VII ENCUENTRO DE REDES CRISTIANAS
23 y 24 de octubre de 2021

 

Enviado a la página web de Redes Cristianas

Ponencia pronunciada en la XVIII Semana andaluza de Teología
“Algunas reflexiones para facilitar el necesario tránsito de la ciudad al campo”
A las campesinas y campesinos que resistieron
y mantuvieron sus culturas de manera silenciosa,
incluidos, Calixta y Jesús, mis queridos padres.
El ser humano es el único animal que tropieza dos veces en la misma piedra, también de los que más capacidad tiene para volverse a levantar.

No es la primera vez que nos ha sucedido, a la largo de la historia los seres humanos hemos errado una y otra vez, al crear modos de vida que poco a poco se iban alejando del lugar natural donde las personas podían sobrevivir con más facilidad, gracias a la generosidad de la naturaleza. También hemos errado en nuestro quehacer y nuestro paso por la tierra donde nos asentábamos, a veces esquilmando territorios y buscando otros nuevos donde poder seguir haciendo lo mismo.

La capacidad del ser humano para destruir su propio hábitat se ha corregido cuando el raciocinio suplantaba a la sinrazón y de nuevo se volvía al lugar y a las formas de vida que nunca tuvimos que abandonar. Aunque, para ser justos, no todos los pueblos actuaron del mismo modo con el entorno que les acogía, y así, hoy tenemos mucho que agradecer a algunas culturas originarias e indígenas. Éstas no sucumbieron ante la idolatría del tener, siendo capaces de permanecer durante siglos en sus hábitats y en sus ecosistemas gracias a la virtud de intervenir en ellos pensando siempre en las generaciones futuras.

Pero el momento histórico actual, la realidad que nos acontece en pleno siglo XXI, donde el 50% de la población mundial vive ( o mal vive… ) en un puñado de grandes urbes, tiene otras características, y, sobre todo, tiene dos importantes dificultades: el incremento de la población mundial y su dependencia de las energías no renovables (especialmente del petróleo), y la caída de producción de las mismas para cubrir el descalabro consumista de una minoría de la población mundial que se encuentra asentada, principalmente, en los llamados países prósperos.

Todo ello es el resultado del modelo capitalista neoliberal que, aún produciendo muchos bienes y servicios dedicados al “bienestar social”, éstos no dan respuestas a las necesidades vitales de la personas; y, además, con el agravante de que sólo es posible sostenerlo convirtiendo al ser humano en un esclavo, manteniendo a pueblos y regiones enteras en la pobreza absoluta, extrayendo de la naturaleza todo cuanto se pueda y sin reponer nada a cambio y legitimando en nombre de la democracia las instituciones públicas que lo amparan, hoy convertidas en verdaderos casinos donde se juega con la vida de la gente.

Pero al igual que sucedió en otros momentos de la historia, otros pueblos, otras comunidades, otras organizaciones, otras personas, deciden ponerse al margen del descalabro capitalista e iniciar un proceso de respuesta social: no reconocen a las instituciones que legitiman un sistema que ha declarado la guerra al ser humano y al entorno natural que nos sostiene la base biológica de la vida, y ponen pie en tierra construyendo otras realidades, alternativas y proyectos que intentan poner en el centro de la economía a las personas y no a la moneda, al dinero. Estos grupos, orientados desde posiciones contra hegemónicas, calzados de indignación y esperanza, han decidido desaprender los valores del modelo del capital, un cebo envenenado con trazas de producción y consumo ilimitado, que confunde intencionadamente derechos humanos y universales con perversos “estados del bienestar infinitos”, a costa del malestar de dos terceras partes de la humanidad.

Son ellos y ellas, en cualquier parte del mundo, los que han decidido asumir el protagonismo de su propia vida y tomar las riendas de su futuro, creyendo, como así lo creyeron los pueblos originarios que siempre que a la vida se le da una oportunidad, solo le basta un milímetro en el hormigón más armado para renacer.

Y en ese tránsito tan generoso de recuperar la vida tras siglos de devastación y sufrimiento humano, de alienación y dominación ideológica, surge como propuesta la vuelta al campo, la vuelta a la conciencia de la vida, para lo que hemos de abordar dos problemáticas de escala global: el reequilibrio de las aglomeraciones en las grandes urbes y la ocupación de territorios rurales prácticamente abandonados. El primer propósito se relaciona con la urgente necesidad que tenemos de recuperar la armonía entre territorios, recursos disponibles y población que de forma sustentable puede sobrevivir en cada uno de ellos. El segundo es el espíritu movilizador que ha de conllevar el volver a los pueblos, hecho éste que no es la primera vez que ocurre, de ahí el título de la propuesta.

