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La violencia contra las mujeres es una violación de los derechos humanos, perpetuada durante siglos y manifestada de diferentes formas, dependiendo del contexto. Se produce en todos los ámbitos de la vida y a cualquier edad.

Las violencias machistas han sido sistemáticamente invisibilizadas, silenciadas y en buena medida, asumidas por la sociedad, hasta el punto de convivir y tolerarlas y hasta justificarlas. En España llevamos contabilizadas casi 1000 mujeres asesinadas en 14 años, 40.000 denuncias por violencia de género al año. En el 2017 han sido asesinadas cincuenta y cinco mujeres y cinco  hijas e hijos de éstas, dentro de su entorno familiar. A ello hay que añadir los casos de violaciones forzadas recurrentes. Se sabe que, aún sin tener en cuenta las que se producen dentro del entorno doméstico, que no suelen denunciarse, más de un millar de mujeres al año son violadas en España, lo que significa que una mujer es violada cada ocho horas.

 

Estos datos son un claro exponente de una tolerancia social generalizada ante este tipo de violencias ejercidas contra las mujeres, en un contexto de deficiencias e inacciones por parte de las instituciones que, debiendo garantizar los derechos de todas las ciudadanas, responden con pasividad, sin políticas adecuadas, sin los medios necesarios, y sin el mínimo síntoma de que el tema les preocupe seriamente.

No se puede decir que la sociedad desconozca estas agresiones, sino que está instalada en la cultura dominante como algo “que pasa”, que la sociedad tolera, y cuando menos, simula que no se entera de lo que ocurre a su alrededor. Solo una minoría es consciente de ello y está horrorizada: es la que se manifestó en Madrid y en otras ciudades el pasado 25 de noviembre al grito de ¡nos queremos enteras!

 

España, históricamente ha generado una fuerza simbólica, religiosa, cultural y política muy fuerte que ha ido permeando en la sociedad. La idea que la jerarquía de la I.C. tiene sobre las mujeres, es que somos seres inferiores y que nuestra naturaleza y destino es el de la maternidad. Las diferencias biológicas son invocadas para validar el destino de las mujeres y reducirlo al ámbito doméstico. Nuestra corporeidad, nuestros deseos, nuestra autonomía, nuestras decisiones son ignoradas por la jerarquía católica, misógina y patriarcal. Para ellos somos mujeres para parir, criar y cuidar de la prole, madres abnegadas, esposas complacientes y sumisas, hijas y hermanas obedientes y todo ello como Dios manda.  A título de ejemplo, unas cuantas frases en boca de algunos prelados:

Arzobispo de Granada: “cásate y sé sumisa”, o “matar a un niño indefenso da a los hombres licencia para abusar del cuerpo de la mujer”

Monseñor Rouco Varela: “la verdadera familia se basa en un varón y una mujer, amándose hasta la muerte”.

 Arzobispo de Tarragona Monseñor Jaime Pujol: “a quien tienes que cuidar más es a tu marido: Él es el niño más pequeño de la casa”

 Cura Párroco de una iglesia en Tarragona: “a las mujeres les corresponde estar en      casa y ser sumisas con los hombres…, como MARÍA”

La jerarquía de la I.C es el sustento del sistema patriarcal y heteronormativo responsable de generar culpas y miedos, negando derechos y libertades. Por ello, los cristianos de base sentimos la urgencia de levantar la voz y hacer una denuncia pública, radical y clara  de esta lacra social que la Iglesia institucional silencia, tolera e incluso practica en sus propios ámbitos intraeclesiales, repitiendo consignas moralistas heredadas del pasado, dirigidas muy fundamentalmente al ámbito doméstico, para fomentar en las mujeres la docilidad y la sumisión, en aras de una mejor convivencia, y a beneficio de la unidad familiar, siempre sagrada y al precio que sea.

Los jerarcas de la Iglesia Católica, y el clero en general, salvo una minoría, continúan practicando una política de exclusión de las mujeres, considerándolas subalternas en todos los ámbitos, incluidos los propiamente eclesiales.

 

Y cuando hablan, lo hacen con demasiada frecuencia enarbolando discursos tan reaccionarios como el que subyace tras eso que los obispos llaman “ideología de género”, que no es otra cosa que un arma para desautorizar y deslegitimar las diferencias afectivo-sexuales de las personas LGTBI y de despreciar así sus derechos y los de las mujeres, favoreciendo la discriminación y el clima de violencia de género existente, que unas y otras siguen padeciendo.

 

Como Comisión de Laicidad de CCBM, ante esta situación solo podemos decir alto y claro: ¡¡BASTA YA!! Basta de ser cómplices del silencio frente a las violencias machistas, cuales quiera que sean. Tomemos conciencia de las desigualdades y discriminaciones existentes y exijamos políticas públicas, recursos y profesionales cualificados para la erradicación de las violencias machistas y de las agresiones contra las mujeres. Basta de discriminaciones en el orden laboral, educativo y civil. Basta ya de exclusiones en el ámbito del sacerdocio, del gobierno de la Iglesia, y los ministerios eclesiales. Basta ya de violencia contra las mujeres, se exprese como se exprese y donde se exprese. Este es nuestro grito.

 

Comisión de Laicidad de CCBM, Madrid,  Enero 2018

   
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