VII ENCUENTRO DE REDES CRISTIANAS
23 y 24 de octubre de 2021

 

Atrio

Juan José Tamayo2.jpgSobre los problemas de Birmania ya hemos informado y opinado. Pero en este artículo que publica hoy El País, y que el autor nos envía expresamente para su difusión y comentario en ATRIO, se afronta el tema más desde la perspectiva de la filosofía y la espitualidad de la liberación.
La imagen que suele tenerse del buddhismo, al menos en Occidente, es la de una religión o cosmovisión que huye del mundanal ruido como de la peste por considerarlo impuro y se refugia en la contemplación para no mancharse las manos ni contaminar la mente con preocupaciones mundanas. Según esa imagen, la interioridad es lo que conforma el mundo buddhista: la vida interior, la paz interior, la liberación interior, el viaje hacia el interior de uno mismo. La huida del mundo lleva derechamente a su negación.

El ideal buddhista solemos situarlo, casi inconscientemente, en el monje que vive austeramente, depende de la generosidad de los laicos, pasa el día meditando, es insensible a los problemas de la sociedad y renuncia a sus compromisos cívicos porque su meta está en lograr la reconciliación consigo mismo.

Estamos, ciertamente, ante un estereotipo que ni se corresponde con la doctrina y la ética buddhistas ni resiste la prueba de la realidad. El buddhismo posee un componente liberador que la actual hermenéutica está intentando descubrir. La compasión no se queda en un sentimiento interior inoperante, sino que se canaliza hacia los pobres a través de la participación en los movimientos de liberación inoperante. Se intenta practicar una espiritualidad socialmente comprometida. La profundización de la conciencia conduce a la aceptación, y ésta lleva a la generosidad de espíritu, al tiempo que proporciona la energía necesaria para activar la compasión. La paz en cada momento de la propia vida es condición necesaria para que pueda instaurarse la paz en el mundo.

Especial importancia adquieren los grandes principios buddhistas: el origen interdependiente de todas las cosas y la interrelación de toda la vida, la compasión hacia todos los seres, la no violencia y el cuidado de todo lo existente, la eliminación del sufrimiento. A la luz de ellos, algunos intelectuales seguidores del Buddha han llevado a cabo una nueva articulación de las distintas vertientes de la justicia y la paz: social, racial, ambiental, sexual, etc. Un buen ejemplo son las reflexiones del monje buddhista Thich Nhat Hanh que se opone al dualismo exterior-interior, subraya la continuidad entre uno y otro ámbitos y considera la paz en la propia vida como medio para la instauración de la paz en el mundo. El mundo es nuestro yo ampliado. Por eso es necesario cuidarlo y activarlo, afirma en su excelente libro Buda viviente, Cristo viviente.

La imagen de un buddhismo que pasa de puntillas por la historia se quiebra cuando vemos a monjes de esa religión que se autoinmolan públicamente para denunciar situaciones de injusticia estructural y de guerras imperialistas, que participan en las movilizaciones de los movimientos de resistencia global junto con creyentes de otros credos y luchan contra las estrategias excluyentes de la globalización neoliberal; a comunidades buddhistas que ponen en práctica alternativas sociales, políticas y económicas inclusivas y que participan en plataformas de diálogo inter-religioso e intercultural en busca de una ética común compartida con otras religiones, culturas y cosmovisiones de carácter emancipatorio.

Durante la guerra de Vietnam Thich Nat Hanh creó la Orden de la Inter-entidad, comprometida en la vida cotidiana y en la sociedad, cuya filosofía se resume en este principio: “Yo soy, en consecuencia tú eres. Tú eres, en consecuencia yo soy. Éste es el significado del término inter-entidad. Todos inter-somos”. La orden aborda los problemas de la justicia y la paz sociales y sensibiliza a sus seguidores a contrastar su conducta con las necesidades de la comunidad.

En el movimiento pacifista causó un fuerte impacto el caso de una joven de familia noble asociada a la citada Orden de la Inter-entidad, que se quitó la vida en un templo buddhista para llamar la atención sobre la necesidad de buscar la paz y la prosperidad para toda la humanidad. Un mentís similar a la idea de pasividad que se considera inherente al buddhismo se produce en Sri Lanka donde los monjes participan activamente en la vida política.

El Dalai Lama es hoy uno de los referentes mundiales más luminosos en el trabajo por la paz y la defensa de los derechos humanos a partir de una doble revolución: ética y espiritual, que compagina armónicamente la compasión para con los otros y la liberación interior. “Toda revolución espiritual entraña una revolución ética”, afirma en su libro El arte de vivir en el nuevo milenio, pero entendiendo por espiritualidad no la religión como sistema de creencias sino el cultivo de valores como la tolerancia, la compasión, el perdón, la búsqueda de la felicidad, la eliminación del sufrimiento, el amor, la solidaridad, etc.

El ejemplo más reciente e impactante de un buddhismo que armoniza ética y espiritualidad es el de los monjes y las monjas buddhistas de Myanmar, que gozan de un gran respeto y reconocimiento entre sus conciudadanos por su estilo de vida austero y por sus actitudes siempre solidarias con los sectores más marginados de la población. Ellos se han colocado en la vanguardia de la revolución azafrán en las manifestaciones populares, que han logrado reunir a más de trescientas mil personas, y han unido sus fuerzas a las de organizaciones sociales y políticas de la oposición como la Liga Nacional para la Democracia (triunfadora en las elecciones de 1990) liderada por la Premio Nobel de la Paz Aung San Suu Syi, para luchar contra la dictadura y la represión militar, construir una sociedad democrática, combatir la corrupción generalizada, que está instalada en la cúpula de la Junta Militar gobernante, y erradicar la pobreza en la que vive sumida la mayoría de la población. Con su actitud dicen al mundo entero que entre espiritualidad y lucha por la justicia no hay contradicción.

Los monjes están demostrando un gran coraje cívico al resistir pacíficamente, en la mejor tradición buddhista, a la violencia de los militares que los reprime, encarcela y asesina. Todo un ejemplo de compromiso cívico y una prueba más de que la religión no siempre es opio del pueblo, sino, como dijera el mismo Marx, “el suspiro de la criatura oprimida, el corazón de un mundo sin corazón, así como el espíritu de una situación carente de espíritu”.

Juan José Tamayo es director de la Cátedra de Teología y Ciencias de las Religiones, de la Universidad Carlos III de Madrid, y autor de Fundamentalismos y diálogo entre religiones (Trotta, Madrid)

   
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