros de la modernidad; hacer de la opción preferencial por los pobres marco básico y lugar epistemológico de la reflexión teológica; contribuir con los sectores más comprometidos a la renovación evangélica de la Iglesia; fomentar la solidaridad fraterna entre todos sus miembros.

Fines y tareas de la Asociación de teólogos Juan XXIII

La Asociación sabía desde el principio lo arduo de la tarea que asumía frente a una Iglesia clerical, depositaria de la verdad, de la dirección y del mando, con simples fieles reducidos a grey pasiva y obediente.
Para sorpresa de muchos, la Asociación se había mostrado en sus diez primeros años, con una plantilla fuerte de téologos (Más de 50) procedentes de las diócesis y diversas congregaciones religiosas, con estudios en diversas Universidades del extranjero, bien preparados y dispuestos a llevar adelante el espíritu y contenidos fundamentales del Vaticano II. Era éste su punto fuerte, al que no podía sustraerse la misma Jerarquía.

Sin duda alguna, la característica principal de la Asociación ha sido la Convocatoria de los Congreso de Teología, que tuvieron comienzo en el año 1980 y quese vienen celbrano hasta hoy.
Pienso que es necesario subrayar lo que estos Congresos han supuesto para la vida de la Sociedad e Iglesia españolas.
Los Congresos comenzaron por tener un interés y una resonancia mediática, que probablemente no se da en ningún otro lugar de Europa, como posteriormente señalaron observadores importantes.

La duración fue, en los cuatro primeros años, de una semana, con asistencia de unas 2.000 personas. Y, como no había ocurrido nunca antes, con presencia y espacio notables en la televisión, radio y periódicos más importantes. La convocatoria viene apoyada por unos 60 colectivos, revistas y grupos.
A partir del 5º Congreso, la duración se redujo a los cuatro últimos días de la Semana. Y así sigue.
Cada Congreso tiene un tema central: Teología y obreza; Esperanza de los pobres, esperanza cristiana; Los cristianos y la paz; Cristianos en una sociedad democrática; Dios de vida, ídolos de muerte; Iglesia y Pueblo; etc. Así sigue y así será en el próximo Congreso, el 37, “Mujeres y religión. De la discriminación a la igualdad de género”, que se celebra en septiembre de 2017.

Los temás se tratan interdisciplinarmente, a través de 7 ponencias, completadas con testimonios y experiencias en Mesas Redondas y Comunicaciones. Sólo los ponentes que hn pasado por los Congresos (sociólogos, economistas, políticos, historiadores filósofos y, por supuesto, teólogos) sumarían más de 250.
Los teólogos y teólogas, han sido muchos, pero entre ellos hay que contar a los teólogos de la liberaciónpresentes en todos ellos.
Es también importante el hecho de que todos los Congresos han sido publicados íntegramente, por el Centro Evangelio y Liberación. Hasta la fecha, son 36 volúmenes. Una joya para el que desee conocer la trayectoria y contenidos teólogicos de esa época.

Acaso lo más importante de la asociación haya sido que, a partir de sus primeras convocatorias, los asistentes de una y otra parte buscaron como dar cauce a esta iniciativa de un modo similar en las principales ciudades de España. En breve, fueron surgiendo Convocatorias de este tipo en Barcelona, Málaga, Valencia, Vitoria, Pamplona, Oviedo, Santiago de Compostela, Zaragoza, Albacete, Burgos, Logroño, etc…, como un onda expansiva que alcanzaba y promovía cada vez más la unión entre movimientos, colectivos y comunidades inspiradas en una teología renovada, comprometida y liberadora. Los Congresos, Foros o Semanas hicieron crecer la continua demanda de teólogos para impartir conferencias en otros muchos lugares y hacer circular sus escritos.

Capítulo aparte merecería la reseña de las publicaciones de todos ellos, en muy diversas modalidades, que han servido para impulsar, profundizar y fortalecer esta nueva Teología liberadora, expresión del Evangelio y de un nuevo rostro de Iglesia.

Relación de la Asociación de teólogos Juan XXIII con la
jerarquía eclesiástica .

Teniendo en cuenta el escenario sociopolítico y eclesial que hemos descrito, a nadie extrañará la actitud que iba a tomar la jerarquía eclesiástica con la Asociación.
En el período de los cinco primeros años fue de recelo y desconfianza mutuas. Le siguió uno más breve de dos años, en que hubo un intento de aproximación y diálogo a través de una comisión de cinco teólogos con tres obispos. El intento no llegó a ningún acuerdo positivo, pues los obispos expresaron como puntos fundamentales que debía abandonar la Asociación: su carácter escasamente jerárquico, su carácter civil y su rechazo al reconocimiento canónico de la misma. La Conferencia episcopal, -estábamos ya bajo el nuevo rumbo del Papa Juan Pablo II-, debía aceptar la línea de Roma, y no olvidar la denuncia que el cardenal Ratzinger, Prefecto de la Congregación para la doctrina de la fe, había formulado contra la Teología de la liberación.
La Asociación, en la evaluación mencionada, escribe. “Creemos honradamente que es excexiva la pretensión episcopal de decidir casi continuamente en cuestiones teológicas disputadas y, por supuesto, la de pretender que los teólogos sean antenas de repetición del magisterio jerárquico”.

