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A muchas cosas malas se las suele llamar con nombres acomplejados, suaves, que no molesten… El resultado, muchas veces parece que buscado, es que quienes las ejecutan toleran las denominaciones «serias» (en el mal sentido de la palabra), como algo que ya forma parte de la normalidad de su actuación. La crítica suave es bien aceptada como formando parte del «juego» de su vida.

¿Cómo se deben llamar, las malas acciones, las injusticias…? Pues, si son blandas se pueden llamar con formas blandas, pero si son graves… Es muy corriente que injusticias graves, que causan mucho daño, se señalen de forma tolerante, sobre todo si quienes las cometen son gente importante…
¿Cómo se debieran llamar, las injusticias graves? Veamos cómo las llamaban los profetas bíblicos, esos olvidados y desconocidos.

Profeta Amós:
/ Venden a los inocentes / a cambio de dinero, / y a los pobres, / por un par de sandalias. / Pisan la cabeza de los desvalidos / y destrozan la vida de los humildes.
/ Pisáis a los débiles / y les quitáis su parte de grano. / Por eso no habitaréis / las lujosas casas que habéis construido / ni beberéis el vino / de las viñas selectas / que habéis plantado.
¡Escuchad esto, / quienes engullís a los pobres / hasta el punto de exterminar / a los desvalidos del país!
Profeta Isaías:
¡Ay de quienes hacen leyes injustas / y promulgan decretos opresores! / Niegan la justicia a los débiles, / roban el derecho a los pobres de mi pueblo; / las viudas son su botín / expolian a los huérfanos.

Profeta Miqueas:
…abusando del poder / que tienen en las manos! / Si desean campos, los roban; / si quieren casas, las toman; / extorsionan al cabeza de familia / y a la familia toda, / le arrebatan lo heredado. / Por eso dice el Señor: / También yo, mala gente, / tengo planes contra vosotros; / será un yugo / que no os sacaré de encima…
Pues sólo sabéis odiar el bien y querer el mal: / arrancáis la piel del cuerpo y la carne de los huesos. / Pero nadie de quienes devoran la carne de mi pueblo, / (…) a ninguno de estos / el Señor responderá / cuando grite auxilio. / Son unos criminales / y él les esconderá la cara.

/ Los ricos de esta ciudad / son unos explotadores, / sus habitantes hablan con engaño, / de su lengua / no salen más que mentiras.
Profeta Jeremías:
Pero vosotros os fiais de palabras engañosas que no sirven de nada. Robáis, matáis, cometéis adulterio, juráis en falso, quemáis incienso a Baal, seguís otros dioses que nunca habíais conocido, y después venís a presentaros delante de mí, en este templo que lleva mi nombre. ¿Pensáis que esto os salvará y que podréis continuar cometiendo cosas tan abominables? Este templo que lleva mi nombre, ¿creéis que es una cueva de ladrones? ¡Pues sí, esto es lo que yo veo! Lo digo yo, el Señor.

Rey de Judá, que te sientas en el trono de David (…) / Esto dice el Señor: / Defended el derecho y la justicia, / arrancad al oprimido de manos del opresor, / no maltratéis ni injuriéis al inmigrante, / al huérfano o a la viuda, / ni derraméis sangre inocente en esta ciudad. (…) / Pero si no hacéis caso de mis palabras, / este palacio se convertirá en una ruina. / Lo juro por mí mismo, yo, el Señor.

¡Así se deben denominar las injusticias graves! Como lo que son.
¿Cuándo un dirigente de la Iglesia ha hablado en este tono?
Dos veces:
Un grupo de hombres opulentos y riquísimos han puesto sobre la multitud innombrable de proletarios un yugo que poca diferencia se lleva con el de los esclavos (papa León XIII, 1891).

Los derechos del trabajo han sido pisoteados (papa Francisco, 1º de Mayo reciente).
Y ahora, compas, la pregunta del millón. ¿Por qué creéis que nuestros profetas han sido apartados, reducidos al silencio, hasta el punto de desconocerlos?
¿Acaso los dirigentes eclesiásticos han considerado que esa forma de decir las cosas era maleducada, soez, poco conveniente para una convivencia de personas cultas?
Antoni Ferret

   
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