La vuelta al campo es y será una “revuelta” popular y pacífica, cargada de energía positiva, germen de una nueva sociedad que, a la vez que se vaya construyendo, se irá dando al trasto con el modelo de desarrollo etnocida1 vigente instaurado a escala planetaria.
No hay lugar a dudas, tenemos que volver a la tierra y a las pequeñas comunidades rurales, donde históricamente se demostró que es posible la vida en el campo, una vida sencilla, regulada por los ritmos de la naturaleza, que es la única lógica que puede permitirnos un futuro duradero. La vuelta al campo es una propuesta para el conjunto de la humanidad, quizá en ella se encuentren las pocas oportunidades y alternativas que posiblemente le quede al ser humano para abordar su futuro y permanencia en el Planeta Tierra.

Sin embargo, no es la única propuesta que se plantea como salida a la quiebra del capitalismo que se resiste a reconocer sus descalabros sociales, económicos y medioambientales. Otras opciones están siendo debatidas por los movimientos sociales, ONGs, Universidades, pensadores y mundo científico de diversas partes del mundo, teniendo todos como elemento común la desautorización del modelo de desarrollo vigente, modelo que los conglomerados financieros y multinacionales quieren instaurar a escala global.
Pero, ¿cómo apartarse de un modelo perverso que nos tiene acorralados, alienados, convertidos en objetos dependientes de los mismos valores que sustenta el sistema?, ¿cómo hacer el tránsito hacia otros modelos con un poco más de rostro humano, con más conciencia de pertenencia a un ecosistema en el que tienen cabida los otros seres vivos?

Son muchas las perspectivas de futuro que se barajan y que están encima de la mesa, inspiradas principalmente desde el movimiento del ecologismo social (decrecimiento, ciudades en tránsito, etc.), propuestas viables, posibles de llevar a buen puerto, y que anuncian y visibilizan que otro mundo es posible. Pero desde mi humilde punto de vista, en todos los textos a los que he podido acceder, no se valora con suficiente fuerza las oportunidades que nos puede ofrecer la vida campesina y rural para caminar hacia otros modelos de sociedad, minusvalorando con ello sus posibilidades para hacer frente al modelo capitalista y neoliberal.

EL PARA QUÉ DE LA VUELTA AL CAMPO
Mi aportación no tiene nada de especial, simplemente intenta compartir una reflexión personal que lo único que tiene de novedoso es el lugar desde donde se hace, y el perfil de la persona que la hace: un campesino que se ha resistido a desaparecer como tal, en un contexto, Tierra de Campos (Palencia), donde apenas vivimos una media de nueve habitantes por kilómetro cuadrado, como fruto de la imposición del modelo agroalimentario del capital, causa fundamental de la desestructuración y del abandono del medio rural.
Dicho esto, pueden imaginar la experiencia cotidiana de vivir en un territorio sin apenas gente, donde se hace apremiante la necesidad de que vuelvan personas a ocupar nuestros pequeños pueblos para que recuperen la vida que tuvieron, y poder así poner freno al fenómeno de la despoblación; y, lo que es más importante, impedir que los 5.300 Km2 que conforman nuestra comarca sea un coto cerrado de las corporaciones agroalimentarias, quienes ven en nuestras tierras un excelente negocio de futuro.

Desde estas tierras la pregunta que nos ronda una y mil veces por la cabeza es cómo será la transición hacia una sociedad menos devoradora de materias primas y de recursos no renovables, entre ellos los energéticos. Dicha transición, ¿se podría hacer manteniendo el modelo de vida urbano, donde la mayoría de los seres humanos están cada vez más lejos del lugar en el que se producen los alimentos?.
Un servidor está convencido de que ello no será posible y que, por lo tanto, cuanto antes comencemos a desaprender los sistemas y modos de vida dependientes de sistemas con grandes coste energéticos y de recursos no renovables, antes estaremos caminando por la senda correcta.

Por eso, desde que leí una entrevista que la revista Éxodo (nº 116) hacía a Javier Melloni, he hecho mía una de sus reflexiones. Melloni nos venía a decir que el ser humano tiene por delante tres grandes retos: la interioridad, la solidaridad y la sobriedad. La interioridad abre a la mística, la solidaridad a la ética y la sobriedad a la vía ecológica. Si recuperamos la capacidad de interiorización en las personas, seguía diciendo, y conseguimos que nuestra civilización se haga más silenciosa, más calmada, habrá también espacio para escuchar las necesidades ajenas y compartir lo que tenemos en lugar de usurparlo; así, como una mayor capacidad de contención, para vivir con menos y gozar más.
Las personas más ancianas de nuestras aldeas y pueblos no se cansan de decirnos que antes no tenían tantas cosas, ni tantas comodidades, pero que disfrutaban más de la vida, se reían y no les faltaba tiempo para crear espacios para la fiesta tras el duro trabajo en el campo; que la gente se ayudaba y se llevaba mucho mejor, a pesar de los conflictos que tenían que lidiar todos los días.
Pienso que cuando los más mayores nos dicen eso nos están transmitiendo algo parecido a lo que Javier Melloni expresa en dicha entrevista.

