VII ENCUENTRO DE REDES CRISTIANAS
23 y 24 de octubre de 2021

 

No cuento ningún secreto. Lo que digo aquí es bien conocido. El papa Juan Pablo I murió de repente y no se sabe por qué murió. Dicen que quería reformar las finanzas del Vaticano. Por aquellos años, se supo el escándalo del Banco Ambrosiano: el obispo Marzinkus, buscado por la justicia italiana; y el presidente del Banco, Calvi, ahorcado una noche en un puente del Támesis en Londres. En 1983, en los años de la guerra fría, la Conferencia Episcopal de EE.UU. publicó un importante documento sobre la paz y el desarme. Pero en aquel documento no se decía nada sobre las armas nucleares.

Yo estuve, en junio de aquel año, en Nueva York. Uno de los obispos auxiliares de la diócesis me contó que, en la redacción de aquel excelente escrito, se rechazaba la bomba atómica y se condenaban las pruebas nucleares. Pero el asunto llegó a la Casa Blanca. Y el presidente Reagan pasó una nota a los obispos en la que se les decía que, si se publicaba la condena de las armas atómicas, la administración americana se vería en la obligación de suprimir la exención de impuestos de que goza la Iglesia en EE.UU.. Los obispos tacharon en su escrito lo de las bombas atómicas .Años después, cuando el presiente Chirac ordenó hacer las últimas pruebas nucleares en el Pacífico, la Conferencia Episcopal Francesa se reunió en Lourdes y discutió si decir algo. Pero no dijo nada. Fue entonces cuando el obispo J. Gaillot se salió de la reunión y explicó a los periodistas por qué se había salido. Poco después, llamaron a Gaillot a Roma, lo quitaron de la diócesis de Evreux y lo nombraron obispo de Partenia, una diócesis que existió, en el s. IV, en el desierto de Túnez.

Uno de los periodistas del Watergate, K. Berstein, hizo (en los años 80) una investigación sobre las relaciones entre el Vaticano y la Casa Blanca. Y sacó a relucir lo que allí se trató: la administración Reagan dio varios millones de dólares al sindicato Solidaridad, de Polonia, a cambio de la información que el Vaticano proporcionó a la CIA sobre los obispos y sacerdotes en Centroamérica. En España se habla del dinero que el Estado da a la Iglesia cada año. Hay quienes piden que le dé menos, pero los obispos quieren más. Porque lo necesitan para mantener a los sacerdotes y sus obras apostólicas. Es lógico. Pero la Iglesia debería, como todas las instituciones públicas, dar cuenta cada año del dinero que ingresa y en qué lo gasta. Como debería evitar que ocurran, en diócesis y conventos, asuntos tan turbios como lo de Gescartera.

Recordando todo esto, he leído una fábula de mi amigo, el “Cuervo ingenuo”. Dice así: “Un rebaño de ovejas fieles alcanzó un grado elevado de cabreo, porque todos los pastores se convertían enseguida en ganaderos y, en vez de salir al campo con ellas y llamarlas por sus nombres, se pasaban el día mirando en el ordenador las cotizaciones de la carne. Reunidas en asamblea ilegal, decidieron vivir sin pastores, y cuando salían al campo, dejaban que fueran delante las ovejas negras, aunque no siempre, no les fuera a crecer un cayado entre las patas”.

Yo no pido tanto como el “Cuervo ingenuo”. Porque pienso que en la Iglesia tiene que haber obispos. Eso es cosa de fe, contra la que no puedo estar, si quiero seguir en la Iglesia. Y quiero seguir y morir en ella. Pero también quiero vivir el Evangelio, que está antes que la Iglesia y sus obispos. Según el Evangelio, Jesús se relacionó con sus discípulos, no desde la “potestad”, que exige “obediencia”, sino desde la “ejemplaridad”, que se traduce en “seguimiento”. El Evangelio no entiende la autoridad como la entienden los obispos. Lo mismo que en el Evangelio, en la Iglesia no puede haber más autoridad que la que brota de la ejemplaridad. Ningún obispo puede pretender ser más que Jesús, que primero dio ejemplo, lavando los pies, y luego dijo: “Haced lo que yo he hecho”. Yo quiero que haya obispos. Pero obispos que se limiten a decirle a la gente: “haced lo que yo hago y vivid como yo vivo”. Es lo que enseña el Evangelio. Por eso, Jesús prohibió a los apóstoles gobernar como gobiernan los “jefes de las naciones”, imponiéndose y dominando. Jesús dijo que eso ¡jamás!

En lo del dinero, el Evangelio prohíbe a los apóstoles llevar oro, plata o calderilla. Ni siquiera alforja o bastón para el camino. Ni dos túnicas o sea, andar con lo puesto. ¿Por qué se les saca tanto partido a algunas palabras de Jesús, como aquello de que “tu eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia”, mientras que a las palabras sobre el dinero se las arrumba tranquilamente? En esto no cuadran las cuentas de la Iglesia.

Pero, entonces, ¿de qué van a vivir los clérigos? Del jornal que ganen con un trabajo civil. ¿Y los que se jubilan? De su pensión, como todo el mundo. ¿Y cómo mantener las obras apostólicas de la Iglesia? Que los cristianos, que se benefician de esas obras, las costeen, si es que les interesan. Así, los obispos no tendrían más autoridad que la que brota de su ejemplaridad. Y les seguiría la gente que siguió a Jesús. Porque Jesús no daba órdenes, ni condenaba a nadie. Menos aún pretendió firmar acuerdos económicos con Herodes y Pilatos. Jesús daba ejemplo, iba por delante con su forma de vivir. Y eso es lo que le daba sentido a la vida de la gente. Como es lo que la gente espera de la Iglesia. Una Iglesia así, tendría menos poder y menos privilegios, pero más credibilidad que la que dan los acuerdos políticos o la imagen anacrónica de las reverencias, los primeros puestos y las largas túnicas con adornos y bordados de otros tiempos. Si el Evangelio prohíbe todo eso, por algo será.

   
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