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Mensaje al Pueblo brasileño de la 57ª Asamblea General de la CNBB
Los obispos brasileños parecen haber entendido la difícil situación por la que el país pasa y se han posicionado de forma clara y contundente
En un país donde cada vez son más visibles “los signos de muerte que amenazan a los hijos e hijas de Dios, especialmente, a los más vulnerables”, es necesario una actitud clara que muestre que no se pueden servir a dos señores
Los pueblos originarios, a quienes “no se respetan en sus derechos y costumbres”, lo que contraviene los derechos “asegurados en la Constitución de 1988”, son defendidos claramente por la CNBB

Los obispos brasileños parecen haber entendido la difícil situación por la que el país pasa y se han posicionado de forma clara y contundente contra una realidad que, sin nombrarle, tiene como causa las políticas del actual gobierno brasileño. Con palabras proféticas, muestran que la Iglesia debe estar al lado de los pobres, cada vez más pobres en un país en el que “el aumento de las desigualdades y la concentración de ingresos a niveles intolerables” es una realidad cada vez más palpable.

En un país donde cada vez son más visibles “los signos de muerte que amenazan a los hijos e hijas de Dios, especialmente, a los más vulnerables”, es necesario, como ha así aparece en el mensaje, una actitud clara, que muestre que no se pueden servir a dos señores, Dios y el capital, al servicio del cual está un gobierno claramente alineado con esos intereses, que apoya “un liberalismo exacerbado y perverso, que deshidrata al Estado casi al punto de eliminarlo, ignorando las políticas sociales de vital importancia para la mayoría de la población, favorece el aumento de las desigualdades y la concentración de ingresos a niveles intolerables”.

La nota de los obispos enumera todos los elementos de la política llevada a cabo por el gobierno, que en nada se parece a las promesas electorales que llevaron al pueblo brasileño a elegirlo, un voto del que muchos se arrepienten, pues el fin de la corrupción, una de las promesas, está muy lejos de hacerse realidad, como se muestra en el mensaje, que dice que “la corrupción, clasificada por el Papa Francisco como un “cáncer social” profundamente radicada en innumerables estructuras del país, es una de las causas de la pobreza y la exclusión social en la medida en que desvía recursos que podrían destinarse a la inversión en educación, salud y la asistencia social, camino de superación de la actual crisis”.

Teniendo en cuenta que el desempleo está creciendo de forma exponencial, llegando a 13 millones, a los que se unen los 28 millones de infrautilizados, como aparece en la nota, “las medidas tomadas para combatirlo, hasta ahora, han sido ineficaces”, algo que se agrava con una reforma laboral que, aprobada a finales de 2018, no preserva “los derechos de los trabajadores y trabajadoras”, distanciándose de los postulados de la Doctrina Social de la Iglesia, haciendo referencia a lo que el Papa Francisco destaca en Evangelii Gaudium.

Ante el crecimiento de la violencia hasta límites inaceptables, los obispos se acuerdan de “las madres que entierran a sus hijos jóvenes asesinados, de las familias que pierden a sus seres queridos y de todas las víctimas de un sistema que instrumentaliza y deshumaniza a las personas, dominadas por la indiferencia”, lo que se traduce en “feminicidio, el inframundo de las prisiones y la criminalización de aquellos que defienden los derechos humanos”, que según el episcopado brasileño, “reclaman vigorosas acciones en favor de la vida y de la dignidad humana”, mostrándose contrarios a “proyectos que flexibilicen la posesión y el porte de armas”, una de las banderas del actual gobierno brasileño, que piensa que la mejor forma de combatir la violencia es generar más violencia.

Frente a eso, la nota deja claro que “necesitamos ser una nación de hermanos y hermanas, eliminando cualquier tipo de discriminación, prejuicio y odio”.
Uno de los colectivos más atacados por el gobierno, los pueblos originarios, a quienes “no se respetan en sus derechos y costumbres”, lo que contraviene los derechos “asegurados en la Constitución de 1988”, son defendidos claramente por la CNBB, diciendo que “el poder político y económico no puede superponerse a esos derechos”. Por eso, es inaceptable para el episcopado brasileño, una “mercantilización de las tierras indígenas y quilombolas nace del deseo desenfrenado de quien ambiciona acumular riquezas”, lo que se traduce en “actividades mineras y madereras como el agro negocio”, que según los prelados “necesitan revisar sus conceptos de progreso, crecimiento y desarrollo”.

