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Conocí una vez un pastor, que pastoreaba ciento cincuenta ovejas, que un día se enfadó con una de las más activas y diligentes de su rebaño, porque era una oveja de color gris perla, así, sin más; ni blanca, ni negra , ni siquiera marrón. Era una de las más divertidas y juguetonas del rebaño. Y enfadado con ella, le prohibió toda actividad en el mismo, no podría salir la primera, como solía, ni corretear provocando a los perros, ni saltar ni hacer carantoñas al pequeño zagal. Hasta le puso limitaciones para salir del aprisco, y tuvo la impresión, la pobre oveja, de que injustamente, y produciéndole una enorme tristeza, la dejaba encerrada en el corral, cuando sus compañeras salían a tomar el aire, el sol, a comer hierba jugosa, y a retozar entre el verde. El pastor se llamaba, se llama, Juan Carlos Elizalde, y la oveja de color llamativo, diferente, y activa, Alfonso Ruiz de Arcaute, catequista, miembro del Consejo y animador de la celebración de la Palabra.

Alfonso es homosexual, de ese “color gris perla” que no le gusta a su Pastor, (mejor “pastor”, con minúscula), y se siente con vocación al ministerio ordenado, diácono, presbítero, y así se lo ha comunicado a su obispo. Éste le informó que, según la normativa todavía vigente en la Iglesia, a pesar de la apertura del papa Francisco, y a tenor de un decreto del año 2005, no veía posibilidades de que su deseo, e ilusión, fuera adelante. Pero si que se comprometió monseñor Elizalde, a hacerle a Juan Carlos el favor que éste le pidió: llevar personalmente al Papa una carta manuscrita, impetrando el favor y la benevolencia del papa argentino. Esta carta nunca fue entregada al Pontífice. Y con ocasión, o tal vez ha sido coincidencia, del cambio de párroco en la parroquia a la que pertenece, y en la que trabaja diligentemente “esa oveja de otro color”, entre los dos párrocos, el saliente y el entrante, han comunicado al feligrés la disposición del obispo, prohibiéndole toda y cualquier actividad parroquial.

El comportamiento del señor obispo, prestándose afablemente a dialogar, y hasta a interceder personalmente ante el Papa, ha sido no solo correcto, sino posiblemente digno de elogio y de encomio. Lo malo ha sido el inimaginable colofón, poco digno de un buen pastor con una oveja señalada por su compromiso eclesial, demostrado en las decisiones que el obispo conocía. entre otras, que de acuerdo con el texto de Mateo, 21, 24.25, en el evangelio de la misa de ayer, 22º domingo del tiempo ordinario, “Entonces dijo Jesús a sus discípulos: «Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame. Porque quien quiera salvar su vida, la perderá, pero quien pierda su vida por mí, la encontrará”, Juan Carlos condicionaba todas sus programaciones y actividades a su voluntad de adaptarse a las exigencias que le podría traer su dedicación al ministerio, incluso en su vida de pareja. Es conmovedora su preocupación por practicar ya una castidad como ascesis para el futuro, como él mismo nos comunica entre sus confidencias, con una sinceridad conmovedora. “Pese a que llevo varios años viviendo desde la castidad acogida con alegría al poner en mi compromiso eclesial el centro de mi vida”, nos cuenta, Elizalde veía inviable el camino de Ruiz de Arcaute hacia el sacerdocio por su homosexualidad.

¿Puede un obispo comportarse así con un fiel creyente, que quiere seguir, según sus posibilidades, el camino de Jesús? Creo que no. Y, desde luego, no recrea la figura del “Buen Pastor”, que busca la oveja perdida entre peñascos y breñas, vientos y tormentas, y celebra una fiesta cuando la encuentra. Eso de que en el caso actual se trate de una oveja perdida. Más bien es todo lo contrario. Pero de lo que no queda ninguna duda es de que si, con todos los cuidados y miramientos, podemos afirmar de alguna manera que los jerarcas de la Iglesia son los administradores de su tesoro, en la Palabra y en los sacramentos, de ahí no pueden deducir que sean, también, propietarios. Ni de una cosa, ni de otra. ¿Alguien le ha dado, o, más serio todavía, alguien puede dar potestad a un obispo para prohibir a un fiel, a una oveja de su rebaño, “toda y cualquier actividad parroquial”, a no ser por una excomunión, que siempre debe de ser pedagógica, para provocar la vuelta, como la usaban los primeros cristianos? Pero en el caso de Juan Carlos, ¿hay verdadera salida, huida, o traición a la Iglesia, solo por ser homosexual?

   
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