Por eso creo que las personas más mayores de nuestros pueblos nunca llegaron a entender que, aún viviendo en el campo, compremos nuestros alimentos en una gran superficie, que necesitemos tantas máquinas para trabajar la tierra y que además sustituyan a las personas que viven de ella; o que a las ovejas y a las vacas las metamos en un espacio parecido a una factoría para multiplicar de forma artificial sus niveles de productividad, que la gestión integral de los montes se considere realizada mediante la presencia de policías y guardas jurados, que la ayuda mutua se haya sustituido por estructuras técnicas, o que para ser solidarios haya que aprenderlo en un curso, y que para divertirnos tengamos que pagar dinero. La gente del campo nunca llegó a entender por qué sus pueblos se quedaron vacios cuando allí se disponía de lo fundamental para poder vivir.
Por eso la vuelta al campo, a la vida, que ya se está dando, ha de producirse para construir algo nuevo, que rompa con las lógicas del modelo capitalista y que se asiente en muchas de las bases que nuestros antepasados construyeron, bases que tenían mucho que ver con la mística, la ética y la ecología.

Un punto de partida fundamental es volver al campo para “abrazar la tierra” mediante la práctica de una agricultura local, asentada en los principios de los conocimientos de la gente campesina, gentes que resistieron los envites del neoliberalismo que se introdujeron camuflados a través de paquetes tecnológicos y controlados por las corporaciones agroalimentarias. Dicha práctica definida por la ciencia del siglo XXI como agroecología tiene como valor supremo alimentar a toda la población del planeta con alimentos sanos y nutritivos, y donde el alimento se convierte en un derecho inalienable del ser humano.

Pero además, la agricultura local tiene la virtud de que a la vez de producir de forma saludable se están cuidando los suelos, no se contaminan las aguas, se siembran con especies tradicionales y se mantienen las ganaderías con razas autóctonas, protegiendo así el funcionamiento sostenible de los ecosistemas. La práctica de las agriculturas locales son uno de los mejores sumideros de gases de efecto invernadero, su aportación es vital para evitar las consecuencias del cambio climático que tenemos ya encima. También es la única agricultura que abre caminos para la construcción de la “Soberanía Alimentaria”2, como derecho de todos los pueblos, requisito fundamental para terminar con la lacra del hambre en un mundo donde sobran alimentos y recuperar la autonomía de la ciudadanía.
Esta apuesta no supone ir contracorriente, sino volver al lugar del que nunca tuvimos que salir. Nuestros pueblos y sus culturas, a pesar de haber soportado tanto desprecio y ostracismo para hacerlas desaparecer del mapa por parte de todos los poderes fácticos, hoy, nos ofrecen grandes oportunidades: son promotoras de trabajo creativo (no de empleos) que genera riqueza social, permiten producir tu propia alimentación y construir tú propio habitad, abren sendas para vivir con menos y más dignamente, y nos invitan a recuperar la verdadera esencia de lo que significa la calidad de vida: ritmos acompasados con los de la propia naturaleza, entornos menos contaminados, un espacio que facilita las relaciones personales, el encuentro, la autogestión y la autonomía local.

UNA APUESTA NECESARIA PARA EL SER HUMANO: CONSTRUIR ALTERNATIVAS AL MODELO NEOLIBERAL QUE NOS COLOCA EN SITUACIÓN DE SUICIDIO COLECTIVO
Efectivamente, proponemos una apuesta decidida y necesaria como el pan nuestro de cada día, aun sabiendo que no va a estar exenta de dificultades. En la medida que vayamos empoderándonos para hacerla efectiva, tendremos por delante importantes retos que superar y, entre ellos, me gustaría destacar los siguientes:

Paralizar la apropiación de los bienes comunes.
Mientras se produce el tránsito de la ciudad al campo tendremos que abordar con cierta urgencia el acoso y la apropiación indebida de los bienes comunes, que se está impulsando por parte de las multinacionales del agronegocio y las instituciones que las amparan, tales como:
El acceso a la tierra

Los últimos datos que disponemos (www.grain.org) hablan de unos 80 millones de hectáreas compradas o alquilados en los últimos años por inversionistas, bancos y especuladores de los Estados de los países mas ricos (EEUU y la U.E ) y emergentes (Brasil, China, India, Sudáfrica….). La mayoría de estas tierras se encuentran en África donde muchos campesinos no tienen suficiente tierra para trabajar ni alimentos para comer. En muchos de los países afectados se trata de una superficie que equivale entre el 10% y el 20% de sus tierras cultivables.

Pero este fenómeno del acaparamiento de tierras también lo estamos viviendo aquí, bajo sistemas más sibilinos, que poco a poco van apropiándose del terruño de los pequeños campesinos/as: compras directas por sociedades anónimas para hacer explotaciones agrícolas hiper intensivas, ocupación del territorio agrario para otras actividades no agrícolas, nuevas leyes de régimen local que apuntan hacia el desmantelamiento de las pedanías y de los pequeños ayuntamientos, gestores de los bienes comunes que aún se mantienen en el Estado Español.
Sin tierra para quien la trabaja con sus manos es difícil de sobrevivir en el medio rural. Ésta es un recurso vital para poder ser campesinado, y para que los pueblos sean soberanos alimentariamente.

