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JerónimoEl obispo de Avellaneda autoriza los primeros curas obreros de América
La Iglesia empieza por la base: los trabajadores pobres
“Uno de los hechos que mejor representó el cambio de actitud de una Iglesia que buscaba nuevas formas de compromiso social, fue la aparición de los “curas obreros”. Al poco tiempo de hacerse cargo de la diócesis de Avellaneda, Podestá puso en marcha la idea de una Iglesia construida desde abajo, con sus curas integrados a la comunidad. A partir de la experiencia francesa, los primeros curas obreros de América trabajaron en la nueva diócesis de Avellaneda. La introducción de los curas obreros en la Argentina -principios de los sesenta- es un antecedente claro que preparó el terreno para lo que luego sería el movimiento tercermundista, y aunque en nuestro país no fueron más de 100 sobre 5000, y muchos eran extranjeros, su influencia se proyectó en el tiempo. Esta corriente de renovación que se sustenta en los postulados del Vaticano II, perseguía el acercamiento a los trabajadores y a los pobres, en una línea netamente diferenciada de Iglesia ligada al poder”.
(Lidia González y Luis I. García Conde: “Monseñor Jerónimo Podestá. LA REVOLUCIÓN EN LA IGLESIA” (Instituto Histórico Ciudad de Buenos Aires. © 2000. P. 21).

Un nuevo estilo de pastoral: convivir con la gente para generar comunidades cristianas
Palabras textuales de Jerónimo Podestá:
“Anteriormente (antes de 1963, tras la precipitada muerte del primer obispo de Avellaneda) había habido uno autorizado por el obispo y otro autorizado por la Compañía de Jesús. El que trabajó con mi antecesor, monseñor Di Pasquo, era un sanjuanino, Fernando Portillo, que ahora está con el grupo nuestro de sacerdotes casados, y el otro era un padre jesuita que recibió autorización de su superior y se puso a trabajar en una fábrica… Bueno, el estilo que impusimos fue el siguiente:
“No vamos a empezar construyendo una capilla poniendo una cruz encima con una campanita para que la gente venga ¡No! La Iglesia hay que construirla de otra manera. Van a ir de a tres a un barrio, van a alquilar una casita y van a vivir ahí; y van a empezar a tomar contacto con la gente y van a ir a la Biblioteca Popular, a la Sociedad de Fomento, van a empezar por detectar las instituciones del barrio. Y van a ir y se van a presentar a colaborar y después de un tiempo… la gente se empieza a preguntar: ‘¿Quiénes son éstos?’. Van a ubicar dónde viven, cómo viven… ustedes tienen que entrar con la gente, a convivir con la gente”. Bueno ése era mi sistema, que inicié yo y que por desgracia no lo han seguido. Era distinto, la Iglesia desde abajo, desde el pueblo, desde la realidad humana. Digamos que fueron las dos cosas revolucionarias que yo hice…” (O. c. pág. 22).

Curas obreros, una revolución pastoral del obispo de Avellaneda
Las dos cosas revolucionarias primeras fueron para él la experiencia de los curas obreros y la difusión de la Encíclica “Populorun Progressio” de Pablo VI. Una tercera, decía, era su propia vida, alejada de los comportamientos episcopales vigentes. Su acercamiento a la gente pobre y su compromiso con los problemas de sanación, alimento y dignidad humanas. Temas que creía las principales tareas de Jesús: curar, dar de comer y dar conciencia de dignidad humana. Corta fue la duración de los curas obreros o “sacerdotes de fábrica”, como les llamaban. Pero su inspiración fue fermento que animó durante años la pastoral de muchos sacerdotes, hasta en nuestros días.

Podestá hace una valoración muy positiva de aquella experiencia unos días antes de morir:
“Ustedes me sugieren que cuente algo sobre la experiencia de los sacerdotes obreros. Realmente fue muy provechosa, muy interesante y muy breve. Terminó rápidamente pero dejó frutos muy grandes. Es decir, la gente puede pensar o alguna vez pensaron algunos que se trataba de meterse en medio de la masa obrera para convertir y traer a la Iglesia a la masa obrera. Éste es un concepto anticuado de lo que es el trabajo de conversión o el trabajo de acción pastoral del sacerdote. Primero voy a contar que yo había contratado a tres sacerdotes franceses que venían formando un equipo que allí se llama la Misión de Francia, después, como hubo algunas objeciones de parte del Vaticano, se redujeron a un centro que se llama Pontiní… Yo los fui a visitar, me informé con ellos, pasé el día con ellos y quedaron en mandarme tres sacerdotes franceses. Yo tenía que formar un equipo con otros tres sacerdotes argentinos. Entonces, así se hizo. Yo me comprometí a una serie de cuestiones. La más importante que fue motivo de un pequeño conflicto era que los sacerdotes del grupo… trabajaban en fábricas, eran obreros, entraban a trabajar como obreros, pero no tenían que meterse en cuestiones sindicales, eso podía traer conflictos…