El intento de diálogo acabó ahí. La involución creció y había consigna entre los obispos de no asistir a los Congresos, aunque no por ello dejaron de asistir algunos de ellos.
A través del entonces secretario de la Conferencia Epis copal, Fernando Sebastián, se pasó información a la Confer masculijna y femenina en estos términos: “ Los tres obispos que hemos intervenido en estos diálogos con los teólogos quedamos con la convicción de no haber llegado a conclusiones operativas que permitan esperar una modificación de los Congresos hasta hacerlos aceptables como una actividad legítima dentro la comunidad cristiana… Nos hemos encontrado con una entalidad………fuertemente vinculada al movimiento de la teología de la liberación y de algunos teólogo europeos especialmente críticos”.

Ante esta postura episcopal, no faltaron voces que la denunciaban como arbitraria e injusta. Baste coo muestra estas dos:
” No comprendo los recelos que podáis tener con la Juan XXIII, cuando pragmáticamente es una buena mediación para llevar a cabo esta actitud evangélicamente crítica frente a un régimen que se presenta como liberador con respecto a la pasada dictadura” (José Mª González Ruiz).
“Estoy en contra de la sofocación que se ha llevado a cabo del concilio Vaticano II , el cual prometía una apertura del Cristianismo , de la ética social cristiana y sin embargo eso no ha ocurrido. La Fuerza del Cristianismo está sofocada por movimientos conservadores que todos conocemos “ (José Luis Aranguren) .

Me quito la mitra delante de los buenos teólogos

Si resulta que la renovación de la Iglesia, antes y a partir del Vaticano II, fue preparada e impulsada por los teólogos, también es verdad que ningún otro gremio como el de los teólogos ha tenido que sufrir la censura, el desprestigio y la represión después del VaticanoII. Pasan del centenar los que hubieron de sufrirla.

Por eso, resonaron rogocijantes las fraternales y cariñosas palabras que el obispo Pedro Casaldáliga (50 años ya testigo del evangelio y sin retorno en el Sertao del Brasil) dijo en su ponencia mandada por video para el Congreso XVI de 1996: “Aprovecho la ocasión para quitarme la mitra v delante de los buenos teólogos y teólogas que tiene España incluso para reparar la predisposición , una predisposición casi innata, casi instintiva de ciertos obispos de la jerarquía en general, bastante general con respecto a los teólogos. Yo os pido teólogos y teólogas, que sigáis ayundándonos. Con mucha frecuencia los obispos creemos que tenemos la razón, normalmente creemos que la tenemos siempre, lo que pasa es que no siempre tenemos la verdad, sobre todo la verdad teológica, de modo que os pido que no nos dejéis en una especie de dogmática ignorancia. Y hablando de los teólogos de España, creo que es de justicia subrayar que hoy en España haya teólogos y teólogas (las teólogas son más recientes) a la altura de aquel siglo de oro de las letras, y del pensamiento españoles, y ni Italia, ni Francia, ni Alemania, por citar a los países más vecinos, dejan atrás ni en número ni en calidad la galería de teólogos que tenemos en España, y pido a la Asamblea un aplauso”.

Nueva teología y nuevo estilo de vida cristianos

Afortunadamente el Vaticano II había asumido los resultados de una nueva Exégesis y de una nueva Teología que contribuían a recuperar la desfigurada originalidad del cristianismo. El Vaticano II fue el espaldarazo a esta cita
de consecuencias imprevisibles , que generaría un nuevo talante y una nueva manera de ser cristiano.

En esta perspectiva, la Asociación de teólogos Juan XXIII entendía que a la teología le aguardaban tareas ingentes de cambio y “aggiornamento”: historificar el Evangelo haciéndolo oir en medio de la iniquidad que divide al mundo en ricos y pobres; reconciliar la fe con la razón y la ciencia , la terrenalidad y la historia, la democracia y el pluralismo, la libertad y la diferencia, lo universal y lo particular; poner en el centro de todo la dignidad de la persona para construir entre todos un mundo que se apoya en esa fe común de la dignidad de la persona y sus derechos; suscitar espacio de búsqueda, duda y apertura a la trascendencia: El cielo de la persona humana no va a ser explorado por cosmonautas de la tecnología, sino por duendes ingénitos del espíritu. El éxtasis mismo de la existencia es umbral y condición para el surgir y creación de la teología.

   
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