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Compartimos una reflexión, que desde algunos lugares nos estaban demandando
Hace escasos días, en Alemania, país bien desarrollado, se produjeron dos brotes de coronavirus, uno en un conjunto de bloques multiétnicos, por el que hubo que aislar a cientos de personas y otro, de mayor gravedad aún que superó los mil trabajadores contagiados, en una fábrica de productos cárnicos.

Al investigar, se tomo conciencia de que algo que ayudó a esta propagación del coronavirus en la fábrica, que ha obligado a cerrar también las escuelas de varias edades de la zona afectada y a confinar a unas 600.000 personas, eran las condiciones insalubres y poco respetuosas con los derechos de las personas, en las que vivían cientos de trabajadores del Este que la fábrica contrataba ¿con los adecuados permisos o con la ceguera de las leyes alemanas?. Un verdadero escándalo, sobre el cual ahora cada cual arroja la pelota hacia otro lado. Esto es sólo un pequeño ejemplo, que nos debe servir para la reflexión. No nos hace pensar por ello ni que Alemania sea peor lugar para inmigrantes que otros muchos países europeos, ni que ellos sean los causantes de esta pandemia.

En otros países europeos se están descubriendo ahora las indignas condiciones en las que viven, por ejemplo,  los trabajadores temporeros. Todo esto  nos debe ayudar a profundizar y a asumir responsabilidades compartidas. Cuando votamos a gobiernos que sólo quieren a los inmigrantes para satisfacer sus necesidades de mercado, a costa de la dignidad de los que llegan; cuando se contrata a personas por la razón de que es una mano de obra más barata, rebajando además derechos conseguidos; cuando consumimos sin  enterarnos de las condiciones de trabajo de las personas que están en diferentes fases de esa producción, o de la destrucción del medio que lleva consigo – ejemplo de la producción de carne que destruye la selva amazónica-  estamos contribuyendo a que estas cosas sucedan. También se ha descubierto un matadero clandestino con más de mil gatos secuestrados en algún lugar de China. Y seguramente no queda lugar en el mundo libre de responsabilidad en la extensión de esta pandemia.

Evidentemente, los grados de responsabilidad no son los mismos de quien se lucra directamente de los beneficios de estas empresas, que del ciudadano, a veces también explotado y precarizado, que va a comprar los huesos para el puchero,  las alitas de pollo o el fresón donde tengan mejor precio. O aquellos a los que no les importa que le den “gato por liebre” porque el caso es tener algo que comer. No se trata de fustigarnos con nuestras limitaciones personales a la hora de incidir en una sociedad más justa , ecológica y humanizadora, sino de crecer en corresponsabilidad y descubrir la complejidad y amplitud de miras que entraña la defensa de la vida, exigiendo responsabilidades a quienes las tienen.

La vida humana es un bien sagrado que va unido al cuidado del planeta, también sagrado, en cuanto que es fruto de la Creación. Y hay que verla en toda su amplitud, no con reduccionismos, que no nos ayudan verdaderamente a preservarla en su complejidad, integridad y amplitud. Dicho sea esto porque algunos esgrimen la bandera de la “defensa de la vida” centrándola sólo en el aborto (o en la eutanasia).
Tristemente, otros, banalizan el aborto, o justifican, bajo el lema de “muerte digna” (concepto que muchos pueden compartir) cualquier forma de interrupción de una vida, por el simple hecho de que la persona no quiera seguir viviendo o no se considere la suya una vida digna, situación a la que tal vez se ha llegado, excepto en casos muy contados, por falta de compromiso de la sociedad o de cuidados paliativos adecuados.

Esto son extremos que funcionan por ideologías  rígidas de “conservadurismo” o “progresismo”, y que, en ocasiones, están ligados a grupos de poder económico, político y religioso. Entremedias, hay un sector importante de población menos ideologizada en polaridades, que considera que la vida debe cuidarse a lo largo de toda su trayectoria y que el principio y el fin de la vida van ligados a este cuidado integral y continuo. Y este es el sentido y la ncesidad de una ciencia como la bioética. En cada caso que presenta un dilema ético, se analizan los pros y los contras y al final, se trata de actuar en conciencia.

