180 Latitudes

La infancia ocupa un lugar especial en la misión que los salesianos de Don Bosco tienen en Goma. Cada uno de sus departamentos destinados a cubrir una parte de las necesidades de los niños permite entender de un modo más claro cuál es la situación general de los jóvenes en la R.D. Congo. Se encuentran, por un lado, las escuelas gratuitas. Con ellas se trata de suplir una situación marcada por la incompetencia del Estado. Porque, aunque gran parte de las escuelas de la R.D. Congo son públicas, los profesores se ven obligados a cobrar a los alumnos al no recibir del Gobierno sus respectivos sueldos.

Esto conlleva que algunos padres se vean muchas veces en la difícil situación de tener que elegir a qué hijo mandar a la escuela. Unos pagos que no suelen superar los 3 dólares estadounidenses (el dólar y el franco congoleño conviven por igual, donde 1$ se corresponde con 850 fc), pero cuando una familia gana un máximo de 30$ al mes, la situación se complica. En Don Bosco tienen turnos de clase mañana y tarde y sus aulas siempre están abarrotadas.

En la sección de malnutridos, en un amplio patio interior que hace de sala de espera, se apelotonan de lunes a viernes las madres que acuden a la clínica con sus hijos. Éstas deben pasar a la consulta del nutricionista, coger la comida y regresar a sus casas. Proceden de diferentes barrios de Goma y de algunos poblados de los alrededores. El programa de tratamiento para niños malnutridos dura 90 días. El sábado, el equipo de Don Bosco se desplaza fuera del centro y acude a visitar a las familias para conocer su estado personal, en qué condiciones viven. Como la causa más importante de la precariedad alimentaria es la pobreza, han instaurado un sistema de microcréditos para las familias.

Una de estas madres es Martina, de 40 años y con tres de sus seis hijos enfermos en Don Bosco. Martina procede del pueblo de Kibati y ahora vive en los alrededores de la misión. Tanto su marido como ella no tienen trabajo. Huyeron de su lugar de origen por la guerra. “Escapamos en septiembre de 2008, debido a las matanzas cometidas por los rebeldes del CNDP y por las luchas entre el CNDP y las tropas gubernamentales. Los rebeldes incendiaban las casas y destruían los poblados. Corrimos. Al regresar, mi casa estaba quemada”, narra Martina con su bebé en brazos, vestida con un pañuelo verde en la cabeza y una blusa anaranjada, en un tono monótono y neutro.

El orfanato se encuentra aislado de las demás edificaciones, situado en uno de los extremos de la misión. Parece que se desea proteger a los más pequeños del continuo ajetreo que envuelve el lugar. Disponen de dos dormitorios, uno repleto de literas y otro de cunas. En el medio, un patio. Hay varias cuidadoras, que se ocupan de mimar con esmero a los huérfanos, desviviéndose con los bebés. Una de ellas, Beatrice, nos relata la vida de algunos de sus pequeños: “¿Ves a Asha? (Una niña de dos años que lleva un vestido azul marino). A Asha la encontraron junto a su madre muerta, colgada de su pecho. Esto sucedió durante los momentos más duros de los combates entre el CNDP y las tropas gubernamentales. Los vecinos, mientras escapaban del ataque de los rebeldes, la vieron y se la trajeron con ellos hasta aquí”.

A continuación señala a una niña de rojo, de dos años y medio, y dice: “Se llama Asina Obedi. Su padre era soldado. Ganaba 20$ al mes y los malgastaba en alcohol. Cuando su mujer se hartó, corrió a decírselo al superior de su marido, que entendió el problema y le dijo que desde entonces recogiera ella el dinero. Al enterarse su marido, muy enfadado, se emborrachó y acudió armado a casa. Mató de un disparo a su mujer y a una de sus hijas. Los vecinos, al escuchar los disparos, avisaron a otro soldado, que acudió de inmediato y lo mató. Encontraron a Asina en la casa. Tenía dos meses”.

NIÑOS DE LA CALLE

Muy cerca de la misión central de N’Gangi, a menos de un kilómetro y junto al mercado de la ciudad, se encuentra Gahinja, la casa de acogida para niños de la calle de Don Bosco. Se trata de una zona amurallada, con varias construcciones bajas y de madera (dormitorios, cocina, aulas, comedor), además de un pequeño descampado como sitio de recreo. En la actualidad tienen 80 niños a su cargo. Son sólo varones, porque las niñas se encuentran en N’Gangi mientras preparan para ellas un lugar independiente, similar al de los chicos. Este emplazamiento sustituye a otro llamado Kinyogote, donde las autoridades locales encerraban a los niños de la calle. Vivían en condiciones infrahumanas, sin ningún tipo de medidas higiénicas, mezclados niños y niñas, con una comida al día y sin mantas. El detalle de separar a los niños de las niñas resulta importante en una sociedad en la que la violación está muy extendida. Y allí llegaron el Padre Mario y el cooperante italiano de Don Bosco Luca Marinacci, encargado de dirigir la casa de acogida y, de un día para otro, cambiaron la vida de estos críos para siempre. El afable Marinacci, un joven treintañero de barba frondosa, explica su funcionamiento: “El proyecto en la misión dura tres meses y su objetivo principal es la reinserción familiar y, si no es posible, darles una educación y oficio para que emprendan una vida mejor”.

