VII ENCUENTRO DE REDES CRISTIANAS
23 y 24 de octubre de 2021

 

Juan Jose Tamayo. El periodico
Cuenta Juan José Tamayo en El Periódico que habría que remontarse al pontificado de Pío X (1903-1914) para encontrar un número tan elevado de condenas contra teólogos como en el pontificado de Juan Pablo II, sobre todo a partir del momento en que el cardenal Joseph Ratzinger asumió la presidencia de la Congregación para la Doctrina de la Fe, en noviembre de 1981.

No pocos teólogos abrigaban alguna esperanza de que, con su acceso al papado, Ratzinger cambiara de rumbo, sobre todo tras el diálogo con su colega Hans Küng, uno de los teólogos malditos de Juan Pablo II. Pero la evolución del pontificado de Benedicto XVI se ha encargado de tornar vana cualquier esperanza. Hagamos un poco de historia para ver cómo se ha llegado a la actual situación represiva contra los teólogos y las teólogas.

EL PRECEDENTE
Juan Pablo II condenó a los teólogos de Juan XXIII

Las primeras condenas del pontificado de Juan Pablo II recayeron sobre algunos teólogos que habían sido llamados por Juan XXIII como peritos del Concilio Vaticano II. El redentorista alemán Bernhard Häring (1912-1998), renovador de la moral católica, tras un largo proceso que duró más de 10 años, fue llamado por la Congregación para la Doctrina de la Fe en 1979 para exigirle el compromiso solemne de no volver a criticar la Humanae Vitae (1968), encíclica en la que Pablo VI condenaba los métodos anticonceptivos como inmorales.

El moralista se negó a dicho compromiso y contó con la animadversión del Vaticano hasta su muerte en 1998. En una carta dirigida al cardenal Seper, prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, en 1976, le decía: “De forma humillante he sido acusado por la Congregación para la Doctrina de la Fe; las acusaciones son falsas. Más aún nacen de un órgano de gobierno de la Iglesia a la que he servido durante toda mi vida con toda honestidad. Preferiría encontrarme nuevamente ante un tribunal de Hitler. Sin embargo, mi fe no vacila”.

El dominico Edward Schillebeeckx (nacido en 1914), teólogo del episcopado holandés durante el Vaticano II y uno de los redactores del Catecismo Holandés, tuvo que sufrir varios procesos. El primero, en 1968, sobre algunos ensayos teológicos. El segundo, en 1979, sobre su libro Jesús. La historia de un viviente, quizás la mejor cristología católica del siglo XX, en la que los censores vaticanos encontraban afirmaciones sobre la Trinidad, la concepción virginal de Jesús, la Iglesia y la resurrección, que causaban perplejidad. Al final no fue condenado. El tercero, en 1984, ya bajo la dirección de Ratzinger, sobre su obra El ministerio eclesial: responsables en la comunidad cristiana, donde defendía que en circunstancias especiales se podía recurrir a un ministro extraordinario para celebrar la eucaristía.

El juicio que sí terminó en condena fue el seguido contra el teólogo suizo Hans Küng (nacido en 1928), catedrático de la Universidad de Tubinga (Alemania), que había sido llamado por Juan XXIII como asesor del Vaticano II en 1962. Diecisiete años después, y tras un largo proceso, fue acusado de no defender la integridad de la fe y, más en concreto, de poner en cuestión el dogma de la infalibilidad del Papa, definido en el Concilio Vaticano I. Por ello, a juicio del antiguo Santo Oficio, no podía ser considerado teólogo católico.

Las sanciones siguieron con los moralistas, uno de los colectivos más vigilados por el Vaticano. Si a Häring no le aplicaron sanción alguna, sí lo hicieron con su discípulo, el norteamericano Charles Curran, a quien se le prohibió enseñar como teólogo católico en centros dependientes de la Iglesia católica, por sus críticas a la Humanae vitae y por defender la legitimidad del disenso en cuestiones morales. A Curran se le acusaba de sostener teorías contrarias al magisterio eclesiástico en temas relacionados con la sexualidad y el matrimonio: homosexualidad, divorcio, masturbación y relaciones sexuales prematrimoniales, etc. Desde el primer momento del proceso, el teólogo norteamericano contó con el apoyo de su maestro Häring, quien, dirigiéndose al tribunal romano de la fe presidido por el cardenal Ratzinger, habló de esta guisa: “¿Quién está en desacuerdo con la doctrina de la Iglesia: la Congregación o Curran? La historia demuestra inequívocamente que en temas importantes, tanto bíblicos como dogmáticos, el Santo Oficio y la Inquisición se mostraron en profundo desacuerdo con el sentir de los fieles y de la mayoría de los teólogos”. Ratzinger interrumpió el discurso de Häring diciendo: “Sepa que la decisión sobre este caso ya está tomada y no la cambiará esta reunión”.

