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Desde su llegada a la presidencia de Estados Unidos, Donald Trump dejó clara su intención de revertir los acuerdos negociados en el mes de julio de 2015 por el presidente Barack Obama con la República Islámica de Irán relacionados con el programa nuclear desarrollado con ese país. Estos acuerdos fueron alcanzados gracias a la participación de la Federación Rusa, la República Popular China, y representando el interés de la Unión Europea, el Reino Unido de la Gran Bretaña y Alemania. Los acuerdos se conocen como Plan de Acción Integral Conjunto (PAIC). El Plan dispuso que durante los siguientes 15 años la República Islámica de Irán no podría acumular más de 300 kilogramos de uranio enriquecido al 3.67% y que cualquier excedente que produjera, se enviaría a terceros países para ser almacenados, particularmente en la Federación Rusa.

Otro de los logros alcanzados mediante este Pacto fue que Irán se abstendría de desarrollar su potencial y capacidades nucleares con fines armamentistas; mientras que de parte de Estados Unidos y sus aliados, se renunciaba a muchas de las sanciones económicas impuestas contra el primero.

Luego de su firma y de que el Organismo Internacional de Energía Atómica (OIEA) confirmara en enero de 2016 que Irán había cumplido con sus obligaciones bajo el Pacto, Estados Unidos optó por cancelar unilateralmente algunas de las sanciones que había impuesto previamente a este país persa. A pesar de ello, desde el pasado año el gobierno de Donald Trump no sólo se ha empeñado en incumplir el acuerdo, sino elevar el nivel de tensión entre Estados Unidos y la República Islámica de Irán.

El Secretario de Estado de Estados Unidos, Mike Pompeo, y el Asesor de Seguridad Nacional, John Bolton, se han sumado al coro de voces en favor de que Estados Unidos deje sin efecto totalmente el referido tratado internacional y proceda con la imposición de nuevas sanciones a Irán.

Tan reciente como la pasada semana el gobierno de Estados Unidos tomó la decisión de ordenar el desplazamiento a aguas cercanas a Irán del portaaviones Abraham Lincoln y su Grupo de Combate. Su argumento para tal determinación fue enviar una “señal clara e inequívoca” a Irán de que ante cualquier amenaza o ataque a intereses de Estados Unidos o sus aliados en la región, dicho país enfrentaría una respuesta “implacable”.

Se señala que, como parte de esta escalada, desde el pasado mes de abril el presidente Trump declaró al “Cuerpo de Guardianes de la Revolución Islámica”, una de las principales instituciones teológicas del gobierno de Irán, como “organización terrorista”. La respuesta del gobierno iraní no se hizo esperar, calificando a los integrantes del Comando Central de Estados Unidos, uno de los comandos que Estados Unidos mantiene alrededor del mundo, mejor conocido por sus siglas en inglés como CENTCOM y a este país, como “patrocinador del terrorismo y como organización terrorista, respectivamente.

Las autoridades iraníes también han expresado públicamente que están en disposición de revisar lo que fueron los acuerdos suscritos bajo la Administración Obama y, en consecuencia, el Plan de Acción Integral Conjunto, respaldado por la Federación Rusa, la República Popular China, el Reino Unido de la Gran Bretaña y Alemania. Indica a tales efectos que, si la Unión Europea es incapaz de ayudar a Irán a contrarrestar las sanciones que Estados Unidos se empeña en imponer, perdería todo sentido el Pacto. Estados Unidos ha acusado a Irán de continuar adelante su programa nuclear, ello a pesar de que 14 informes consecutivos del Organismo Internacional de Energía Atómica (OIEA), señalaba lo contrario.

Desde el mes de agosto de 2018 Estados Unidos ha restablecido unilateralmente sus sanciones contra Irán; ha decretado medidas dirigidas a que terceros países no compren petróleo proveniente de este país; como también, ha impuesto restricciones a transacciones financieras de terceros países con el Banco Central de Irán.