El acceso al agua
El agua es otro recurso vital que hoy vive parecidos procesos de privatización bajo diversas formas: externalización de la gestión, nuevos regadíos que fomentan un modelo agrícola intensificado y con vocación agroexportadora, con tecnologías que se venden en nombre del ahorro del agua y que son dependientes del petróleo y, por lo tanto, de altos costes energéticos y dudosa sostenibilidad.
El acceso a las semillas
El control de las semillas por parte de un puñado de multinacionales3 es sin duda alguna uno de los más graves problemas a los que se enfrenta la humanidad. Este hecho es el resultado del robo y el saqueo de las semillas locales por parte de tales empresas, transformándolas en semillas patentadas para obtener el derecho absoluto de su propiedad, tras haber hecho dependientes al campesinado, una vez desparecidas las simientes con las que durante siglos sembraron sus campos y las adaptaron a los diversos territorios agrícolas. Con estas prácticas se hace imparable los procesos de privatización de la vida, agudizados con la imposición de las semillas manipuladas genéticamente4, último eslabón de la dependencia absoluta de la producción artesanal hacía los conglomerados agroalimentarios.

A nivel estratégico se hace imprescindible apoyar las movilizaciones que se están desarrollando en todo el mundo contra los cultivos transgénicos, los agrocombustibles, el acaparamiento de tierras y la privatización de los bienes comunes, haciendo de la defensa de la agricultura y alimentación una cuestión ciudadana.
Estas y otras muchas luchas son las que todos los días abordan las organizaciones que se articulan entorno a La Vía Campesina5, organización internacional del campesinado, enfrentándose con las corporaciones agroalimentarias, y sufriendo por parte de lo compañeros y compañeras campesinas dejaciones, torturas y asesinatos.
La articulación de un frente común que facilite el encuentro y las alianzas como el experimentado en la Plataforma Rural6, ligazones entre los movimientos urbanos y rurales, el campo y la ciudad, también es fundamental para plantar cara al neoliberalismo y a todos los conglomerados económicos y financieros que lo sustentan, así como, a las Instituciones que dicen representarnos, hoy totalmente deslegitimadas para la mayoría de la ciudadanía.

El rescate de la Soberanía Alimentaria: desobediencia civil ante los dictados de organismos multilaterales, la industria agroalimentaria y los Estados que legislan a su favor.
Otro de los problemas al que se tienen que enfrentar la población campesina en todo el mundo es el cumplimiento de las normas higiénico-sanitarias-medioambientales, que aplican las instituciones para que los alimentos puedan viajar de una punta a otra del planeta, en búsqueda del mercado que más beneficios pueda aportar a las grandes cadenas de distribución, y a las entidades financieras que invierten en el negocio de la alimentación.

Esta imposición legislativa auspiciada por la Organización Mundial del Comercio (OMC) niega todos los derechos al campesinado a decidir sobre como gestionar sus campos y los alimentos que producen, y es la mejor herramienta puesta en manos del agro negocio para impedir la Soberanía Alimentaria, tal como se describe en la Declaración Nyeleni. Desobedecer dichos dictados por parte del gremio de los la producción artesanal es un acto legítimo, pero que necesita del apoyo de todo el movimiento social que defienden la alimentación como un derecho fundamental de los pueblos; derecho que solo puede afirmarse desde el trabajo diario mediante producciones ecológicamente sostenibles que el campesinado pone en valor en mercados cercanos a la comunidad local.

Poner en cuestión a las instituciones que nos desamparan hasta que se restaure la deuda cultural y ecológica que tienen con el mundo rural.
Para que el Estado y todas sus instituciones recuperen su credibilidad nos tienen que devolver lo que nos han robado, es decir, la deuda moral y ecológica con el mundo rural.

Con nuestras gentes se levantó un país arruinado por la guerra fratricida de los golpistas franquistas, éramos pequeños productores de trigo y pasábamos hambre de pan; las energías de las manos campesinas convertidas en manos proletarias sirvieron para industrializar y modernizar el país, también para levantar las grandes urbes y construir las grandes infraestructuras, robándonos el recurso más importante, las buenas gentes de nuestros pueblos, a las que se las obligó mediante políticas de hundimiento de los precios de los productos del campo a emigrar, tras inducirlas la idea de que en los pueblos no merecía la pena vivir.
Paralelo a todo este proceso de despojo y en nombre de la inviabilidad económica se desmantelaron todos los servicios públicos (escuelas, centros de salud, transporte público, etc.), hecho que favoreció el proceso de abandono de los pueblos. A la vez que se consolidaba el modelo desarrollista se destruía un modo de vida que tenía como principio la sustentabilidad, y la base de unas culturas ancestrales (conocimiento y sabiduría local) que hoy necesitamos recuperar para corregir los descalabros del modelo de desarrollo capitalista.