Resulta inaceptable del nuevo gobierno, “una economía que coloca el lucro por encima de la persona, que produce exclusión y desigualdad social”, pues como ha repetido muchas veces el Papa Francisco, esa “es una economía que mata”. En ese sentido, el mensaje pone como ejemplo lo sucedido en Mariana y Brumadinho, donde la misma empresa, Vale do Rio Doce, ha provocado crímenes que han causado centenares de víctimas y graves desastres ambientales, que no han sido castigados por un gobierno que siempre ha dejado claro que está más preocupado con satisfacer los intereses de las grandes empresas que con el pueblo brasileño.

Otra de las críticas de la nota se dirigen contra la reforma de la previdencia, uno de los grandes deseos del actual gobierno, que está dispuesto a sobornar a diputados y senadores para conseguir su propósito, pues “ninguna reforma será éticamente aceptable si lesiona a los más pobres”, lo que exige de las Iglesias que sean “auténticos centinelas del pueblo”, junto con “los movimientos sociales, las organizaciones populares y demás instituciones y grupos comprometidos con la defensa de los derechos humanos y del Estado Democrático de Derecho”, algo que intenta ser destruido por el gobierno, como quedó demostrado con el reciente decreto 9.759 / 2019.

Resulta imprescindible para los obispos “una sociedad cuyo desarrollo promueva la democracia, pedida conjuntamente con la libertad y la igualdad, respete las diferencias, fomente la participación de los jóvenes, valorice a los ancianos, ame y sirva a los pobres y excluidos, acoja a los migrantes, promueva y defienda la vida en todas sus formas y expresiones, incluido el respeto a la naturaleza, en la perspectiva de una ecología humana e integral”, un párrafo donde se concentran críticas a una sociedad cada vez más polarizada y enfrentada, consecuencia de declaraciones del propio gobierno, que pretende crear una sociedad homogénea, que descartar a quien no produce y ve en la naturaleza una despensa de la que sacar lo necesario para crecer económicamente, aunque eso suponga poner en peligro el futuro del país y del Planeta.
Muchos de estos aspectos son recogidos en las nuevas Directrices Generales de la Acción Evangelizadora de la Iglesia en Brasil, aprobadas en la 57ª Asamblea de la CNBB, siendo resaltado el proceso del Sínodo para la Pan-Amazonia, elementos de particular importancia para la Iglesia de Brasil, pues son aspectos que pueden ayudar en “la construcción de una sociedad desarrollada, justa y fraterna”.

MENSAJE DE LA CNBB AL PUEBLO BRASILEÑO
“He aquí que hago nuevas todas las cosas” (Ap 21,5)
Suplicando la asistencia del Espíritu Santo, en la comunión y en la unidad, nosotros, Obispos de Brasil, reunidos en la 57ª Asamblea General de la Conferencia de los Obispos de Brasil – CNBB, en el Santuario Nacional de Aparecida – SP, de 1 a 10 de mayo de 2019, dirigimos nuestro mensaje al pueblo brasileño, tomados por la ternura de pastores que aman y cuidan del rebaño. Deseamos que las alegrías pascuales, vividas tan intensamente en este tiempo, renueven, en el corazón y en la mente de todos, la fe en Jesucristo Crucificado-Resucitado, razón de nuestra esperanza y certeza de nuestra victoria sobre todo lo que nos aflige.

