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“El Papa tampoco parece enterarse”
Eso dice un comentario en mi post “Los cristianos de hoy necesitan la Forma C del sacramento de la Penitencia (III)” /2018/04/13/p412994. (IP: 148.56.33.218, 148.56.33.218). Url: Comentario:
“Perfecto planteamiento y saludable proposición. Los cristianos de hoy se lo agradecemos. Es una pena que las autoridades “eclesiásticas” no se lo planteen seriamente, y de una vez… Siguen aferrados a la mentalidad tridentina sin matices evolutivos… Muchas gracias, de nuevo, en nombre de muchos… El Papa, tampoco parece enterarse. Agustín Rodríguez”.

Un sacerdote en activo lo agradece por email

“Muchas gracias por tus artículos de Penitencia. Los acabo de ver y me parecen muy interesantes. Soy de esa linea, pero los compañeros que tengo alrededor….Tú adelante. Soy sacerdote de… en Cantabria. Un saludo…” (24.04.2018).

Le contesto: “Gracias a ti. Creo importante que los seglares los lean y los reflexionen. La evolución y los cambios en la Iglesia no vendrán de arriba… No dejes de aportar tu pensamiento. Bueno será que lo hagas también en los comentarios en RD. Un abrazo, Rufo González (25.04.2018).

El Papa se entera en teoría, pero en la práctica sigue la ley

Comparto lo que escribía hace años Hans Küng sobre “poder de Pedro y servicio de Pedro”:

“Este servicio depende más que ninguno otro de la gracia del Señor. Y también tiene derecho a esperar de sus hermanos mucho más de lo que a menudo se le da y de nada 1e sirve: de nada le sirve la sumisión servil, la devoción acrítica, la divinización sentimental; lo que necesita es plegaria cotidiana, colaboración leal, crítica constructiva y amor sin hipocresía” (Ser cristiano. Ediciones Cristiandad. Madrid 1977, pág. 632-639).

Creo que el Papa necesita que Pablo le siga reprendiendo. “Cuando vi que no procedía rectamente según la verdad del Evangelio, le dije a Cefas delante de todos: `si tú, siendo judío, vives como gentil y no como judío, ¿cómo obligas a los gentiles a vivir al modo judío?´” (Gál 2, 14). Esta es la tragedia del Papa actual: predica el Evangelio, pero no cambia leyes contra la libertad evangélica. Critica el clericalismo, pero no cambia la ley que da todo el poder al clero. Visita a los sacerdotes casados (cosa de muy pocos obispos), pero no quita la ley que impide ejercer el ministerio… Lean su homilia de la Penitencia en la basílica de San Pedro. Brilla el amor gratuito del Padre. Pero en su actuación sigue la ley eclesial, no la evangélica: “La ceremonia constó de dos partes… La liturgia de la Palabra, con la homilía correspondiente del Papa; la confesión y absolución individual, en la que un ‘ejército’ de sacerdotes entre ellos el mismo Francisco, escucharon los pecados de miles de fieles” (Crónica de Jesús Bastante, 09 de marzo de 2018 a las 17:44 en RD).

Homilía del Papa Francisco

“Queridos hermanos y hermanas. Cuánta alegría y consuelo nos dan las palabras de san Juan que hemos escuchado: es tal el amor que Dios nos tiene, que nos hizo sus hijos, y, cuando podamos verlo cara a cara, descubriremos aún más la grandeza de su amor (cf. 1 Jn 3,1-10.19-22)… El amor de Dios es siempre más grande de lo que podemos imaginar, y se extiende incluso más allá de cualquier pecado que nuestra conciencia pueda reprocharnos. Es un amor que no conoce límites ni fronteras; no tiene esos obstáculos que nosotros, por el contrario, solemos poner a una persona, por temor a que nos quite nuestra libertad.

Sabemos que la condición de pecado tiene como consecuencia el alejamiento de Dios. De hecho, el pecado es una de las maneras con que nosotros nos alejamos de Él. Pero esto no significa que él se aleje de nosotros. La condición de debilidad y confusión en la que el pecado nos sitúa, constituye una razón más para que Dios permanezca cerca de nosotros. Esta certeza debe acompañarnos en la vida siempre. Las palabras del Apóstol son un motivo que impulsa a nuestro corazón a tener una fe inquebrantable en el amor del Padre: “En caso de que nos condene nuestro corazón, [pues] Dios es mayor que nuestro corazón” (v. 20). Su gracia continúa trabajando en nosotros para fortalecer cada vez más la esperanza de que nunca seremos privados de su amor, a pesar de cualquier pecado que hayamos cometido, rechazando su presencia en nuestras vidas. Esta esperanza es la que nos empuja a tomar conciencia de la desorientación que a menudo se apodera de nuestra vida, como le sucedió a Pedro, en el pasaje del Evangelio que hemos escuchado: “Y enseguida cantó un gallo. Pedro se acordó de aquellas palabras de Jesús: `Antes de que cante el gallo me negarás tres veces´. Saliendo afuera, lloró amargamente” (Mt 26,74-75)…

