VII ENCUENTRO DE REDES CRISTIANAS
23 y 24 de octubre de 2021

 

Rafael Díaz-Salazar es profesor de Sociología en la Universidad Complutense y colaborador de HOAC.

1ª ¿Te identificas (te sientes a gusto) con las posturas que está tomando actualmente la iglesia jerárquica española (hacia dentro y hacia fuera de sí misma) o, por el contrario, tienes dificultades? Si fuera esto último, ¿por qué?

La jerarquía de la Iglesia católica en España está reactivando desde hace años un proyecto de neointegrismo católico que me disgusta profundamente. Ese proyecto no es otra cosa que una torpe actualización de las líneas de fondo del catolicismo político y cultural de los primeros treinta años del siglo pasado. Afortunadamente, no toda la Iglesia se reduce a 80 obispos y además no todos ellos son iguales; pero sí existe una tendencia dominante.

Considero que esta jerarquía es el principal obstáculo para que el anuncio del Evangelio en ámbitos secularizados pueda tener posibilidad de ser escuchado. De alguna forma se cumple en España la afirmación de la Gaudium et Spes de que la Iglesia en diversas ocasiones es causante del ateismo.
Necesitamos darle estructura jurídica a la concepción de la Iglesia como pueblo de Dios para impedir la eclesiastización y clericalización de la Iglesia.

Todos debemos fomentar una cultura intraeclesial marcada por la corrección fraterna de unos a otros, la irreverencia jesuánica ante la autoridad, la humildad, la caridad, la libertad.

En definitiva, hacer de la Iglesia una fratría sin dominantes y dominados y aniquilar la cultura del miedo y de la obediencia debida. Mientras no se aclare el inmenso lío interno en la Iglesia y el profundo malestar existente, veo muy difícil la acción evangelizadora en una sociedad muy secularizada.

2ª ¿Cómo crees que podría ser y te gustaría que de hecho fuera la Iglesia en España?

Necesitamos reactivar la comunión eclesial y no seguir reproduciendo la cacofonía católica. La Iglesia es plural, es sinfónica y todas las voces, como en un buen coro, deben ser oídas y tienen que ser articuladas las unas con las otras. Mientras no reorientemos el interior de la Iglesia, es muy difícil tener una presencia pública adecuada.

Me gustaría una Iglesia que tuviera cauces de comunión desde la libertad de expresión, que cesara el modelo de Iglesia como mosaico de sectas o archipiélago. Para ello es imprescindible abrir un proceso sinodal y conciliar en la Iglesia española sin que las cartas estén marcadas de antemano.

Tenemos que aprender mucho de la sinodalidad de las Iglesias anglicanas y protestantes y de la democracia interna en bastantes congregaciones católicas con el fin de activar un proceso de deliberación eclesial parecido al primer concilio de Jerusalén. También, por lo que respecta al interior de la Iglesia, le doy una importancia central al cultivo de la espiritualidad, de la oración y de la experiencia del Dios de Jesús.

De cara a la presencia de la Iglesia en la sociedad, creo que los ámbitos de acción más importantes son: el anuncio explícito de Jesús de Nazaret, la invitación a la experiencia cristiana de Dios, la inserción militante en organizaciones políticas, sindicales y en movimientos que luchan para que otro mundo sea posible, el diálogo cultural con los ateos y los agnósticos desde una identidad cristiana explícita que no quede desdibujada por una identificación acrítica con la cultura progresista laica.

El testimonio de una vida cotidiana que intenta traducir en estilos de vida la cultura de las Bienaventuranzas es el mejor discurso público que podemos hacer. El testimonio evangélico también requiere fortalecer la creatividad cristiana a través de iniciativas ciudadanas de transformación social, diálogo intercultural e interreligioso, debate cultural con los ateos y agnósticos, solidaridad internacional, creación de ámbitos públicos de oración comunitaria, acción contra la precariedad laboral, etc.

Lo esencial es anunciar con obras y palabras que Jesús de Nazaret está vivo y resucitado y es camino, verdad y vida de Felicidad. En una sociedad plural, cada institución o comunidad tiene una identidad específica y la de la Iglesia (jerárquica y de base) es netamente religiosa, evidentemente con implicaciones sociales, políticas y culturales.

   
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