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Zornoza2La revistas “Religión digital”, “Redes cristianas”, publicaciones locales de Cádiz, de la diócesis y del mundo laboral, han venido informando, hace ya meses, de la desastrosa gestión pastoral, y también humana y social, y hasta jurídica, del señor obispo de Cádiz, monseñor Rafael Zornoza.

De los despidos de trabajadores de la diócesis, sin las garantías jurídicas pertinentes, de la destitución fulminante del director de Caritas Diocesana, Juan Luis Torrejón Vargas, por reprochar al obispo el desvío, de aportaciones ofrecidas para Caritas, a otras aplicaciones totalmente ajenas a la voluntad de donantes y bienhechores de la institución caritativa de la Iglesia, del ensañamiento contra el joven cura Antonio Jesús López García-Mohedano, párroco de Vejer, al que don Rafael exigía que denunciara a un compañero, en contra de la ética y de la conciencia de Antonio José, de los chanchullos económicos tramados con la colaboración de su ecónomo, Sr. Diufain, del sufrimiento de familias enteras maltratadas, y hasta expulsadas, de locales propiedad del obispado de Caritas, y de un sin número de actuaciones como mínimo antievangélicas, nada caritativas, y, al proceder de una institución eminentemente cristiana, como es un obispado, escandalosas.

Pero no quiero hablar de las autoritarias, más que piadosas, actuaciones del obispo de Cádiz, (de las que podrán tener cumplido y veraz conocimiento accediendo al blog de Juan Cejudo, miembro de MOCEOP y de Comunidades Cristianas Populares de la diócesis de Cádiz, a través de Religión digital (RD), sino de la actitud clara e injustamente gremial de los Obispos del Sur de España, que han publicado en los medios una carta en defensa de las actuaciones de Zornoza.

Por las informaciones que me han llegado, los obispos no han hablado con ninguna de las personas que he citado, víctimas, de alguna manera del clericalismo autoritario, bastante desatado en el obispado de Cádiz. Esta falta de diligencia informativa, cuando se espera que la información sea desfavorable o comprometedora, es cosa que no me cuesta nada creer. Ma ha tocado a mí vivir situaciones semejantes, con superiores eclesiásticos que, en su proceder, parecen estar por encima de toda sospecha, y que no necesitan explicar sus actuaciones, ni siquiera cuando las noticias desfavorables contrarias son nítidas, claras, innegables, y, lo que es más triste y desconsolador, cuando los que sufren la injusticia son otros clérigos, curas y diáconos, o seglares comprometidos enrolados en los trabajos pastorales de la Iglesia. Eso está pasando, como yo mismo presentaba en mi artículo de ayer de este mismo blog, en casos de pederastia clerical, como sucedió en Chile, que hasta consiguieron engañar, en un principio al papa Francisco.

Bien es verdad que terminaron todos por tener que presentar la renuncia. Pero parece que nuestros obispos no aprenden, como tampoco han sacado ninguna lección de comportamiento de los relatos del Nuevo Testamento, en los que la sinceridad era palpable, hasta el extremo de llevar a los primeros fieles de la Iglesia a no ocultar sus miserias, ni entre ellos, ni para la posteridad, y ahí las vemos y leemos en las páginas neotestamentarias.

En la defensa de la verdad, y de la justicia, no puede haber corporativismos, ni sentido gremial, ni sentimiento de clases, ni niveles, ni cercanías o lejanías jerárquicas. Ayer hice un pequeño comentario de la 2ª lectura de la misa del 3º domingo del tiempo ordinario, que oímos anteayer, de 1ª Cor 12, 12-30. Nadie es más que nadie entre los miembros del cuerpo de Cristo, sino que cada uno ocupa un lugar en la misión de la comunidad, asignado libremente por el Espíritu de Dios, que nos transforma a todos en “sacerdotes”, por participación en el único y eterno sacerdocio de Cristo.

Y cuando Pablo pasa a denominar por orden esos carismas que el Señor derrama sobre su Iglesia, no sabemos si por descuido, por inadvertencia, o por la poca o nula importancia que concede la eclesiología paulina a la jerarquía de los carismas, sitúa el “gobierno”, que también es un carisma, no lo olvidemos, en séptimo (7º) lugar. Todavía recuerdo el revuelo que armó el libro de Leonardo Boff “Iglesia: Carisma y poder”, y como tuvo el autor tuvo que recordar al Vaticano que su libro que unía esos dos conceptos, Carisma y Poder, más esencial en la Iglesia el primero que el segundo, y para nada antagónicos, sino supletorios, no significaba una negación del carácter jerárquico de la Iglesia, sino una explicación teológica de la grandeza del Carisma y de los límites del Poder.

   
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