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Cualquier tiempo nos regala ejemplos para amar o repudiar. Como las rosas, con su belleza y sus espinas. Con los idus de Marzo empezamos a caernos de un caballo que creíamos tener bien domado. Las insignificancias no eran insignificantes. Los momentos fugaces eran picos de inmensas y ocultas montañas. Las granzas eran tan importantes como los granos. Un fragmento de vida podía justificar una vida entera. Una brizna de delicadeza podía provocar volcanes de agradecimiento en otros seres humanos.

Un día de confinamiento descubrimos que la felicidad estaba en nuestras manos, las manos que siempre habíamos visto repletas de “maravillosas” cosas vacías. Y que los gozos más auténticos no costaban dinero, del mismo modo que lo útil no era sólo lo que produce ganancias.
Y supimos que nuestros miedos anteriores no eran miedos justificados. Que el miedo a no tener, a no poseer, a no poder aparentar, devenía en ramo de simples ajaspajas al lado del miedo a la muerte propia o la de algún ser querido.

Y aprendimos que las sobras no merecen ese nombre si hay gente que podría vivir de ellas. Y que lo cristiano, si es que no convertimos lo sobrante en basura, es repartir lo que se tiene, no lo que nos sobra.
Y tuvimos ojos para rescatar la importancia de los detalles que antes bailaban a nuestro alrededor, huérfanos de atenciones.
Y quisimos más y mejor a quienes amábamos. Y nos reconocimos amados por quienes un día dejamos abandonados en el grupo de los inadvertidos.

Y acostumbramos a nuestras conciencias a entender que hacer el bien nos hacía estar bien.
Y descubrimos que los voluntarios, los ayudadores. los desprendidos, los generosos, los buenos y casi anónimos profesionales, los sacrificados por los demás, habían ocupado el espacio de admiración que habíamos tenido destinado a otros adinerados famosos, tan arquetípicos, tan prescindibles.

Pero en este insólito camino de dolor la maldad no ha descansado. Ni la artera estupidez. Podemos hacer una taxonomía de comportamientos reprobables que se han ido sucediendo para ir dejando en evidencia la parte más astrosa de la condición humana.
Hemos visto a tenaces buscadores de chivos expiatorios, porque llevan el estigma autoexculpatorio de su propia responsabilidad grabado en la frente.
Y a profesionales de la calumnia que se han inventado mentiras atroces (o se han hecho eco interesado de otras) sobre aspectos tan sensibles como los que tienen que ver con la vida y la muerte, sin recapacitar un instante sobre el dolor que podrían producir en gente “amiedada” o enferma.

Y a pesimistas odiosos, pájaros de mal agüero empeñados en reventar el futuro, dispuestos a negar una brizna de esperanza a la posibilidad de ganar una batalla a la angustia y, cuando menos, a la esquiva utopía.
Y a exquisitos y superferolíticos mequetrefes que no han querido pisar el barro de la brega cotidiana ni aceptado una broma aliviadora de la pesadumbre que nos iba royendo día a día.

Y a sabihondos de tres al cuarto, “todólogos” ilustrados, “sesudos analistas”, que se han puesto por encima de profesionales acrisolados para juzgar actos médicos, científicos, políticos, administrativos, para criticar de modo grosero, unas veces, u ofrecer fórmulas mágicas garbanceras y ramplonas, otras.
Y a meapilas al paño, que hacen buena la conocida “Ley de las preferencias invertidas”, característica de algunos (no generalizo) creyentes que asumen que Dios coincide con sus actos, ritos, oraciones, pero no son capaces de aplicarse y hacer aplicar con activo y eficaz compromiso el mensaje de amor y caridad del Evangelio.

Y a morbosos mendaces que se inventan fallecidos no fallecidos, o exageran síntomas alarmantes de quienes los padecen levemente o no los padecen. Y disfrutan con ello. Y me hacen recordar la frase de Mefistófeles en el “Fausto” de Goethe: “¡Ah, todo va magníficamente mal sobre la tierra!”.
Y a transgresores compulsivos que incumplen las normas establecidas en aras del bien común, aun conociendo los perjuicios que pueden sufrir ellos o hacer sufrir a los demás. Una vez leí en Twitter: “España es un señor dando de comer a los patos, apoyado en el cartel de `Prohibido dar de comer a los patos´, quejándose de lo gordos que están los patos.”

Y a beligerantes ensuciadores de la política en épocas poco adecuadas, ejemplos vivos de las retóricas de la intransigencia, de la crispación. Si Catón resucitara volvería a escribir que “la primera virtud es la de frenar la lengua, y es casi un dios quien no teniendo razón sabe callarse”. Lo triste es que hay demasiado personal que piensa que las ceremonias electorales más productivas son las de la confusión, y que, sin audiencia, sin espectadores, no hay circo.

En fin… Leí en internet que “estamos en la misma tempestad, pero no en el mismo barco.”. Pues qué pena, ¿no?
Saldremos de la cueva. Encararemos nuestras rutinas de siempre conviviendo con el profundo dolor por los que nos dejaron, y con la alegría de podernos saber protagonistas del nuevo tiempo. Sería lamentable que no hubiéramos aprendido nada tras la cura de humildad que nos ha inoculado este coronavirus asesino. Pero sería más deplorable que la insidia y la mala sangre de los sembradores de cizaña siguieran haciendo mella en nuestras vidas. E infinitamente más odioso aún que, parafraseando el refrán, continúen “comiéndose la merienda y defecando en el morral” los oportunistas sin alma.
Yo me apuntaré a la fraternidad, a la compasión, al humanismo y a la crítica contrastada, rigurosa, objetiva y constructiva.

   
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