Tal como lo expresa Viñas, A. (2009), “el medio rural es el portador de la riqueza esencial para la vida, el sustento biológico: las reservas de agua, el aire de sus masas forestales, el sustrato para la producción de alimentos, recursos para generar el calor, espacios de salud y armonía. Este capital primigenio que la naturaleza proporciona y que está siendo destruido a marchas forzadas tiene que entrar en la cuenta de resultados de la economía mundial. Por esta razón creemos que se debe reivindicar la “deuda moral y ecológica” que el propio modelo de crecimiento tiene contraído desde hace más de un siglo con el mundo rural. Un territorio que ha sido vampirizado como cuerpo de energía básica sin habilitar fuentes de retorno compensatorias. Al contrario, la devolución se ha hecho en forma de dolor y detritus, de pérdida de biodiversidad y probablemente de felicidad: miremos los ojos a un río, el corazón a una ciudad y compartiremos su llanto”.

Una deuda, como sigue diciendo, que debe ser computada no solo en valores morales y estéticos, sino también en términos económicos, y que progresivamente debe ir repercutiendo en la activación de la vida rural contemporánea, haciendo especial hincapié en la restitución del patrimonio (natural, agrario, social y cultural) destruido. Se trataría de invertir conscientemente en la recuperación de la identidad rural, de adentrarnos en la memoria histórica y generar en torno a ello empleos dentro del marco de la economía social, solidaria y ecológica.

ACERCA DEL CÓMO ORGANIZAR LA ACOGIDA DE LOS QUE TIENEN Y QUIEREN VOLVER AL CAMPO.

Es fundamental que la vuelta al campo, la vuelta a la vida, sea organizada. Abordar este reto por parte de los nuevos pobladores de forma individual es realmente complejo, puesto que el camino a recorrer está lleno de dificultades
Se hace apremiante la necesidad de construir puentes entre las personas que siguen viviendo en los pueblos y los que inician el tránsito de la ciudad al campo. Si no somos capaces de articular todo un entramado de alianzas para que se puedan construir la arquitectura social, el reto de volver a los pueblos se hace embarazoso.
Por eso, desde mi pequeña experiencia por facilitar estos procesos a lo largo de los últimos veinte años, quiero apuntar algunas ideas con el ánimo de ayudar a conseguir los objetivos que nos proponemos:

Valorar y aprender de aquellas personas que resistieron la emigración
El perfil mayoritario de la gente que quedó en los pueblos se expresa en un elevado porcentaje de personas mayores (el medio rural cuenta con una alta tasa de envejecimiento), aquellas que siguen trabajando la tierra bajo diferentes modalidades, en donde prima el sector de la agricultura moderna e industrial, pero en el que va avanzando el que tiende hacia modos más equilibrados con la naturaleza, el sector ecológico.

Personalmente pienso que a los compañeros agricultores/as que fueron imbuidos por el productivismo agrario tendremos que ayudarles para que salgan de él, en la misma medida que el conjunto de la ciudadanía tenemos que ir saliendo del consumo ilimitado que sustenta un modelo productivo en crecimiento y destrucción permanente. Este colectivo agricultor es fundamental recuperarlo como recurso personal clave para facilitar el tránsito del modelo urbanizado al modelo campesino y rural. Les necesitamos, no podemos dilapidar lo bueno que aún se mantiene en su interior: ellos y ellas tienen muchos valores y conocimientos adquiridos de sus antepasados, conocimientos vitales para la vuelta al campo, a veces infravalorados por sí mismos, ante tanto desprestigio de las culturas campesinas de las que proceden.

El trabajo sindical de la Coordinadora de Organizaciones Agrarias (COAG)7, entidad vinculada a La Vía Campesina, y que articula al sector agrícola y ganadero que trabaja directamente la tierra y la gestión animal bajo diversas formas productivas, es esencial para iniciar estos procesos. Esta nueva oportunidad pasa por orientarles, como ya se está haciendo, para desintensificar sus explotaciones y volver a la práctica de una agricultura más local y campesina.
Pero si además, esa conexión con las gentes que hoy viven del y en el campo, se hace a través de las organizaciones campesinas que abanderan la propuesta de una agricultura local y a favor de la soberanía alimentaria, aumentan las posibilidades de éxito de los procesos que inicia mucha gente para volver a la tierra. La experiencia de ENHE BIKAIA8, sindicato vasco y campesino vinculado a la COAG y a la Vía Campesina, de facilitar la incorporación de jóvenes a la actividad agraria mediante un riguroso y ejemplar programa formativo, nos muestra que lo que planteamos es viable y posible.

