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José Arregui1La Conferencia Episcopal Española acaba de publicar unas “Orientaciones
doctrinales sobre la oración cristiana”, según reza el subtítulo. Mal empieza, pues rara
vez la doctrina inspira la oración, y nunca la oración se atiene a la doctrina. Pero en el
Documento predomina la preocupación doctrinal. Pide a los fieles y a los sacerdotes que
"no se dejen arrastrar por doctrinas complicadas y extrañas".

Fiel a los criterios del papa Benedicto XVI y de su documento estrella Dominus
Jesus cuando, como Cardenal Ratzinger, presidía la Sagrada Congregación para la
Doctrina de la Fe, la Conferencia Episcopal Española enseña cuál es la verdadera
oración cristiana e insisten en que ésta es la única oración verdadera. Y parte de que “la
unión con Dios se realiza objetivamente en el organismo sacramental de la Iglesia”.
Solo en la Iglesia católica. ¿Qué diría Jesús, el orante contemplativo, que no conoció ni
previó organismo sacramental ni aparato eclesial alguno? Los obispos se proponen
ayudar a “ofrecer caminos de espiritualidad con una identidad cristiana bien definida”,
que solo ellos conocen y poseen en exclusiva. He ahí su clave teológica fundamental.
Una clave poco espiritual, pues el Espíritu abre siempre más allá de todas las formas, y
todas las instituciones y religiones no son más que eso: formas culturales de la
experiencia universal del Misterio apenas vislumbrado entre velos.

El documento alerta sobre todo contra los graves errores que acechan a los
cristianos que practican el mindfulness (ejercicio de plena atención) o la meditación zen.
Por ejemplo: establecer paralelismos “entre el camino del zen y Jesús como camino”, o
entre el “vaciamiento” de Jesús y el “desapego” budista, o eliminar “la diferencia entre
lo divino y lo creado”, o confundir la “sensación de quietud” con las “consolaciones del
Espíritu Santo”. En quienes practican el zen no ven más que peligros y confusiones,
pero no advierten peligro ni confusión alguna en quienes creen mantener la “identidad
cristiana bien definida”. Miden, definen, diseccionan la experiencia espiritual sin
reparar en la compleja ambigüedad del espíritu humano, tan impenetrable en su fondo
como el Espíritu divino que sopla donde quiere. Doble falta de lucidez y de respeto: de
lucidez para observar en sí las sombras ajenas, y de respeto para reconocer en el otro la
luz que nos ilumina.

Contra todo “relativismo” y pluralismo religioso, el texto insiste en que el
hombre histórico Jesús es el “salvador único y universal”, la única revelación plena de
Dios en el cosmos, el “único camino que nos conduce” a Dios. Se equivocan, pues,
quienes “relativizan los aspectos concretos condicionados histórica y culturalmente de
la persona de Jesús”. ¿Pero no fue acaso relativa, pongamos por caso, su lengua
aramea? Y su imagen de Dios ¿no fue tan cultural y relativa como su lengua aramea?
Todo indica que los obispos identifican abusivamente nuestras pobres ideas e imágenes
con la realidad del Infinito. Afirman, por ejemplo: “La representación trinitaria se
corresponde con el ser de Dios”. Pero el primer Mandamiento bíblico ordena: “No te
harás ninguna imagen de Dios ni te postrarás ante ella”.

“¿La oración es un encuentro con uno mismo o con Dios?”, preguntan los
prelados en tono polémico, como si cupiera tal disyuntiva. ¿Es que alguien puede
conocer a Dios o el Fondo del Ser sin conocerse, o conocerse a fondo sin reconocer en
él el “Yo Soy” de la Zarza Ardiente? No han leído o entendido aquello de San Agustín:
“Si me conociera, Te conocería”, o aquello de San Juan de la Cruz: “La unión del alma
es divina” y “La sustancia del alma es Dios por naturaleza”. O lo del poeta estoico
Creanto a quien cita San Pablo en el Areópago de Atenas: “En Él vivimos, nos
movemos y somos”. Y El/Ella/Ello en nosotros, en todo.

Señalan que la cuestión de fondo es si Dios es un “tú” personal o un “ser
impersonal”, si “tiene un rostro concreto o estamos ante un ser indeterminado”… Como
si la experiencia espiritual profunda, sea religiosa o laica, no nos llevara justamente a
transcender radicalmente esas categorías – uno/dos, personal/impersonal, yo/tú– de
nuestra mente, que da para lo que da.

Lean si no y reciten cada día aquella hermosa oración del obispo y teólogo
místico San Gregorio Nacianceno, del siglo IV: “¡Oh Tú, el más allá de todo! / No hay
palabra que te exprese ni espíritu que te comprenda. / Todos los seres te celebran. / El
deseo universal, el gemido de todos, suspira por ti. / Todo cuanto existe te ora, / y hasta
ti eleva un himno de silencio / todo ser capaz de leer tu universo. Eres todos y no eres
nadie. / Ni eres un ser solo ni el conjunto de todos ellos. / ¿Cómo puedo llamarte, si
tienes todos los nombres? / ¡Oh Tú, el único a quien no se puede nombrar!”. Sabía lo
que decía: lo Indecible, el Uno sin dos, el Fuego y el Ser de todos los seres. Como lo
supo Jesús en tantas noches de silencio y soledad, de Paz subversiva, y por eso nos dijo:
“Cuando oréis, no os perdáis en palabras”.

Dejémonos de tanta palabra. Sumerjámonos, desnudos, en el Silencio, la
Realidad o la Presencia. En Dios o el Infinito, a donde la sed profunda nos guía, más
allá de esquemas, imágenes y rezos. Más allá de nuestras ideas, creencias y doctrinas.

(Publicado en DEIA y en los Diarios del Grupo Noticias el 15 de septiembre de
2019)

   
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