VII ENCUENTRO DE REDES CRISTIANAS
23 y 24 de octubre de 2021

 

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Curas casados2Esta teoría de que los sacerdotes casados “han abandonado la casa de Dios” procede de la encíclica de Pablo VI sobre el celibato sacerdotal (Sacerdotalis Caelibatus, 24.06.1967). Encíclica que cumple “la promesa que hicimos a los venerables Padres del Concilio, a los que declaramos nuestro propósito de dar nuevo lustre y vigor al celibato sacerdotal en las circunstancias actuales” (Sacerd. Caelib., 2).

Al final de la encíclica encomienda a los obispos que no abandonen a los sacerdotes casados: “Estamos seguros, venerables hermanos, de… que no perderéis jamás de vista a los sacerdotes que han abandonado la casa de Dios, que es su verdadera casa, sea cual sea el éxito de su dolorosa aventura, porque ellos siguen siendo por siempre hijos vuestros” (Sacerd. Caelib., 95).

¿Conocen a algún obispo que “no haya perdido jamás de vista” a estos sacerdotes? Su atención ha sido protocolaria: ejecutar las disposiciones del expediente secularizador. Han seguido la perversa tradición de siglos en el maltrato a estos sacerdotes, tildados de desertores, rebeldes, resentidos, incluso traidores para el sector más fanático. No se han acercado a su vida con respeto y con el amor de Jesús que “llamó a los que quiso” (Mc 3,13), y jamás los deja de llamar y querer, aunque la jerarquía los rechace.

Como recuerda santa Teresa de Ávila: “Dios tiene cuidado más que nosotros y sabe para lo que es cada uno” (cap. XXII, 12 del “Libro de la vida”). El Espíritu Santo, fiel siempre a las necesidades humanas, suscitó movimientos de curas casados (en España: ASCE y MOCEOP) para acoger a los cientos de abandonados por la jerarquía. Así lo sintió uno de sus fundadores: “Alguien tenía que parar esa sangría de pastores solícitos, con pasión por Jesús de Nazaret y con ganas de seguir al servicio de la comunidad eclesial como bautizados y como presbíteros” (J. P. Pinillos: “Memoria agradecida. 40 años MOCEOP”. Rev. Tiempo de Hablar. Tiempo de Actuar, n. 152-153, pág. 26-27).

Ejemplares han sido teólogos, como J. M. Castillo: “Siento profunda admiración hacia quienes un día tomaron la decisión de reorientar sus vidas aun a costa de abandonar el ejercicio del ministerio sacerdotal… Estos hombres han tenido la libertad y el coraje de tomar la propia vida en sus propias manos, para conducir esas vidas como ellos veían que era lo que más y mejor cuadraba con su propia humanidad… La tarea fundamental… es encontrar cada cual, según sus posibilidades y sus condicionamientos, el camino más pleno de su plena humanización… Lo más razonable, en este momento, es afirmar sin titubeos que ya es apremiante la necesidad de afrontar con urgencia la supresión de la obligatoriedad del celibato eclesiástico para los sacerdotes de rito latino” (“Curas casados. Historias de fe y ternura”. Moceop. Albacete 2006. Pág. 339-355).

El fundador de ASCE, José María Lorenzo Amelibia, viene ejerciendo sobradamente su vocación sacerdotal con meditaciones evangélicas y comentarios sobre la vida de estos sacerdotes. No ha mucho, con motivo del cambio del rescripto de secularización, escribía en RD: “Después de 50 años ha cambiado el rescripto de secularización… Al menos en el 2019 han eliminado las vejaciones; no estamos marginados como seglares, pero seguimos tan marginados como sacerdotes… Nosotros, sacerdotes secularizados, que abandonamos el ministerio por imposición de la jerarquía -la voluntad de la mayoría no era ésa sino contraer matrimonio- seguimos siendo sacerdotes, y la voluntad del Señor sobre nosotros en nada ha variado, una vez que nos eligió. Nos quiso a nosotros y nos sigue queriendo…

De modo muy simple nos han achacado “infidelidad”. ¿Infidelidad a qué? De ninguna manera al sacerdocio, ni a la llamada de Jesús. Seguimos sintiéndonos sacerdotes y practicamos el sacerdocio dentro de la más estricta legalidad vigente, pero nos sentimos del todo marginados. Algo se ha conseguido: que retiren las vejaciones que hemos sufrido durante cincuenta años… Únicamente reconocen nuestro sacerdocio con la obligación de absolver cuando hay peligro de muerte. Por algo se empieza.