Nos llena de esperanzada alegría constatar el esfuerzo de nuestras comunidades e innumerables personas de buena voluntad en testimoniar el Evangelio de Jesucristo, comprometidas con la vivencia del amor, la práctica de la justicia y el servicio a los que más lo necesitan. Son incontables los signos del Reino de Dios entre nosotros a partir de la acción solidaria y fraterna, muchas veces anónima, de los que consumen su vida en la transformación de la sociedad y en la construcción de la civilización del amor. Por esa razón, la esperanza y la alegría, frutos de la resurrección de Cristo, han de ser la identidad de todos los cristianos. Al final, cuando dejamos que el Señor nos quite de nuestra comodidad y cambie nuestra vida, podemos cumplir lo que ordena San Pablo: ‘¡Alegraos siempre en el Señor! De nuevo lo digo: ¡alegraos! ‘(Flp 4,4) (cf. Papa Francisco, Exhortación Apostólica Gaudete et Exultate, 122).

“¡En el mundo tendréis aflicciones, pero sed valientes! Yo he vencido al mundo”(Jn 16,33).
Lejos de alienarnos, la alegría y la esperanza pascuales abren nuestros ojos para ver, con la mirada del Resucitado, los signos de muerte que amenazan a los hijos e hijas de Dios, especialmente, a los más vulnerables. Estas situaciones son un llamamiento a que no nos conformemos con este mundo, pero lo transformemos (cf Rm 12,2), empeñando nuestras fuerzas en la superación de lo que se opone al Reino de justicia y de paz inaugurado por Jesús

La crisis ética, política, económica y cultural se ha profundizado cada vez más en Brasil. La opción por un liberalismo exacerbado y perverso, que deshidrata al Estado casi al punto de eliminarlo, ignorando las políticas sociales de vital importancia para la mayoría de la población, favorece el aumento de las desigualdades y la concentración de ingresos a niveles intolerables, ricos más ricos a costa de los pobres cada vez más pobres, como ya recordaba el Papa Juan Pablo II en la Conferencia de Puebla (1979). En ese contexto e inspirados en la Campaña de la Fraternidad de este año, urge reafirmar la necesidad de políticas públicas que aseguren la participación, la ciudadanía y el bien común. Un cuidado especial merece la educación, gravemente amenazada con recorte de fondos, retirada de disciplinas necesarias para la formación humana y desconsideración de la importancia de las investigaciones.

La corrupción, clasificada por el Papa Francisco como un “cáncer social” profundamente radicada en innumerables estructuras del país, es una de las causas de la pobreza y la exclusión social en la medida en que desvía recursos que podrían destinarse a la inversión en educación, salud y la asistencia social, camino de superación de la actual crisis. La eficacia de la lucha contra la corrupción pasa también por un cambio de mentalidad que lleve a la persona a comprender que su valor no está en el tener, sino en el ser y que su vida se mide no por su capacidad de consumir, sino de compartir.

El creciente desempleo, otra llaga social, al sobrepasar el nivel de 13 millones de brasileños, sumados a los 28 millones de infrautilizados, según datos del IBGE, muestra que las medidas tomadas para combatirlo, hasta ahora, han sido ineficaces. Además, es necesario preservar los derechos de los trabajadores y trabajadoras. El desarrollo que se busca tiene, en el trabajo digno, un camino seguro desde que se respete la primacía de la persona sobre el mercado y del trabajo sobre el capital, como enseña la Doctrina Social de la Iglesia. Así, “la dignidad de cada persona humana y el bien común son cuestiones que deberían estructurar toda la política económica, pero a veces parecen sólo apéndices añadidos de fuera para completar un discurso político sin perspectivas ni programas de verdadero desarrollo integral” (Papa Francisco, Evangelii Gaudium, 203).

La violencia también alcanza niveles insoportable. A nuestros oídos de pastores llega el llanto de las madres que entierran a sus hijos jóvenes asesinados, de las familias que pierden a sus seres queridos y de todas las víctimas de un sistema que instrumentaliza y deshumaniza a las personas, dominadas por la indiferencia. El feminicidio, el inframundo de las prisiones y la criminalización de aquellos que defienden los derechos humanos reclaman vigorosas acciones en favor de la vida y de la dignidad humana. El verdadero discípulo de Jesús tendrá siempre en el amor, en el diálogo y en la reconciliación la vía eficaz para responder a la violencia ya la falta de seguridad, inspirado en el mandamiento “No matarás” y no en proyectos que flexibilicen la posesión y el porte de armas.