El gobierno iraní ha expresado su impaciencia con las medidas adoptadas por Estados Unidos afirmando que, si bien como país, nunca ha deseado la guerra con nadie ni la deseará”, cualquier medida militar que Estados Unidos adopte que atente contra su soberanía y contra el país, recibirá respuesta de parte de Irán, ello en la defensa de sus “intereses nacionales” y del país.

Irán no es una nación árabe; es un país persa, aunque su principal religión es el islam, mayoritariamente en su corriente “chiita”. Su Constitución de 1979 define al país como una República Islámica, abarcando varios sistemas de gobernabilidad que se entrelazan unos con otros. Existe un Líder Supremo, responsable del cumplimiento de las políticas generales de la República, quien también es Comandante de las Fuerzas Armadas y de la seguridad del Estado. El Líder Supremo es nombrado por la “Asamblea de Expertos”, cuerpo compuesto por 86 religiosos. El Líder Supremo es también el dirigente máximo del “Cuerpo de Guardianes de la República Islámica”, constituido por doce teólogos, seis nombrados por el Líder Supremo y otros seis nominados por el parlamento y nombrados por el poder judicial.

El presidente del país es el segundo funcionario de mayor jerarquía después del Líder Supremo. Todos los candidatos a la presidencia del país tienen que tener el aval del “Consejo de Guardianes de la República Islámica”, previo a la formalización de sus candidaturas. El presidente, electo por voto directo. Como tal, designa y supervisa el Consejo de Ministros. El parlamento iraní, conocido como “Asamblea Consultiva Islámica”, lo conforman 290 diputados. Toda legislación aprobada por el parlamento, que es el organismo encargado de sancionar los tratados internacionales, establecer las leyes y aprobar el presupuesto, tiene que ser ratificada por el “Consejo de Guardianes de la República Islámica”. En el caso del Poder Judicial, el jefe de esta rama de gobierno, es decir el Presidente del Tribunal Supremo, al igual que el Procurador General, es designado por el Líder Supremo.

Si bien la República Islámica de Irán no es la superpotencia que es Estados Unidos, tampoco es una presa fácil para la voracidad imperialista. Contrario a la percepción que muchos tienen en occidente, Irán es un país considerable en tamaño. Ocupa la posición decimoctava en tamaño territorial en el plano internacional. Irán ha alcanzado grandes avances tecnológicos, particularmente en lo concerniente a la aplicación de su desarrollo científico a la defensa y su seguridad nacional. Su población supera los 70 millones de habitantes.

Geográficamente, Irán se encuentra localizado en Asia Central. Colinda en el norte, con la Federación Rusa, el Mar Caspio y Turkmenistán; por el sur, con el Golfo de Omán y el Golfo Pérsico, rutas vitales en la transportación del petróleo proveniente de la península de Arabia hacia Occidente; por el oeste, con Iraq y Turquía; y por el este, con Afganistán y Paquistán.

Entre las aguas del Golfo Pérsico y el Golfo de Omán ubica el Estrecho de Ormuz. De acuerdo con la agencia de noticias Sputniknews, “el estrecho de Ormuz es una de las principales vías de distribución de hidrocarburos. A través de sus aguas se exporta una quinta parte de todos los combustibles fósiles consumidos en el mundo.” Indica la agencia, en una noticia dada a conocer el 2 de agosto de 2018 en referencia al Golfo Pérsico, que en “su parte más estrecha tiene solo 39 kilómetros de ancho cuyas aguas son compartidas por la República Islámica y el sultanato de Omán”. De estos 39 kilómetros, tan solo diez son aptos para la navegación y el transporte marítimo. Por el Estrecho de Ormuz, según datos que ofrece la Administración de Información Energética (AIE), transitan diariamente cerca de 19 millones de barriles de petróleo. Además de las exportaciones iraníes de petróleo, por allí discurren también las exportaciones de Kuwait, Baréin, Catar, los Emiratos Árabes Unidos y Arabia Saudita.

Las aguas del Estrecho de Ormuz no son aguas internacionales. Por el contrario, son reclamadas y así se consideran, aguas territoriales iraníes. Si bien el gobierno iraní permite el tránsito de buques de otras naciones por sus aguas territoriales, siempre el gobierno de Irán ha afirmando una reserva de derecho de impedirlo si surgiera una amenaza o agresión contra su país.