Pedimos un día dispensa a un voto que se impuso como obligatorio para poder acceder al Sacerdocio. De una manera poco equitativa nos han dicho que “no somos dignos de seguir a Cristo porque hemos puesto la mano en el arado y vuelto la vista atrás” (Lc 9, 62). Pero no hemos vuelto la vista atrás: hemos contraído un sacramento de la Iglesia, el matrimonio… ¿Es echar la vista atrás recibir un sacramento? No. Nosotros queríamos seguir en el sacerdocio como casados… Nos han impuesto retirarnos y no lo hicieron con elegancia, porque hasta nos prohibieron ayudar a misa, ser monaguillos…

“Jesús llamó a los que quiso” (Mc 3,13). Y nos quiso a nosotros, lo mismo que a los compañeros que ejercen el ministerio… El rechazo de nosotros lo ha hecho la jerarquía… Es verdad que se nos exigía renunciar al ejercicio sacerdotal, pero esa renuncia no fue libre. Como si a una persona le dicen: “Te voy a cortar algo: la mano o la cabeza, ¿qué prefieres? Y, por supuesto, todos dirían: la mano. ¿Cómo se puede después echar en cara de que él mismo eligió que le cortaran la mano?… A nadie odiamos, pero nos sentimos marginados.

Y que conste que quien esto escribe lo hace sin ningún espíritu de revancha. Mi edad y circunstancia me impiden reintegrarme en el ministerio… Con más juventud, lo hubiera hecho. ¡Pero cuántas vocaciones al sacerdocio se han perdido y se siguen perdiendo por la ley poco feliz del celibato!” (Blog RD: secularizados-mistica-y-obispos. 25.01.2020).

Lamentablemente estos hechos (opción clara por el ministerio de estos sacerdotes, la renuncia impuesta por imperativo legal, la autorización y obligación para ejercer en peligro de muerte -único resquicio de bondad del legalismo clerical-, la oposición a la voluntad de Jesús “que llamó a los que quiso” -Mc 3, 13-14-)… parecen inquietar poco a los jerarcas de la Iglesia. El miedo a los problemas previsibles, el apego a la ley, el clericalismo al que alimenta el celibato, el principio de autoridad-poder… siguen inmovilizando a la mayoría de obispos. Resulta difícil explicar el silencio ante el clamor de tantos miles de sacerdotes casados, en todos los países, muchos organizados en asociaciones llenas de Espíritu, pidiendo diálogo y cambio de la ley. Ni siquiera les mueven las comunidades sin eucaristía, la falta de vocaciones, el masivo abandono…

Gracias a Dios, el obispo de Limburgo, Georg Bätzing, Presidente de la Conferencia Episcopal Alemana, apoyando al Sínodo alemán que propone revisar la ley celibataria, ha declarado abiertamente estos días:

“Estamos defendiendo un sacerdocio, que bien puede estar relacionado con el matrimonio. Y no estamos solos en eso… Queremos proporcionar argumentos sobre por qué esto también podría ayudar a la necesidad de los sacramentos en nuestra situación actual. Esto no es solo una necesidad en la Amazonía, es necesidad aquí en nuestro país… No soy obispo de los demás obispos, sino de los creyentes de mi diócesis. Tienen derecho a saber lo que pienso y cómo me posiciono. En este sentido, es un deber interior de conciencia cuando digo muy claramente aquí y allá lo que pienso. Tengo 60 años. Se acabó el tiempo del miedo. Eso fue diferente” (Entrevista a Katholish.de. Renardo Schlegelmilch. Colonia. 12.11.2021).

Leganés (Madrid), 19 de noviembre de 2021

   
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