La bioética, es una ciencia que, a lo largo de su trayectoria ha tenido diversas corrientes y que se va renovando con nuevos descubrimientos científicos,  enriqueciéndose con el debate, la reflexión, el diálogo; que debería que estar siempre orientada por el amor, el respeto y el cuidado a las personas que se ven involucradas y no mediatizada por intereses financieros, lucrativos, o de cualquier tipo de explotación, ni tampoco por  bloques ideológicos, sean o no religiosos.

Es hoy imposible tomar decisiones respecto a la vida en toda su extensión que no presenten algún dilema bioético, cuando se piensa en ese concepto de vida en toda su trayectoria,  en toda su relacionalidad y contexto social, e incluyendo los avances de la ciencia. La maternidad y paternidad responsable ya suponen un dilema bioético al que se enfrentan  una gran parte de las personas, también los católicos.  Pero también lo es comprometerse en que los niños y niñas nacidos tengan techo, educación y sanidad asegurada y que sus  familias puedan llevar una vida digna, o cuidar el medio de todos. Lo es también el que los ancianos no mueran en las residencias sin que les permitan acceso a los hospitales, o que se les nieguen determinadas medicinas o intervenciones, porque durante años se han ido reduciendo los recursos de la sanidad pública o no se dan suficientes  ayudas a la dependencia.

Cuando se produce un reduccionismo y toda la “vida” gira en torno a los derechos de los embriones, sin diferenciar ni siquiera momentos del proceso, o al momento del morir, es mucho más simple tomar decisiones  y se razona “a piñón fijo”.  Por otro lado, en su  vertiente más elaborada y pervertida en el fin de conservar y cuidar la vida, una forma excelente de no reconocer la dignidad y el cuidado de toda vida humana y de no comprometerse en su cuidado y no explotación es formar una “cortina de humo” fijando la atención sólo en los “extremos de la vida” y colocando como enemigos a vencer  a quienes se hacen preguntas éticas que contemplan los diversos casos y situaciones y consideran al ser humano como un ser relacional, en el que hay que cuidar su entorno para que pueda vivir con dignidad y gozo.

De hecho, muchos de los que criminalizan a los que abogan por alguna forma concreta y limitada de eutanasia, son los mismos que se lucran teniendo a los ancianos en condiciones indignas en las residencias y que les impiden el acceso una salud pública de calidad  a la que tienen derecho como cualquier ciudadano, aunque ya no sean “productivos”.

Un ejemplo ilustrativo de estas contradicciones y falsa moral en su dramatismo extremo: en la película “La Misión”, los conquistadores, para argumentar que los mal llamados “indios” no tienen alma y que son como animales, para explotarlos y esclavizarlos, argumentan que matan a sus “crías” al nacer. La respuesta – impresionante por lo dolorosa y terrible- de ellos es: “cierto, sólo podemos dejar vivir a la criatura que podemos cargar en los brazos para huir cuando ustedes nos persiguen”. Se produce la terrible paradoja de que para preservar la vida de la especie, aquellos indígenas se veían obligados a cometer infanticidio. Y quienes les criticaban y demonizaban eran causa directa de la situación. Posteriormente, se ve en la película y se sabe por la historia como muchos de los conquistadores, católicos o no, no tienen escrúpulos en someter, esclavizar o matar a los indígenas, hombres, mujeres y niños, ni en devastar su entorno natural, que es su medio de vida. ¿Ignorancia? ¿Hipocres
 ía? Lo más constatable: utilización y explotación criminal en beneficio propio. Y la ideología sustentando esas relaciones de explotación.

¡¡Cuántos paralelismos podríamos encontrar en las sociedades de hoy con este relato  que resulta ser una especie de parábola!!