AMÉRICA LATINA
La condena contra la teología de la liberación

La sospecha se dirigió muy pronto contra la teología de la liberación, corriente nacida en América Latina a finales de la década de los 60 del siglo XX. Severamente criticada por Juan Pablo II en el discurso de inauguración de la III Conferencia General del Episcopado Latinoamericano, celebrada en Puebla de los Ángeles (México) en 1979, fue condenada sin piedad por el magisterio eclesiástico en la Instrucción sobre algunos aspectos de la teología de la liberación (1984), en la que ni los propios teólogos de la liberación se reconocían. Lo que se condenaba era una caricatura. Pero lo que quedó flotando en el ambiente fue una actitud de desconfianza hacia unos teólogos que, junto con las comunidades eclesiales de base y otros movimientos proféticos del continente, estaban llevando a cabo un cambio sin precedentes en la historia del cristianismo latinoamericano.

Poco después de publicarse la Instrucción llegó la sanción contra el teólogo brasileño Leonardo Boff (nacido en 1938), que contaba con el apoyo solidario de la Iglesia brasileña, representada en el proceso por los cardenales Evaristo Arns, arzobispo de Sâo Paulo, e Ivo Aloisio Lorscheider, presidente de la Conferencia Episcopal. La condena se centraba en su libro Iglesia: carisma y poder. Ensayo de cristología militante, que criticaba tres manifestaciones patológicas del catolicismo romano: el dogmatismo de las verdades, la comprensión “doctrinaria” de la revelación y el ejercicio hegemónico del poder sagrado, que, a juicio de Boff, llevaban a la violación de los derechos de los fieles dentro de la Iglesia. El cardenal Ratzinger calificó el tono de la obra con gruesos adjetivos como “difamatorio, incluso panfletario, absolutamente impropio de un teólogo” y tachó la obra de “frágil, inconsistente e intolerante” con la Iglesia institucional.

La condena consistió en la imposición de un tiempo de silencio para predicar y publicar. Boff respondió a sus censores con la canción de Atahualpa Yupanqui: “La voz no la necesito, sé cantar en el silencio”. Nueve meses después era rehabilitado. Las sanciones se repitieron en 1991. Boff abandonó el sacerdocio con una frase lapidaria: “La humildad es una virtud; la humillación es pecado”. En ambos procesos tuvo que encontrarse cara a cara con el cardenal Ratzinger, quien, siendo profesor de teología en Munich, dio a Boff de su bolsillo 14.000 marcos para que pudiera publicar su tesis doctoral. Ratzinger pasó de mecenas a detective.

LAS MUJERES
Las teólogas, en el punto de mira del Vaticano

Las teólogas no se han librado de las censuras y sanciones. Lavinia Byrne tuvo que abandonar su congregación por la publicación del libro Mujeres en el altar. La sanción recayó también sobre la teóloga brasileña Ivone Gebara por unas declaraciones sobre el aborto sacadas de contexto. La Congregación para la Doctrina de la Fe intervino muy activamente para impedir el acceso de la teóloga católica Teresa Berger a la Cátedra de Liturgia de la Facultad de Teología de la Universidad de Bochum por sus posiciones feministas, consideradas radicales por el Vaticano.

Éste prohibió a la teóloga benedictina estadounidense Joan Chittister participar en la Conferencia de las Redes Mundiales para la Ordenación de las Mujeres, pero ella asistió alegando que la decisión la había tomado de común acuerdo con su comunidad y, por tanto, no podía incumplir ese acuerdo. Otras muchas teólogas se ven sometidas, a diario, a similares medidas restrictivas en el ejercicio de su actividad docente. A esto hay que añadir las dificultades que tienen las mujeres para acceder a los estudios de Teología en centros eclesiásticos en los que sólo se permite el acceso a los varones.

LOS EMBAJADORES
‘Caídos’ por mor del diálogo interreligioso

También ha tocado el turno de las sanciones a los teólogos que, partiendo del pluralismo religioso y cultural del mundo actual, elaboran una teología de las religiones. Son preferentemente teólogos asiáticos en comunicación fluida con las religiones del entorno: hinduismo, confucianismo, budismo, sintoísmo…
El teólogo ceilandés Tissa Balasuriya fue suspendido a divinis, y su obra María y la liberación humana, condenada por sus interpretaciones del pecado original, la divinidad de Cristo y algunos dogmas marianos, en diálogo con las religiones orientales. Más tarde, se le levantó la censura, pero exigiéndole un mea culpa.

