VII ENCUENTRO DE REDES CRISTIANAS
23 y 24 de octubre de 2021

 

Enviado a la página web de Redes Cristianas

Fuente: El País
En los sectores marginales de las grandes urbes argentinas, acorraladas por el narcotráfico, un grupo de párrocos trabaja con las comunidades poniendo el foco en la rehabilitación para ayudar a los más pobres de los pobres
“No nos animamos a decir que somos curas villeros porque es casi una marca registrada (de los curas de las villas de Buenos Aires, en Argentina), pero me encantaría que me llamaran cura villero”. La frase es del cordobés Mariano Oberlin, de 48 años, párroco desde hace 12 de la iglesia Crucifixión de Jesús en barrio Müller, cuyo trabajo pastoral se extiende a barrio Maldonado y a siete villas miseria –Villa Inés, Campo de La Ribera,

El Trébol, Bajada San José, Villa Hermosa, La Barranquita y Los Tinglados– ubicadas en una de las zonas rojas de la Capital de la provincia de Córdoba, la segunda más poblada de Argentina.

Los vecindarios, cercanos a un histórico cementerio, son un apéndice de la ciudad, en la orilla más oscura de un territorio datado en los mapas mentales como tierra de nadie, acorralado por la delincuencia y asfixiado por el hedor de la basura. La revalorización del espacio público en los últimos tiempos ha transformado algunos de los sectores más sombríos, pero parece que aún no alcanza. Sus habitantes coinciden en que cargan con el lastre de habitar un sitio inhabitable en el que hasta la policía, en ocasiones, también estigmatiza, acecha y sospecha.Córdoba no es Buenos Aires, pero a veces se le asemeja.

Los curas villeros de la capital argentina realizan su labor pastoral en asentamientos precarios en terrenos fiscales, que parecen ciudades superpobladas con casas frágiles como el cartón en hileras desordenadas en altura. Son la postal más típica de la pobreza latinoamericana.
En la ciudad de Córdoba, a unos 700 kilómetros de la capital, las villas son más pequeñas pero igual de miserables, pegadas a barrios populares de viviendas chatas apostadas en un sinfín de calles idénticas, con pocos árboles y casi sin espacios de recreación. Por allí transitan los curas obreros, los curas villeros.

Oberlin, hijo de padre desaparecido durante la última dictadura militar, y Pablo Viola, de 42 años, párroco de Jesucristo Salvador del Mundo del barrio Comercial, en la zona sur de la ciudad de Córdoba, son apenas dos de varios sacerdotes del país identificados con la realidad social y política de América Latina, alineados con los curas tercermundistas de los años setenta.

Ahora sin necesidad de rótulos y con el trabajo como estandarte, estos religiosos
descontracturados (“¿Cómo andás, bestia?”, saluda entre risas Pablo a Mariano en una tórrida tarde estival cordobesa) y con cara de buenos, hacen pie en las zonas más olvidadas de las grandes urbes para atender una candente agenda social.

Refugios contra el narcotráfico
En los sectores marginales de la ciudad, la presencia narco se siente en el ambiente. A veces es silenciosa; a veces, densa. Cuando el cura Oberlin plantó bandera en el barrio hace más de una década, después de haber oficiado su labor en zonas más acomodadas de la provincia, se vio obligado a abrir albergues temporales para jóvenes adictos a las drogas abandonados a su suerte, sin un lugar donde vivir y con alto riesgo de morir a la intemperie.

En sus comienzos, la parroquia de Müller ofrecía talleres de carpintería y herrería, pero no era suficiente. “Yo era partidario de no abrir casitas porque decía: ‘Con que vengan a hacer algo distinto está bien; tienen que aprender a pasar por enfrente del narco y decir ‘no’. Pero uno de los chicos me pedía a gritos que abriéramos”, cuenta. Y lo hicieron. Hoy, esas viviendas albergan a 60 residentes.

El sacerdote recuerda que aquel joven que rogaba por ayuda tenía asistencia perfecta a las capacitaciones en oficios, pero a veces regresaba trasnochado. “Le preguntábamos qué había pasado y contaba que el hermano le obligaba a robar porque le decía que no aportaba nada a la economía familiar y que en su casa se vendía droga”, explica el religioso.