Datos incluidos por el suscribiente en el libro publicado en el año 2012 titulado Los conflictos entre el mundo musulmán y occidente: qué es lo nuevo, qué es lo viejo, apuntes generales, para esa fecha las reservas de petróleo en diferenes países del Medio Oriente eran las siguientes:

“Iraq posee el 14% de las reservas de petróleo del mundo; Irán, Kuwait y Arabia Saudita poseen el 11%, el 12% y el 33% respectivamente. Entre estos cuatro países se encuentra el 60% de las reservas mundiales conocidas de petróleo. (No estamos contando las nuevas reservas de petróleo y gas natural descubiertas recientemente en la Cuenca del Orinoco en la República Bolivariana de Venezuela o en la plataforma marítima de Brasil). En términos de barriles, Iraq, Irán, Kuwait y Arabia Saudita poseen respectivamente, la cantidad de 100 billones, 92.9 billones, 97.1 billones y 257.6 billones de barriles de petróleo. De estas reservas y de otras menores localizadas en otros países de la región, depende la economía de Estados Unidos en un 23%, la de Europa en un 40% y la de Japón en un 79%”.

Estos datos, por sí mismos, no sólo dan cuenta de la importancia estratégica de esta vía marítima para las economías de Medio Oriente, sino también, para el desarrollo de las algunas de las principales potencias a escala global.

Parecería natural que en las aguas del Golfo Pérsico se encuentren en tránsito simultáneo buques mercantes de diferentes países. Sin embargo, en dichas aguas también se encuentran navegando buques militares de países como la propia República Islámica de Irán, buques de guerra de Estados Unidos y sus aliados, así como buques navales provenientes de otras naciones en la región.

En la zona del Golfo Pérsico se han producido incidentes que podrían precipitar una situación irreversible en las relaciones entre ambos países. Por ejemplo, el 25 de julio de 2018 el buque estadounidense USS Thunderbolt lanzó 25 disparos de advertencia contra una embarcación iraní perteneciente a la Guardia Revolucionaria Islámica ante lo que indicaron era un “acercamiento peligroso” por parte de éstas. Para el lado iraní, sin embargo, la acción naval estadounidense fue una “provocación propagandística” cuyo propósito perseguía la justificación de una intervención militar. Para Irán, el desplazamiento del portaaviones Abraham Lincoln y su Grupo de Combate a aguas del Golfo Pérsico también constituye una provocación. La gran diferencia de esta presencia naval de Estados Unidos en el Golfo Pérsico estriba, en esta ocasión, en la capacidad militar que conlleva el desplazamiento de un Grupo de Combate en el área. Además de la capacidad aérea que conlleva la presencia de un portaaviones, también está la flota que le acompaña compuesta por destructores y fragatas; al menos dos submarinos nucleares, con capacidad de transportar y utilizar misiles nucleares; el desplazamiento de una fuerza expedicionaria de la infantería de marina equivalente a no menos de un batallón de tropas con su correspondiente portahelicópteros; y diversos tipos de buques de apoyo logístico.

A pesar de las asimetrías en la capacidad militar entre Estados Unidos y la República Islámica de Irán, parte de la estrategia defensiva de esta última, además de continuar adelante con el desarrollo de sus capacidades militares y tecnológicas, está también en profundizar su preparación defensiva y ofensiva a tenor con su concepción de la guerra frente a lo que podría ser una invasión estadounidense y sus aliados, particularmente Israel. El objetivo perseguido por Irán sería provocar a los invasores el mayor daño posible, de manera que enfrentar tales consecuencias, opere como un disuasivo a una intervención militar contra el país.

