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Yo, que siempre me había mofado del apocalipsis, ahora resulta que va a ser una realidad, pero no por culpa de los dioses, sino de los hombres. Ver el planeta salpicado de incendios devastadores, derretirse los glaciares como cubitos de hielo, destruir selvas determinantes para la producción de oxigeno y ciclos del agua, aumentar la temperatura por las emisiones de gases de efecto invernadero, convertir mares y ríos en cloacas y la tierra en un basurero envenenado le hace a uno visualizar un final catastrófico.

Llámenme catastrofista si quieren, pero hacer caso omiso de esta realidad está más cerca de la temeridad que de la sensatez. El mundo desarrollado no está dispuesto a decrecer, a perder un ápice de bienestar ni a renunciar a innumerables excesos y caprichos. Este es el resultado de una mentalidad endiablada de deseos, producción y consumo. Este es un camino sin retorno que inexorablemente nos conducirá al abismo. Esta es la condición humana. Estas la consecuencias provocadas por una especie tan inteligente como estúpida.

/ Antoñán del Valle (León)

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