Los compromisos mínimos para los que llegan al medio rural: conocer y valorar, con sus virtudes y contradicciones, la diversidad de culturas campesinas que están en peligro de extinción.
La necesaria vuelta al campo será más fácil si nos reconciliamos con las culturas campesinas y con las pocas personas que quedan depositarias de las mismas. Nuestros antepasados tenían muchas respuestas a una gran parte de los problemas que se plantean en la sociedad actual, entre las que merece la pena destacar las siguientes:
a) La diversidad de sistemas de organización y de gestión comunitaria de la vida rural: el concejo, las huebras, las hacenderas, las fiestas, etc.

b) La gestión sustentable de los recursos del territorio: manejo de los animales y las semillas locales; producción de alimentos y sus diversas formas de conservación y transformación con bajos costes energéticos; la construcción de los habitats con los recursos locales: tierra, piedra, paja; las tecnologías apropiadas de bajo impacto ambiental; el uso racional del agua; la gestión de los residuos. Y lo más importante, ser capaces de vivir con lo imprescindible, aquello que les proporcionaba el entorno donde estaban asentados.
Si reconociéramos realmente el aporte productivo (no productivista) y social de dichas prácticas a lo largo de la historia de la humanidad, entenderíamos cuan importante sería aprender de la maestría humana-campesina que han mantenido vivas estas culturas, para dar respuestas a las necesidades vitales de las personas; así, sería mucho más fácil hacer el tránsito de la ciudad al campo, y que en este proceso migratorio inverso, la vuelta al campo, disminuyera el nivel de intentos fracasos, bien intencionados, pero mal enfocados.

El campesinado denigrado: referente y sujeto imprescindible del nuevo retorno.
“Feos, tontos, pobres y de derechas…” De esta forma identificaba y definía, durante unas cuantas décadas, parte de la izquierda progresista a los hombres y mujeres del campo. Dicha definición peca de un grave error, y es que, con ella se ignoraba el papel socio ambiental que han desempeñado las comunidades campesinas, sean de una u otra condición ideológica; tanto es así, que a pesar de haber transcurrido unas cuantas décadas, una parte importante de la izquierda acusativa todavía no se ha dado cuenta de que el desmantelamiento del modelo de desarrollo capitalista y la construcción de otras propuestas más sustentables, pasan, indefectiblemente, por recuperar y poner en valor la sabiduría de los pueblos originarios y campesinos.

En el contexto en el que nos encontramos, tras tanta insensibilidad y planificación para denostar nuestras culturas y eliminarlas del mapa, cuesta mucho localizar a aquellas personas (las mismas comunidades rurales han asumido en gran medida la cultura del capital), que en el silencio más absoluto, han mantenido toda una cultura sabia, en el sentido común de supervivencia, que hoy urge recuperar. Pero no es imposible, todavía llegamos a tiempo. Encontrarnos con estos testigos como una parte muy importante de la historia de la humanidad, se hace imprescindible y necesario, sólo prima la conciencia para comprender su significado y ponernos a trabajar en ello.
Como bien define el profesor de agroecología David Gallar en un artículo del número doce de la revista Soberanía alimentaria, biodiversidad y culturas9, “la economía campesina se ajusta casi perfectamente a los nuevos paradigmas de la economía social y solidaria; es decir, a la construcción de otros modelos de desarrollo frente al idolatrado sistema capitalista, porque entre otros valores, tienen como principio la diversidad productiva, priman la ocupación de la mano de obra familiar, aplican tecnologías blandas con el medio ambiente, la experimentación se traduce de manera permanente en innovación, sus ámbitos de actuación son locales, los excedentes es su medida de seguridad ante los imprevistos naturales, los mercados son la forma de acercar a la gente el fruto de su trabajo por el que exigen una recompensa monetaria, la cooperación social es otra de las claves de una economía a escala local, y en sus territorios queda espacio para la propiedad comunal de los recursos auto gestionados a través de instituciones sociales y políticas no dependientes de los Estados”. Toda una lección de autogestión organizativa, que unida a la capacidad de saber gestionar cuasi a la perfección los recursos locales sin deteriorar sus espacios de vida, produciendo alimentos con escasos costes energéticos, podemos anticipar, que ignorar todo este saber hacer sin el más mínimo reconocimiento, supone uno de los mayores fracasos de la humanidad.

Pero aún reconociendo que todo esto ha sido así, ¿cuándo seremos capaces de poner en valor lo que saben hacer nuestras gentes campesinas?, y ¿cuándo les daremos el protagonismo que realmente se merecen?; ¿cuándo dejaremos de usurparles sus conocimientos para traducirlos a lenguajes académicos, donde el que realmente sabe hacer y da respuestas a las necesidades más vitales de la vida del ser humano, es tomado por analfabeto??