Necesitamos ser una nación de hermanos y hermanas, eliminando cualquier tipo de discriminación, prejuicio y odio. Somos responsables unos por otros. Así, cuando los pueblos originarios no se respetan en sus derechos y costumbres, en ellos Cristo no es respetado: “Todas las veces que dejáis de hacer esto a uno de estos más pequeños, fue a mí que lo dejáis de hacer” (Mt 25,45 ). Es grave la amenaza a los derechos de los pueblos indígenas asegurados en la Constitución de 1988. El poder político y económico no puede superponerse a esos derechos bajo el riesgo de violación de la Constitución.

La mercantilización de las tierras indígenas y quilombolas nace del deseo desenfrenado de quien ambiciona acumular riquezas. En ese contexto, tanto las actividades mineras y madereras como el agro negocio necesitan revisar sus conceptos de progreso, crecimiento y desarrollo. Una economía que coloca el lucro por encima de la persona, que produce exclusión y desigualdad social, es una economía que mata, como nos alerta el Papa Francisco (EG 53). Son emblemático ejemplo de ello los crímenes ocurridos en Mariana y Brumadinho con el rompimiento de las represas de desechos de minerales.

Las necesarias reformas políticas, tributarias y de la previsión sólo se legitiman si se hacen en vista del bien común y con participación popular para atender, en primer lugar, a los pobres, “jueces de la vida democrática de una nación” (Exigencias éticas del orden democrático, CNBB, número 72). Ninguna reforma será éticamente aceptable si lesiona a los más pobres. De ahí la importancia de constituirse en auténticos centinelas del pueblo las Iglesias, los movimientos sociales, las organizaciones populares y demás instituciones y grupos comprometidos con la defensa de los derechos humanos y del Estado Democrático de Derecho. Las instancias que posibilitan el ejercicio de la democracia participativa como los Consejos paritarios deben ser incentivadas y valoradas y no extinguidas como establece el decreto 9.759 / 2019.
“Buscad en primer lugar el Reino de Dios y su justicia” (Mt 6,33)

El Brasil que queremos emergerá del compromiso de todos los brasileños con los valores que tienen el Evangelio como fuente de la vida, de la justicia y del amor. Queremos una sociedad cuyo desarrollo promueva la democracia, pedida conjuntamente con la libertad y la igualdad, respete las diferencias, fomente la participación de los jóvenes, valorice a los ancianos, ame y sirva a los pobres y excluidos, acoja a los migrantes, promueva y defienda la vida en todas sus formas y expresiones, incluido el respeto a la naturaleza, en la perspectiva de una ecología humana e integral.

Las nuevas Directrices Generales de la Acción Evangelizadora de la Iglesia en Brasil, que aprobamos en esta 57ª Asamblea de la CNBB, y el Sínodo para la Pan-Amazonia, a realizarse en Roma, en octubre de este año, ayuden en el compromiso que todos tenemos con la construcción de una sociedad desarrollada, justa y fraterna. Recordamos que “el desarrollo tiene necesidad de cristianos con los brazos levantados hacia Dios en actitud de oración, cristianos movidos por la conciencia de que el amor lleno de verdad – Caritas in Veritate -, del que procede el desarrollo auténtico, no lo producimos nosotros, pero se nos da” (Benedicto XVI, Caritas in veritate, 79). El camino es largo y exigente, sin embargo, no olvidemos que “Dios nos da la fuerza de luchar y sufrir por amor del bien común, porque Él es nuestro Todo, nuestra esperanza mayor” (Benedicto XVI, Caritas in Veritate, 78).

La Virgen María, madre del Resucitado, nos traiga la perseverancia en el camino del amor, de la justicia y de la paz.

https://www.religiondigital.org/luis_miguel_modino-_misionero_en_brasil/brasilenos-profetico-contundente-politicas-gobierno_

   
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