Otro de los caídos fue el jesuita belga Jacques Dupuis (1923-2004), profesor de Cristología en la India desde 1959 a 1986, año que empezó a enseñar en la Universidad Gregoriana de Roma. La Congregación para la Doctrina de la Fe acusó a su libro Hacia una teología cristiana del pluralismo religioso de graves errores contra verdades esenciales de la fe, como la encarnación, la trinidad, la redención, la Iglesia, la revelación y Jesucristo como único salvador.

Otro de los condenados ha sido el teólogo estadounidense Robert Haight por su libro Jesús, símbolo de Dios, donde propone una teología simbólica liberada de la sobrecarga dogmática, en sintonía con la cultura posmoderna y el actual pluralismo religioso. Roma le ha acusado de graves errores en cuestiones fundamentales de la fe como la resurrección, la divinidad de Jesús, el valor redentor de la muerte de Cristo y la universalidad de la salvación de Cristo. Se le prohibió enseñar Teología hasta que corrija sus posiciones.

ESPAÑA
Sanciones desde el pontificado de Pablo VI

En España las sanciones comenzaron ya durante el pontificado de Pablo VI. El teólogo José María Díez-Alegría se vio obligado a abandonar la Compañía de Jesús por su compromiso, asumido en conciencia, de publicar Yo creo en la esperanza (Desclée de Brouwer, Bilbao 1972), uno de los libros más influyentes en el catolicismo profético de entonces. En los años 80 las sanciones recayeron sobre el religioso claretiano Benjamín Forcano, obligado a abandonar primero la dirección de la revista Misión Abierta y más tarde la Congregación Claretiana junto con otros compañeros, y sobre los jesuitas José María Castillo y Juan Antonio Estrada, cesados de la docencia teológica en la Facultad de Teología de Granada, sin juicio previo. El actual arzobispo de Toledo, cardenal Antonio Cañizares, director del secretariado de la Comisión para la Doctrina de la Fe, justificaba el cese de los teólogos granadinos alegando que debían obediencia y ésta exigía en determinadas ocasiones sacrificar derechos humanos.

Tras una moratoria en los castigos y penas, las sospechas han vuelto a avivarse con el cambio de siglo. Primero fue Marciano Vidal por sus ideas sobre moral sexual. Los censores le obligaron a retractarse y le exigieron que en las nuevas ediciones de sus libros ya publicados incorporara las correcciones que se le hacían. Eso sucedía el año 2001. A principios del 2003 la censura cayó, sin previo aviso y con absoluta indefensión, sobre mí por mi libro Dios y Jesús. El horizonte religioso de Jesús de Nazaret, al que se acusaba de negar la divinidad de Cristo y el carácter histórico de la resurrección, sobre mis críticas a la jerarquía católica en los medios de comunicación y sobre la Asociación de Teólogos y Teólogas Juan XXIII, de la que soy fundador y actual secretario general, a la que no se consideraba una asociación de la Iglesia católica por carecer de reconocimiento canónico.

La última condena en España, ya durante el pontificado de Benedicto XVI, ha recaído sobre el jesuita Juan Masiá, quien ha sido cesado como director de la Cátedra de Bioética de la Universidad Pontificia de Comillas cuando le faltaban dos meses para cumplir los 65 años. La Compañía de Jesús prohibió la venta y reedición de su libro Tertulias de bioética, publicado con las debidas licencias del obispado de Santander. ¿Razón? Defender el uso de los preservativos para evitar abortos y embarazos no deseados.

LA ORTODOXIA
Sobre la verdad, la herejía y el poder
El problema de la verdad ha tenido siempre que ver con el poder, como reconoce Michel Foucault, hasta conformar un círculo vicioso del que resulta difícil salir: “Estamos sometidos a la producción de la verdad desde el poder y no podemos ejercitar el poder más que a través de la producción de la verdad”: Lo mismo puede decirse de la ortodoxia, que “no es tanto una cualidad del Espíritu como una necesidad del poder”, como afirma el poeta José Ángel Valente en su estudio sobre Guía de perplejos, del místico Miguel de Molinos, condenada por herética en el siglo XVII.

Los teólogos no queremos convertirnos en aplauso fácil del magisterio eclesiástico ni en simples comentaristas retóricos de sus discursos. Y las religiones sin teología se convierten en grandes centros de fundamentalismos.

   
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