Además del Estrecho de Ormuz, existen otras rutas marítimas en la región de Asia y Medio Oriente que son igualmente peligrosas para la estabilidad mundial y que captan la atención de cualquier observador de los sucesos globales dentro del marco de los conflictos potencialmente ligados al petróleo. Estos son el Estrecho de Malaca, localizado entre Indonesia y Malasia, por donde pasan diariamente aproximadamente 16 millones de barriles de petróleo. A través del mismo, se vincula el Océano Índico con el Océano Pacífico. En este caso su porción más estrecha tiene 2.7 kilómetros de ancho. El Estrecho de Malaca es estratégico cuando se toma en consideración que la República Popular China, principal importador de petróleo en el mundo, necesita que el mismo se mantenga abierto, sin interrupciones, al tránsito marítimo para atender su demanda de hidrocarburos.

En el caso del Canal de Suez, ubicado en Egipto, junto al oleoducto SUMED, conecta al Mar Rojo con el Mar Mediterráneo. Por él transitan aproximadamente 5.5 millones de barriles de petróleo, lo que equivale al 9% del petróleo que se consume diariamente en el mundo. Si los barcos no pudieran navegar a través del Canal de Suez, la única vía para allegar petróleo al Mar Mediterráneo desde el Mar Rojo sería a través del oleoducto SUMED. El Mar Rojo, como sabemos, colinda en su porción oriental con la península arábica, que es donde ubican algunos de los principales países productores de petróleo del Medio Oriente.

Finalmente, otro “estrecho” que cae en esta categoría estratégica, es el Estrecho de Mandeb, localizado entre África y Oriente Medio, conectando al Mar Rojo con el Golfo de Adén. Por allí transitan diariamente poco menos de 5 millones de barriles de petróleo. Se indica que su control es hoy una de las principales razones para la intervención militar de Arabia Saudita, con el respaldo incondicional de Estados Unidos, contra Yemen.

En su conjunto, estamos hablando de más de 45 millones de barriles de petróleo, los que diariamente circulan a través de estos puntos estratégicos, para atender las necesidades de hidrocarburos de las principales economías desarrolladas a escala mundial.

El tiempo de traslado de petróleo desde sus puntos de origen en el Medio Oriente hacia Estados Unidos, por ejemplo, es también otro de los referentes que debemos analizar a la hora de medir la importancia de estas vía de navegación marítima y el impacto que causaría su bloqueo naval. Por ejemplo, de producirse un incidente que provoque una crisis militar en la región del Medio Oriente o Asia Central, la economía estadounidense necesita el acceso al petróleo desde otras regiones, independientemente sus recursos en Alaska o en el Golfo de México; o su exportación a través de nuevas tecnologías como el llamado “fracking” en algunos de los estados de la Unión. De ahí que no perdamos de vista el apetito estadounidense por las reservas de petróleo en América Latina, principalmente aquellas de la República Bolivariana de Venezuela, Brasil y Ecuador y las actuales amenazas de Donald Trump y sus halcones de la guerra contra el gobierno constitucional del presidente Nicolás Maduro Moros.

Si se toma en consideración la diferencia en tiempo de viaje en el traslado del petróleo desde el Medio Oriente y Asia Central hacia Estados Unidos, versus el tiempo que tomaría su traslado desde países localizados en América del Sur, la diferencia es de varias semanas. Interrumpido el flujo de petróleo desde el Golfo Pérsico en caso de un conflicto militar con Irán, el acceso al petróleo venezolano, ecuatoriano o brasileño, atendería las necesidades a corto plazo de Estados Unidos y otros países europeos. Un segundo factor de importancia para Estados Unidos en su visión hegemónica, es su preocupación por la presencia de países como la Federación Rusa y la República Popular China en las concesiones de exploración y explotación petrolera dentro de la inmensa Cuenca del Orinoco. La presencia e influencia de estos países en el Hemisferio, ciertamente para Estados Unidos y su política imperial, convierten el derrocamiento del proceso revolucionario venezolano en un objetivo estratégico de principal importancia, precisamente en su perspectiva de la geopolítica global y regional.

Se impone estar pendientes a los desarrollos políticos y militares que involucren a Estados Unidos y la República Islámica de Irán. Un paso en falso podría conducir a un conflicto de impredecibles consecuencias para la humanidad.

   
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