A diferencia de lo que se pueda pensar, las historias de estos niños narran situaciones de huída y expulsión del hogar provocados por la actitud de unos padres déspotas en un clima de extrema pobreza, pero donde la muerte y la guerra apenas se hacen sentir.

Nos encontramos, por ejemplo, con el caso de Prince, un joven de 14 años. Prince muestra gran seguridad en sí mismo. Está limpio y con la ropa en un estado aceptable, algo poco frecuente entre los demás niños. Su rostro se ve frágil, afeminado. Abandonó su casa en 2001, tenía 6 años. Procede de Bukavu, al otro extremo del Gran Lago Kivu. Llegó como polizón en un barco. “Escapé de casa porque mi padre volvía siempre borracho del trabajo y nos golpeaba a todos –afirma-. De mis 10 hermanos, sólo mi hermana sigue viviendo en casa, el resto están en la calle”. Prince cuenta que para sobrevivir solía mendigar y recoger carbón para luego venderlo. (En las zonas de reparto de carbón, donde grandes sacos van de un lado al otro y muchas veces se encuentran agujereados, los niños de la calle recogen las migajas que caen para luego ir a venderlas al mercado. Por estas ventas, lo máximo que suelen conseguir son 500 fc, unos 60 céntimos de dólar).

Y está Samsun, de 13 años, que abandonó el hogar a los 7 porque su padre le golpeaba acusándole de robar en su propia casa. Tiene la ropa sucia, desgastada y la mugre le salpica las piernas. O Dogo François, de 12 años, en la calle desde los 10. Es bizco e inseguro y viste una chaqueta negra de hombreras pronunciadas. Se fue de casa porque su padre le golpeaba por no realizar ciertos trabajos. O Isiron, aunque, en su caso, la situación es particular.

Isiron desconoce su edad. Habla con un tono de voz casi inaudible. Luca Marinacci lo abraza, le hace carantoñas y le explica que no tiene nada por lo que preocuparse. Poco a poco va cogiendo confianza. Tiene marcas en los brazos, que parecen haber sido producidos por alguna infección, y una cicatriz en la cara. Procede del barrio de N’Dosho, en Goma. Después de que sus padres le echaran de casa vivió durante mucho tiempo en la calle. No sabe decir cuánto exactamente. Al insistir sobre el motivo por el que lo abandonaron, responde con un hilo de voz: “No lo sé, de verdad que no lo sé. Yo no hice nada”. Marinacci, en castellano para que nadie comprenda, explica: “Lo echaron por las marcas que tiene en el cuerpo. Su familia decía que era un niño brujo”. Es decir, lo acusaban de estar maldito, de propagar la mala suerte entre todos los que le rodeaban. Una predicción realizada frecuentemente por el hechicero del lugar. Son muchos los niños de la R.D. Congo que son expulsados de sus hogares por estos motivos.

La vida de Mungu Iko Joel nos aproxima a una nueva escala de valores, a un niño al que una bicicleta lo condenará a la calle. Mungu, de 14 años, abandonó el hogar en 2001. Procede de un barrio próximo y muestra una gran seguridad mezclada con cierta actitud desafiante. Vivía con su madre y su padrastro. Su padre está muerto. Él es el mayor de cinco hermanos, todos chicos. Antes de que su padre muriera, éste le dejó una bicicleta. Tras su muerte, un día, la bicicleta desapareció. Él solía ir con ella a todas partes y la usaba para transportar diferentes productos, sobre todo agua. Cuando le preguntó su familia dónde la había dejado, respondió que se la habían robado. Su padrastro le golpeó, acusándole de haberla vendido. Después de eso, se marchó a la calle. Lo hizo para buscar una bicicleta, seguro de que si encontraba otra podría volver. Han pasado ocho años desde entonces. “Y todavía busco la bicicleta”, afirma cabizbajo.

En uno de los basureros más céntricos de Goma, dos niños se afanan en encontrar algo que les pueda ser útil. Junto al basurero, y oculto por una amplia vegetación, se encuentra un pequeño campamento donde se agrupan cinco chabolas fabricadas con plásticos, madera y sacos. Restos de latas y otros desperdicios cubren el suelo. Una docena de niños van saliendo precavidos de detrás de los arbustos o del interior de las chabolas. Confiados, retoman sus labores. Uno de ellos acaba de asar una rata y, con un cuchillo, la empieza a destripar. Otro niño muestra orgulloso la ratonera, con un pequeño trozo de queso como cepo. Sus edades se hallan comprendidas entre los 8 y los 15 años. Algunos acudirán a Don Bosco. Otros, por decisión propia, optarán por quedarse, sabedores que, si cambian de opinión, los acogerán de inmediato.

Don Bosco, una misión con un objetivo: que duela menos la infancia en la R.D. Congo.

   
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