El flagelo de el paco
El consumo de sustancias crece de manera sostenida en la Argentina en todos los sectores sociales, con cambios y variaciones durante la pandemia de la covid-19. El último Informe Mundial sobre Drogas 2019 (UNODC – ONU) confirma que la prevalencia del consumo de cocaína aumentó 129% en esta nación sudamericana, en comparación al registro de 2011. Es el país de la región con mayor incremento y con las tasas de consumo más elevadas. A nivel mundial, solo es superada por Montenegro y Albania. Algo similar ocurrió con el cannabis, cuyo aumento fue del 154%.

En los reductos marginales, la cocaína es un lujo de acceso restringido. Se consumen drogas baratas y letales como el paco, un producto elaborado con residuos de clorhidrato de cocaína disueltos en keroseno o gasoil y mezclados con sustancias alcalinas o ácidos como el sulfúrico.
“En todos los sectores hay consumo de drogas, pero en los lugares donde la vida está más o menos resuelta, el problema de consumo es eso y nada más. Pero en estos barrios no tienen dónde hacerse atender ni posibilidades de buscar ayuda”, explica Oberlin. El entorno hace que todo sea más difícil de resolver.

En todos los sectores hay consumo de drogas, pero en estos barrios no tienen dónde hacerse atender ni posibilidades de buscar ayuda

“A uno de los chicos le pregunté una vez qué soñás vos en la vida. Antes, por ahí, decían que querían ser médicos, abogados, pero ahora me dijo: ‘la verdad es que lo que siempre soñé es ser un choro (ladrón) importante porque uno de mis hermanos es policía y está en cana (en la cárcel), el otro es un raterito (ladrón de poca monta) que en cualquier momento lo van a matar’. Ese era su proyecto de vida”, relata el cura. Y se pregunta: “¿Cómo se ayuda a salir de ese círculo?”

Desde el templo lanzaron talleres y conformaron cooperativas de trabajo para limpiar el barrio en coordinación con el municipio. En alianza con otras instituciones y personas colaboran en emprendimientos como la fabricación de eco-ladrillos, de botellas de plástico. Todas las acciones son coordinadas por la Fundación Mundo Müller, que conduce Oberlin.
Su última iniciativa es ofrecer trabajo sostenible en el campo –ganadería y proyectos de desarrollo turístico– a los jóvenes que quieran escapar de una vida sin sueños e iniciar una nueva historia lejos del vecindario.

Comida y vínculos
En los barrios marginales de la Argentina hay pobreza económica y también soledad y
carencias afectivas. El Observatorio de la Deuda Social Argentina de la Universidad Católica Argentina (UCA) indica que en el último trimestre de 2021 la pobreza afectó al 43,8% de la población. Hay 18,4 millones de pobres en el país, de los que seis de cada 10 son niños o adolescentes (64,7%).
“Cuando recién empezamos con el taller de herrería, los chicos hacían cosas y las vendían.
Les iba bien, el profe era piola (agradable), pero igual los pibes dejaban de venir”, explica Oberlin. Algunos detestaban que los llamaran “perros del cura” y, entonces, abandonaban.
“El problema era que terminaban siendo el nerd, el pavotón (tonto) del grupo por estar en la parroquia. Entonces se nos ocurrió usar una Play (Station) que nos habían donado y con un cañón (proyector) organizamos un campeonato en pantalla gigante. Ahí empezaron a venir todos a los talleres. Cuando lográs un vínculo afectivo son más las posibilidades”, confirma el sacerdote.

El cura está convencido que hay que escuchar a la gente pero también animarse a
proponer. Da ejemplos. “Cuando recién empezamos y no había nada, un seminarista iba con un par de amigos a la villa. Llevaban unos pollos, una bolsa de carbón, una parrillita y una gaseosa y se paraban en la esquina donde estaban los chicos dados vuelta (muy drogados).
Se ponían a asar los pollos y cuando estaban listos, les preguntaban si querían una presita.
Habían estado ahí dos o tres días consumiendo, muertos de hambre. A partir de entonces se empezó a generar un vínculo y vinieron los primeros chicos de esa villa”, cuenta Oberlin, con el ruido del ventilador de fondo en el comedor parroquial.

El sacerdote, un excelente narrador que se disculpa a cada rato por irse “por las ramas”, apunta que tiempo después surgió el proyecto Angelelli –Enrique Angelelli fue un obispo católico comprometido con los pobres, asesinado por la última dictadura militar, declarado mártir y beato–, un comedor solidario donde voluntarios y jóvenes residentes de los albergues preparaban y repartían alimentos entre los consumidores de paco.
“Les dejaban comida y los chicos decían: ‘¿Y esto qué es? Ya sabíamos que se había muerto un par porque no comían por efecto de el paco, que no te da hambre, no te da sueño… Por lo menos para que no se murieran… Y ahí empezaron a venir”, explica el cura.