El canto del gallo sorprende a un hombre que todavía está confundido, después recuerda las palabras de Jesús y por último se rompe el velo, y Pedro comienza a vislumbrar, a través de las lágrimas, que Dios se revela en ese Cristo abofeteado, insultado, renegado por él, pero que va a morir por él. Pedro, que habría querido morir por Jesús, comprende ahora que debe dejar que muera por él. Pedro quería enseñar a su Maestro, quería adelantársele, en cambio, es Jesús quien va a morir por Pedro; y esto Pedro… no lo había querido entender. Pedro se encuentra ahora con la caridad del Señor y entiende por fin que él lo ama y le pide que se deje amar. Pedro se da cuenta de que siempre se había negado a dejarse amar, a dejarse salvar plenamente por Jesús y, por lo tanto, no quería que Jesús lo amara totalmente.

¡Qué difícil es dejarse amar verdaderamente! Siempre nos gustaría que algo de nosotros no esté obligado a la gratitud, cuando en realidad estamos en deuda por todo, porque Dios es el primero y nos salva completamente, con amor. Pidamos ahora al Señor la gracia de conocer la grandeza de su amor, que borra todos nuestros pecados…”.

La disciplina clerical impone “límites y fronteras al amor de Dios”

El Papa proclama la verdad del amor de Dios: “es un amor que no conoce límites ni fronteras”. Pero “no procede rectamente según la verdad del Evangelio”. Actúa y “obliga” a actuar según una ley que impide que ese amor llegue a muchos cristianos arrepentidos. Tienen que cumplir el Código de Derecho Canónico (detallar número y especie de cada uno de sus pecados graves) si quieren recibir el amor del Padre. Como el evangelio no dice tal cosa, los clérigos lo justifican diciendo que así lo ha entendido e interpretado la Iglesia. Y la Iglesia son ellos. El pueblo creyente no tiene ni voz ni voto para interpretar y entender el sentido de la fe. “Así hay un doble juego muy inteligente: lo que ustedes predican es el evangelio, pero lo que rige la Iglesia es el derecho canónico, el derecho más despótico que haya elaborado sociedad alguna… Cristo es la paz, la Iglesia la violencia. Cristo es la libertad, la Iglesia la dictadura” (J. L. Martín Descalzo en “Lobos, perros y corderos” Ediciones Destino 1978 Barcelona. Pág. 216-217)

“¡Qué difícil es dejarse amar verdaderamente!”

Obrando contra la conciencia, haciéndonos daño a nosotros o a otros, “nos alejamos de Él. Pero esto no significa que él se aleje de nosotros”, dice el Papa. Si Dios nos sigue amando, una ley eclesial, que violenta la intimidad personal e inalienable, no puede impedir que nos acerquemos al amor del Padre. La mayoría cristiana piensa que la Iglesia no tiene autoridad para exigir la manifestación de la interioridad profunda. No lo hizo Jesús. Los creyentes actuales pueden tener fe y humildad. No desprecian el sacramento del perdón. Creen intolerable la exigencia de abrir su intimidad a otra persona. “No es verdad que el Señor constituyera la confesión íntegra de los pecados. Jesucristo no ordenó sacerdotes ‘como presidentes y jueces´, ni siquiera `a modo de´ (`ad instar´) presidentes y jueces (DH 1679). Por tanto, en la Iglesia debe prevalecer la posibilidad real de que cada cual le pida perdón a Dios y pacifique su conciencia como más le ayude” (JM. Castillo: “La religión de Jesús”. Desclée de Brouwer. Bilbao 2015, p. 364). La comunidad cristiana debería reconciliar como lo hacía Jesús: haciéndonos conscientes del alejamiento, llamando a la conversión, invitando a la sinceridad del arrepentimiento, comunicando que el Padre nos perdona siempre que “nos dejemos amar verdaderamente”. “La grandeza de su amor, que borra todos nuestros pecados”, se percibe más en la Forma C, que en las otras dos. ¿Por qué no se deja en libertad para que cada cristiano elija la forma que considere más positiva para él?

Leganés (Madrid)

   
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