VII ENCUENTRO DE REDES CRISTIANAS
23 y 24 de octubre de 2021

 

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Una primera lectura del Evangelio parece indicarnos que lo más importante es no pensar en uno mismo, llegando incluso al menosprecio personal como sinónimo de humildad, tal como parecen señalar algunos textos piadosos preconciliares que aún mantienen interés en determinados círculos cristianos: pensar en uno mismo como sinónimo de egoísmo, cuando lo cierto es que una lectura más madura de la Palabra puede indicarnos algo bien diferente, Me explico.

Una de las frases más conocidas e importantes atribuidas a Jesús es el imperativo de que tengo que amar al prójimo como a mí mismo. Esto quiere decir que existe un sano amor a uno mismo que debe casarse con esta otra frase no menos conocida: quien quiera seguir a Jesús, niéguese a sí mismo. Amarse sin ser egoísta… ¿es esto posible? Pues es lo único sano. De hecho, cualquier psicólogo, incluso los más novatos, nos dirá que el egoísta no ama a nadie, empezando por él mismo, precisamente por ser egoísta. Puede dar la apariencia de que toda esta energía que centra para sí mismo es debida al amor que se tiene. No obstante, su
actitud implica una gran incapacidad para amarse.

La sabiduría evangélica ilumina nuestra conducta casando los tres amores esenciales: amor a Dios, amor al prójimo y amor a uno mismo, empezando por este último como algo básico para un amor maduro a los demás y a Dios. La razón es que, si uno no se quiere, difícilmente es capaz de amar a otros en plenitud y madurez. La aceptación amorosa de mi persona, con todas las luces y sombras, es un aspecto esencial de la maduración espiritual del creyente.

De aquí surge la necesidad de sentirnos amados y amar fuera de nosotros pues amar es Plenitud.
La abnegación a la que nos invita el Evangelio no es a la infravaloración de la persona, da igual si se trata de uno mismo o del prójimo, ambos crisoles queridos por Dios, creados a su imagen y semejanza. Otra cosa es repudiar las actitudes y conductas insolidarias y egoístas que nos impiden llegar a ser lo que estamos llamados a ser, y que hay que domeñar cada día.

Recordemos que no hay que amar las obras malas… pero sí al pecador porque todos somos hijos e hijas amados por Dios.
Ese negarse a sí mismo podría traducirse por amarse plenamente a sí mismo, que es lo más alejado que existe del egoísmo, de la llamada “resignación cristiana” (un oxímoron), del narcisismo y del altruismo neurótico que degenera en la manipulación del prójimo. Servir a los demás con verdadera solidaridad cristiana requiere un cierto nivel de autoestima.

Si somos fruto del amor de Dios, estamos destinados a amar a los demás, a desear su bien y alegrarnos con ello. Porque eso es amar, alegrarnos con el bien ajeno, hacerlo propio y, por tanto, procurarlo siempre que podamos.
El Papa Francisco es muy claro: “La resignación no es una virtud cristiana”. Hemos escuchado muchas veces que hay que resignarse a la voluntad de Dios, sin entender que esta palabra tiene un matiz pasivo y opresor que señala la manera menos indicada de afrontar una dificultad. La verdadera aceptación ante lo inevitable está relacionada con una liberación y el aprendizaje maduro de la vida sin restregarse en culpas fatalistas que incapacitan para asumir
la realidad y seguir proyectando la vida, buscando mejores opciones y reinventarnos.

Los cristianos seguimos teniendo pendiente entender y vivir una sana autoestima como expresión madura de nuestra fe: aceptación de uno mismo, buscar y alegrarse de los logros ajenos, luchar para la erradicación del sufrimiento… Nada de esto está reñido con la verdadera humildad; al contrario. Exaltar el dolorismo haciendo del sufrimiento un fin no es cristiano.

¡Somos hijos de la Buena Noticia! Como dice el maestro Eckhart, noble y justa es la persona que, amándose a sí misma, ama a todos los demás en la misma medida. Y esta es la mejor manera de amar a Dios.
POSDATA – Si al leer esta breve reflexión quedan dudas, tenemos una poderosa arma de contraste. Ni más ni menos que detenernos y reflexionar, en serio, sobre las actitudes y conductas de Jesús, que es nuestro ejemplo a seguir; un ser humano asertivo, fuerte y compasivo a la vez, alegre y agradecido por los dones del Padre, alguien cercano que transmite vida y esperanza y cuyo amor lo llevó hasta el extremo, buscando siempre el bien de todos, especialmente de quienes peor lo tienen.

   
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