Se reunían, hacían un trabajo muy lindo, vivían en un conventillo entre Avellaneda y el Dock Sud, se reunían todas las semanas y cada uno relataba sus experiencias, se sacaban conclusiones. Era un grupo muy homogéneo, trabajaban con una gran comunicación entre ellos. Y la gente los quiso enormemente. La dueña del conventillo ése, era una señora viejita que todavía años después me preguntaba dónde estaban que los recordaba. Se hicieron querer mucho. De los argentinos puse al pionero, que ya había trabajado solo, en fábrica, que era Fernando Portillo, que ya se casó también, anda por acá, suele venir, mañana o pasado va a venir a visitarnos. Él era de San Juan y se fue a Avellaneda porque mi antecesor, el obispo Di Pascuo, lo había autorizado a trabajar en fábrica…

A Eliseo Morales lo recuerdo, él era una maravilla, porque recogía a los chicos pobres o mal atendidos. ¿Sabés quién habló maravillas de Eliseo? Los sacerdotes franceses que yo había traído para trabajar con los curas obreros. Luciano Glabina también formó parte del equipo… era muy emprendedor… Este muchacho intervino en el equipo y andaba muy bien, pero un buen día vinieron los franceses horrorizados, resulta que Portillo nos ha comunicado que se va a casar. Es un desastre, todos nos van a venir encima y se va a desacreditar nuestra tarea. – “No pongan el grito en el cielo, les dije. Él tiene un padrino en Francia, el obispo de Orleans que le está tramitando la dispensa para casarse y yo ahora voy al Concilio y voy a lograr, voy a sacar la dispensa, así que no se hagan problema”. El asunto se calmó, pero ya la misión empezó a tener sus grietas…”.

“La Iglesia ¡no camina así!”
“Glabina después entró en una empresa de carteras y el mismo patrón les dijo: “Miren, me vienen con reclamos, con quejas… ¿por qué no nombran un delegado?…” Entonces, lo eligieron a él, sabían que era muy honesto, muy correcto, muy sacrificado, todos quisieron. Entonces, él aceptó, pero se armó una batahola porque hubo un conflicto, tuvieron que hacer un paro, y la cosa se difundió y a mí me vinieron a ver hasta de la nunciatura, el Nuncio apostólico, representante del Papa para quejarse… Yo para calmar al Nuncio le dije: “Les voy a dar una sanción”. Y evidentemente fui débil y se me fue la mano y le dije: “Lo suspendo en el ejercicio, tres días”. Pero les cayó de mal a los muchachos, porque era como una traición que yo les hacía. Yo lo hice para calmar la tormenta, entonces era medio tonto yo y me asustaba un poco. Pero este muchacho después se aplacó… un día viene a verme… y me dice: “Mire padre, usted es muy bueno, usted tiene una voluntad enorme, pero la iglesia ¡no camina, así! Entonces, por más que usted quiera, esto no puede funcionar”.

“Déjenlos que hagan su experiencia”
“No era cuestión de convertir a la clase obrera, porque con un equipito no se iba a convertir a la clase obrera, lo que se trataba, primero es que los sacerdotes no fueran aislados de la gente. En la formación del Seminario nos metían en la cabeza que el sacerdote era un segregado…, un tipo especial, un tipo superior, un tipo distinto. Con eso los sacerdotes entendían que eran como todos los demás hombres, una experiencia de humanizar la figura del sacerdote. Un hombre entre los hombres… El sacerdote tiene el mensaje de sembrar el evangelio y para los obreros el hecho de ver un cura permite cosas muy lindas, por ejemplo un día me viene uno de ellos y me dice: “Necesito plata”. “Y bueno, vamos a ver”. “Pero bastante”. “¿Y para qué querés plata?”. “Porque a uno de los compañeros de trabajo le van a rematar la casa si no paga” y yo le dije: “El obispo te la va a pagar”. “No, no diga pavadas, está loco, el obispo”.

Yo le salvé el remate de la casa, entonces los curitas le dijeron vamos a hacer un asado en tu casa. “¡No!”, “¿qué va a venir el obispo a mi casa? Estás loco”. “Va a venir”. Y fui a comer el asadito. Bueno, para ellos era cambiar la mentalidad, el cura era otra cosa.
Para los demás sacerdotes, que en un primer momento miraban esto muy incómodos: – “Miren, yo quiero hacer una experiencia, no es contra la fe, yo no los molesto a ustedes, la tradición de ustedes sigue adelante, déjenme y permitan, no tiren piedras contra esto, déjenlos que hagan su experiencia. Muy lindo esto de cambiar la mentalidad de la gente, cambiar la imagen del sacerdote, lograr una presencia mucho más normal. En ese sentido el resultado fue estupendo, muy lindo. Bueno, eso es lo que pasó con esos sacerdotes y ya he dicho que… sacando dos solos, los demás se casaron. Empezando por el obispo” (O. c., pp. 23-26).

Rufo González

   
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