Punto de equilibrio
El padre Pablo Viola cree que las adicciones van hermanadas con la desmotivación. “No son exclusivas de la juventud. Tenemos abuelos que consumen”, ejemplifica. Generaciones familiares de adictos.
Para estar cerca de las necesidades, la parroquia impulsa un centro barrial o un espacio en el que “se recibe la vida como viene”. Allí se intenta atender la complejidad y acompañar. “Las respuestas lineales, en las que el otro lo resuelve todo, me parece que no funcionan.

Sirven para la foto pero no a largo plazo”, reflexiona Viola.
El camino para ayudar es hacer comunidad en los barrios, construir junto con la gente Pablo Viola, párroco de Jesucristo Salvador del Mundo del barrio Comercial (Córdoba, Argentina)
Desde la iglesia tejen redes con instituciones de salud, educativas o sociales y gestionan granjas para acoger a jóvenes con adicciones, donde los internos se acompañan entre sí en un trabajo por parejas.
La pregunta del millón en todos los proyectos es cuál es la mejor manera de colaborar. Para Oberlin es necesaria la ayuda más inmediata, pero opina que es difícil encontrar el punto de equilibrio. “¿Hasta dónde ayudar para sostener y cuánto de esa ayuda se convierte en nociva para el proceso de superación o de desarrollo verdadero’”, se pregunta. Para Viola, el camino es “hacer comunidad” en los barrios, construir junto con la gente.

Proyectos sostenibles
En estos territorios donde la pobreza estructural suele estar enquistada, la generación de empleo genuino es una necesidad urgente. Para explicarlo mejor Oberlin parafrasea al ex presidente Juan Domingo Perón: el trabajo es el gran ordenador de la vida.

“El problema del laburo (trabajo) va mucho más allá de la cuestión económica o del oficio; podés impulsar un emprendimiento sustentable con chicos que sean capaces de sostenerlo, pero si no pueden cumplir horario y ciertos parámetros, se complica. Son cosas que parecen obvias pero hay changos (chicos) que han ido uno o dos años a la primaria y después nunca más. Se les consigue trabajo y lo pierden a las dos semanas; no es que no estén capacitados sino que hay cosas que no tienen incorporadas, que no son naturales sino adquiridas, como aprender a levantarse a un horario”, ejemplifica Oberlin.

Pese a los altibajos, las iniciativas de Mundo Müller no paran. Si se caen, se levantan o se reinventan. La Fundación tejió una alianza con Lucas Recalde, fundador de C3
Construcciones y emprendedor social que construye viviendas sustentables con botellas plásticas con la idea de generar un triple impacto: ambiental (reutilizando material), social (da trabajo y techo a gente con necesidades) y económico (la obra terminada cuesta hasta el 50% menos que una convencional).

“Recalde había hecho experimentos, pero nunca había construido una casa completa por el volumen en cantidad de material. Los chicos empezaron a hacer ladrillos y levantaron la primera casa; aprendieron la técnica y empezamos a construir nosotros también”, relata Oberlin.
Estuve un año tirado en la calle porque tomaba mucha droga y empecé a hacer cosas que no tenía que hacer. Gracias a este lugar pude cambiar mi vida
Sergio Colazo, encargado de Madera Plástica Mundo Müller

Sin embargo, sostener el ritmo fue difícil y hoy se dedican solo a producir materiales. En el mismo predio de Campo La Ribera donde se preparan los ladrillos ecológicos se inauguró en 2020 una fábrica de madera plástica.
Sergio Colazo, de 36 años, es el encargado de Madera Plástica Mundo Müller, que realiza mesas de camping, postes para alambrados y bancos de plaza con material reciclado que donan empresas (tapas de botellas, bidones y zunchos, entre otras cosas). Dirige y ejecuta el proceso de producción después de haberse rehabilitado en una de las casas albergue del padre Oberlin.

“Yo estuve internado por tema de adicciones. Estuve un año tirado en la calle porque tomaba mucha droga y empecé a hacer cosas que no tenía que hacer. Gracias a este lugar pude cambiar mi vida. Me casé, ahora estoy en mi casa con mi señora y mis hijos y estoy trabajando acá porque hice un proceso bueno”, cuenta Colazo.

   
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