VII ENCUENTRO DE REDES CRISTIANAS
23 y 24 de octubre de 2021

 

Enviado a la página web de Redes Cristianas

El celibato no necesita el artilugio de la “santificación”
Aunque cada vez con menos frecuencia, aún se emplea en este siglo 21 el tratamiento de “padre” y “madre” aplicado a sacerdotes y monjas respectivamente. Por otra parte, se afirma, y en la profesión de novicias se pondera, que las religiosas son “esposas de Cristo”. De hecho se les entrega el “anillo de desposadas”. Entre el vulgo está extendido el dicho de que las monjas no tienen marido porque se casan con Jesucristo. También corre la voz de que los curas están casados con la Iglesia.

¿Vox populi, vox Dei? La primera apreciación que se me ocurre en este momento sobre tales investiduras es el sutil comentario de un colega tras asistir a la profesión de su hija en una orden religiosa: “Me siento orgulloso y halagado de tener por yerno al mismísimo Cristo y como consuegro al Padre Eterno”. (Por suerte o por imposibilidad ontológica, las “esposas de Cristo” no gozan de suegra divina. ¿Cómo habrían valorado los recientes comentarios de Francisco sobre el asunto suegras vs nueras?) En lo que a mí respecta, no me cabe en la cabeza la presunta “poligamia de Cristo”. Tal inverosímil contingencia hace crujir mis neuronas.

En psicología se formula este postulado: “Lo que no se mentaliza se somatiza”. Tal máxima viene a sugerir que el cuerpo es el campo de batalla de nuestras emociones, o sea, que las células de nuestro organismo obedecen a la psique desarrollando lo que llamaríamos mecanismos de alarma. Según los psicólogos, la mentalización es una forma de actividad de la mente que nos permite percibir e interpretar nuestro propio comportamiento, intenciones, deseos, creencias, necesidades, sentimientos, etc., en términos de “estados mentales”. A través de la somatización, “el cuerpo exterioriza la tensión emocional que no es capaz de liberar”. En resumen, que la mente y el cuerpo están mucho más estrechamente ligados de lo que suele pensarse.

Tomando como base el postulado psicológico citado, he deducido otro principio, que me ha servido como titular de mi reflexión: “Lo que no se somatiza se espiritualiza”. Se podría resumir diciendo que los sentimientos, emociones o impulsos instintivos que el cuerpo no puede consumar, por las razones que sean, los enaltecemos y sublimamos dotándolos de “realidad espiritual”. El mejor ejemplo lo encontramos en el “Cantar de los cantares”, poema erótico sublimado al rango de alegoría de las bodas de Cristo con la Iglesia o la unidad mística del alma con Dios. Estas manifestaciones las apreciamos también en los místicos.

Para los místicos, la experiencia del alma, con su “hambre y sed de Dios”, está fundamentada en una vehemencia sensible, corporal. “Su sutileza consiste en llevarla más allá, a través de ‘fenómenos’ que corren el riesgo de ser considerados como la ‘cosa’ misma”. Y es que la “realidad espiritual” es una expresión contradictoria “per se”. O es real o es espiritual. ¿Qué puede suscitar, por ejemplo, la “comunión espiritual”, tan recomendada durante la fase dura de la pandemia? Solamente sugestión, mero placebo.

Descendiendo a lo concreto.

– La Iglesia, en su estricto narcisismo idealista ha exaltado y sacralizado el celibato y la virginidad: «La santa virginidad es más excelente que el matrimonio» (Pío XII: Sacra Virginitas). Esta desafortunada exaltación papal del celibato y la virginidad viene a desnaturalizar la dignidad del matrimonio (lo más lamentable es que lo hace con argumentos “divinos”). La imagen de la «unión conyugal» de Dios con su pueblo está presente en todos los profetas; y este amor llega a su plenitud en la alegoría de las «bodas de Cristo con la Iglesia». No puede existir, pues, contradicción más incoherente y absurda que la supremacía del celibato, simple norma, sobre el matrimonio, signo sacramental.

– Cuando se habla de “esposas de Cristo” o cuando se sublima el celibato como “identificación con Cristo”, se está formulando una ambición inalcanzable. Se está “espiritualizando” un anhelo instintivo, una tendencia innata que está prohibida (o no se debe) “somatizar”. Por eso se “mistifica”, en el doble sentido del vocablo: “experiencia de lo divino” y “falseamiento” (DRAE). Y todo por resistirse a admitir la realidad. ¿Qué puede significar en rigor estar casada con Jesús? ¿Es algo real? (¿No será más real el hecho de pasar de ser “esposas de Cristo” a “ser siervas y criadas de los “Cristos” episcopales?)

¿Qué puede significar en realidad que el “celibato identifica a los sacerdotes con Cristo”? ¿Qué decir, entonces, de tantas personas, hombres y mujeres, creyentes o ateos, que en su proyecto de vida no han optado por el matrimonio, que viven responsablemente su soltería? El “amor platónico”, idealizado, no existe. El amor “esponsal” no puede darse sin la “fusión del eros y la psique”. La psique se somatiza en el eros. Y el eros se funde en la psique.

– No quisiera dar la sensación de que desmiento el “misticismo”. Las experiencias místicas son intensas vivencias psíquicas personales que no se pueden negar. El propósito de mi reflexión es sugerir que no se aplican con corrección los nombres a las cosas, sino que se acomodan a pretenciosas intenciones. El vocabulario y la explicación que usa la Iglesia para ponderar ciertos estados de vida religiosa vienen a disfrazar y camuflar innatos impulsos o estados de ánimo constituyentes de la naturaleza humana.

– El celibato no necesita el artilugio de la “santificación” que justifique imponerlo como condición “sine qua non” para los ministerios.

. Hay quienes lo asumen fielmente, lo realzan y lo “espiritualizan”; no lo “somatizan” porque no pueden, no deben.

. También hay quienes lo soportan resignadamente, aunque consideran la imposición un abuso de autoridad, un acto de dominación inhumano y antinatural. Y como no lo “mentalizan”, lo “somatizan” en personales desahogos corporales, en íntimas relaciones clandestinas o en “criminales” abusos sexuales.

. Un tercer grupo, coherentes con su vida y su humana naturaleza, han decidido con libertad y sensatez revocar su celibato y optar por el sacramento del matrimonio. Consideran que, con la imposición y consiguiente exaltación del celibato, la Iglesia coarta las conciencias, domina a las personas y se opone a la ley natural y de Dios, que dijo: “no es bueno que el hombre esté solo”. Y tampoco necesitan de exaltaciones ni eufemismos sacrosantos. Bien duro lo tuvieron que pagar. Tener que renunciar a su vocación al ministerio sacerdotal y verse relegados y marginados.

Opino que la Iglesia debe reconsiderar sus presupuestos teológicos y su sagrado vocabulario estático y enajenante, rechazar su endiosada “realidad espiritual” y aceptar humildemente la indiscutible “realidad humana”.

   
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