Para un servidor, después de 54 años viviendo en los pequeños pueblos y de haber vivido la experiencia personal de infravaloración de estas culturas orales, al caer en la trampa de la modernización de la agricultura y ser víctima de la revolución verde; después de haber vivido en carnes propias la perversidad social y medioambiental de un modelo agroalimentario que convierte al sector agrícola en meros consumidores de inputs para producir materias primas bajo el dictamen de la industria multinacional agroexportadora; después de desaprender el calado ideológico al que fui sometido por la idolatría del productivismo agrario, sumándome al carro de la agricultura ecológica como alternativa innovadora; después de visualizar que el modelo de desarrollo es capaz de integrar todo, como lo hace con la agroecología, convirtiendo una buena idea en un nuevo nicho de mercado para los mismos grupos de poder que dominan el sector agroalimentario; después de todo esa experiencia acumulada, he podido comprobar como el mayor de nuestros errores ha sido ignorar a aquellas personas que tenían encima de sus espaldas el suficiente bagaje para saber vivir, y sobre vivir, en territorios a veces inhóspitos y haciendo auténticas maravillas para crear en ellos condiciones de vida sustentables y duraderas. Estas personas “analfabetas” son las auténticas artesanas que aprendieron en la universidad de la vida todo un ejemplo de resistencia ciudadana, frente a los atropellos que tuvieron que sortear de los poderes económicos, políticos y culturales.

EL CAMPESINADO CONTEMPORÁNEO DEBE SER EL VERDADERO SUJETO DE LA VUELTA AL CAMPO, A LA VIDA. DOS RETOS.
Mirarles a la cara a nuestras gentes campesinas y escucharles atentamente más de cinco minutos seguidos.
Este primer reto es un ejercicio personal que invito a poner en práctica a todas las personas que apostamos por un proceso migratorio inverso, de la ciudad al campo, y que creemos en el protagonismo que han de desempeñar las personas que de manera silenciosa resistieron en el medio rural.

La cultura dominante, a través de las instituciones educativas y los medios de comunicación, han hecho estragos en la conciencia ciudadana, asumiendo obedientemente los valores que sustenta y reproduce el modelo de desarrollo vigente. En el medio rural esta dominación cultural se traduce en una perdida constante de la identidad campesina, renunciando a nuestras raíces, minusvalorando nuestros recursos y nuestros modos de vida.
Desde una perspectiva ciudadana, hoy nos corresponde aprender de la cultura de los dominados, que también la tienen, esa que han mantenido durante siglos nuestras gentes del campo en el anonimato, porque nunca tuvo el valor monetario suficiente como para poderse mercantilizar. Es una cultura oral, ágrafa, que no ha podido ser registrada hasta el momento, pero no por ello menos importante que la cultura ilustrada.

Dicha cultura se mantiene gracias a la memoria histórica y al valor de la palabra como herramienta de transmisión del saber hacer. Si fuéramos capaces de mirar a la cara a los hombres y mujeres que mantuvieron en el anonimato su bagaje cultural imprescindible con el sostenimiento de la vida, de escucharles con atención algo más de cinco minutos seguidos, empezaríamos a experimentar cuanto podemos aprender de ellas y ellos.

DEFENDER LOS PRINCPIOS ORIGINALES DE LA AGROECOLOGÍA Y LA SOBERANÍA ALIMENTARIA DENTRO DE LA CIENCIA APEGADA AL DESARROLLISMO
El segundo reto es que una parte de la academia científica, aquella que defiende una ciencia alejada de la realidad y del contexto social, no acapare el concepto de la agroecología y soberanía alimentaria pervirtiendo la naturaleza de sus principios y contenidos como ha ocurrido con otros (desarrollo sostenible, por ejemplo). No podemos permitir una vez más que los campesinos y las campesinas sean utilizados de nuevo, convirtiéndolos en objetos de un nuevo producto que, aunque sus fundamentos hayan salido de sus entrañas, el lenguaje tecnócrata y dominante se acapara de él.

Es posible que sin pretenderlo esté idealizando lo que significó la vida de los hombres y las mujeres del campo de hace apenas 50 años. Pero no es éste mi propósito, simplemente intento colocar en el sitio que corresponde a unos modelos de vida que han sido denostados durante las últimas décadas, y sin magnificarlo, ayudar a reflexionar sobre las oportunidades que dichos modelos ofrecen ante la quiebra del capitalismo, como modelo dominante.
Soy conocedor, tras una vida entera dedica al campo, de las dificultades que conlleva vivir en él, más si apostamos por modelos productivos respetuosos con la naturaleza. El camino a recorrer no es sencillo, pero para que en el planeta tierra quepamos todos y todas, y sobrevivamos con los recursos que la naturaleza nos pone a nuestro alcance, solo será posible compartiéndolos y asegurando su sustentabilidad.