Pasando ahora a dos cuestiones concretas:

Una persona nos ha preguntado si había algo de cierto en las dos noticias que publicábamos en otro día.

¿Qué hay de verdad  histórica en la relación entre vacunas y fetos abortados  y qué dijo la Iglesia en su momento? Por el momento, he encontrado un interesante artículo que parece bien documentado sobre vacunas anteriores y que da cuenta de la complejidad de los problemas éticos que se presentan en cualquier investigación.

Como es muy largo el artículo sólo diré lo siguiente para resumir. Entre las diversas líneas de investigación que se utilizan y se utilizaron con las últimas vacunas  de nuestra historia reciente, alguna de ellas, en casos contados y ante limitaciones de otras investigaciones, echó mano con los debidos permisos de algún feto abortado legalmente. Esto se hizo sólo en un momento de la investigación, para probar una reacción en tejidos  (o sea, no se fabricaron vacunas con fetos)  y los resultados y conclusiones sirvieron para salvar muchas vidas, entre ellas, las de miles niños y mujeres embarazadas.

¿Se puede afirmar desde aquí que las vacunas para esta forma concreta del coronavirus se vayan a fabricar con fetos abortados? En absoluto. Es un bulo y como tal debe ser tratado.

También alguien  ha preguntado por lo del supuesto chip que se incluye en la vacuna.

Pensar en eso, tan desnortado y falta de fundamento científico, de que se puede introducir un chip con un líquido y seguirle la pista a todo el mundo, serviría de argumento para cualquier película de ciencia ficción. Lo malo es que una noticia absurda se encuentra con los temores hasta cierto punto fundados de muchas personas a ser controlados; y ese temor difuso, unido a la falta de conocimiento científico es un caldo de cultivo para que estos bulos prosperen y algunas personas puedan rechazar vacunarse, con el consiguiente riesgo para ellas mismas y para la sociedad.

Cada cual puede tener sus temores y, si a algunos les parece, por ejemplo, que Facebook o Whatsap no respetan su privacidad, puede buscar medios alternativos para comunicarse. Nadie nos obliga a utilizar determinadas aplicaciones del móvil si desconfiamos de ellas, salvo que se impusieran para controles de salud con las debidas garantías para los derechos humanos y la privacidad. Pero cualquier acusación hay que demostrarla y no dejarse llevar por bulos que conectan bien con nuestros miedos. 
Incluso, si nuestros miedos se fueran exagerando y nos sintiéramos perseguidos de una forma que no corresponde a una situación real y demostrable, ha llegado la hora de recurrir a un especialista, porque el miedo impide la vida.

Desde luego, que nos vayan a meter un chip con la vacuna, es de lo más surrealista que hemos escuchado últimamente de alguien con un cargo público y se supone que con amplia formación.  Y ya lo de acusar a personas concretas de ser el Anticristo sería de juzgado de guardia, porque puede incitar al odio y al fanatismo, pero en este caso, parece de juzgado de la Edad Media.

Sigámonos formando y formando a nuestros grupos en el conocimiento, también  en el científico  y en el amor a los otros concretos y a sus vidas, porque la ignorancia, el miedo y el individualismo,  son  los mejores  caldos de cultivo para que triunfen las sectas,  los sectarismos y el odio al diferente; y muy especialmente en tiempos de crisis graves como la que estamos viviendo.

Para cuestiones sobre bioética puede ayudar , como un recurso entre otros leer a Juan Masiá s. j., que, aparte de su trabajo en bioética en japón y de varios libros publicados, tiene un blog en Religión Digital, al que cualquiera puede acceder  y algunas de sus consideraciones nos puede ayudar en la reflexión y apertura de miras.

Un abrazo fraterno, deseandonos todos que el Amor del Hijo, la Fuerza del Padre y la Sabiduría del Espíritu  rompan las barreras de nuestros miedos.

Emilia Robles

   
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