John Berger es quizá uno de los pocos intelectuales que entendieron “La razón del campo”, es decir, la aportación del campesinado al desarrollo de la humanidad a lo largo de la historia: En el epílogo de su novela “Puerca Tierra”, así lo afirmaba de manera clara y precisa: “Toda idealización de ese modo de vida resulta imposible. En un mundo justo no existiría una clase social con estas características. Sin embargo, despachar la experiencia campesina como algo que pertenece al pasado y que es irrelevante para la vida moderna; imaginar que los miles de años de cultura campesina no dejan una herencia para el futuro, sencillamente porque ésta casi nunca ha tomado la forma de objetos perdurables; seguir manteniendo, como se ha mantenido durante siglos, que es algo marginal a la civilización; todo ello es negar el valor de demasiada historia y de demasiadas vidas. No se puede tachar una parte de la historia como el que traza una raya sobre una cuenta saldada”

RECONOCER Y ENCONTRARNOS CON LAS PERSONAS QUE SUSTENTA EL CONOCIMIENTO LOCAL. TAREA URGENTE Y NECESARIA.
Habiendo pasado la prueba de los retos anteriormente propuestos, sólo nos queda pendiente la tarea más acuciante: rebuscar por todos los rincones del medio rural del Estado Español a las gentes que han permanecido en el anonimato más absoluto, porque ellos y ellas son el verdadero referente de lo que de ahora en adelante nos corresponde hacer.
Propuestas como las que ha puesto en marcha la Universidad Rural Paulo Freire10 , y otros colectivos que trabajan con vocación rural la dimensión de una educación liberadora, son fundamentales para asegurar dicho proceso.

En este sentido, es conveniente recordar que en la década de los 70 tuvo lugar un renovado interés por el conocimiento ecológico y por las estrategias de las culturas rurales tradicionales. Numerosos estudios desplegados desde entonces demuestran cómo su propia racionalidad ecológica en el manejo de los recursos naturales es susceptible de ser utilizada, a través de la imbricación con el conocimiento científico para paliar, entre otras cosas, los desequilibrios de orden natural que la agricultura moderna está produciendo (Toledo, V.1993). Recientemente se ha puesto en evidencia cómo la memoria biocultural de la especie humana (la que sustenta la dimensión cognitiva de nuestra capacidad de adaptación al medio), se ha visto reducida con el advenimiento de la modernidad; siendo sustituida por la vida instantánea y por la pérdida de la capacidad de recordar. Una amnesia civilizatoria de corte occidental que, paradójicamente, aún no ha alcanzado a las sociedades tradicionales, a los pueblos indígenas (Toledo, V. -Barrera, N, 2008).

Por todo ello, urge visibilizar a las mujeres rurales y campesinas, identificar el conocimiento adscrito a la memoria de nuestros mayores, convencerlas y convencerles de que su experiencia es una verdadera reliquia que no puede terminar en los museos etnográficos; urge pedirles perdón por tanto desprecio y humillación a la que les hemos sometido, transmitirles la necesidad que tenemos de ellos y de ellas, animarles a que cumplan con la misión de ser los maestros y las maestras del nuevo campesinado que ya está emergiendo, poniéndolos en comunicación sus saberes coherentes, éticos para una vida perdurable, con los que anhelan algún día volver al campo para poder seguir sus mismos pasos.

A todas estas personas les podremos encontrar trabajando la tierra con sazón, seleccionando semillas, estercolando y abarbechando para buenos temperos que aseguren nuevas cosechas; levantando muros de piedra y tierra para construir su hábitat; trasegando vino, podando las viñas y azufrando los majuelos, destilando aguardientes, haciendo las matanzas del cerdo y cuidando las aves de corral, esquilando ovejas, pastoreando en montes y estepas, construyendo rediles con muros secos, haciendo queso y requesón, limpiando bosques, acopiándose de leña para retar los fríos inviernos, construyendo sus herramientas, tejiendo cestos y escriños, catando colmenas, domesticando animales para las labores del campo, transformando alimentos sin necesidad de aditivos, regulando los cursos del agua para regar sus campos, cuidando de las personas mayores, esas que a lo largo de la historia aseguraban la continuidad de nuestras culturas…

Si en esta etapa histórica que nos corresponde vivir somos capaces de acercarnos a estas gentes, de escucharlos, de observar lo que saben hacer y de contagiarnos a través de su palabra como medio de transmisión del conocimiento que han sabido llevar a la vida, tendremos un importante camino recorrido para que la vuelta al campo, a la vida se haga realidad11.

BIBLIOGRAFÍA

CLASTRES, P. (1981). Investigaciones en antropología política. Gedisa. Barcelona.

MELLONI, J. Revista Éxodo. http://www.exodo.org/JAVIER-MELLONI.html

TOLEDO, V. (1993). “La racionalidad ecológica de la producción campesina”. En Sevilla Guzmán, E. y González de Molina, M.: Ecología, campesinado e historia” Ediciones Endimión. Madrid.

TOLEDO V.-BARRERA, N.(2008). La memoria biocultural de la especie. La importancia de las sabidurías tradicionales. Edit. Icaria. Barcelona.

VIÑAS, A. (2009). Art. La Universidad Rural Paulo Freire: un deber con las cosas del campo. La razón del campo Vol. I. pag. 27. Edit. Referencias. Ronda.

   
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