VII ENCUENTRO DE REDES CRISTIANAS
23 y 24 de octubre de 2021

 

Koinonia

La esperanza que viene del resucitado
Jesus de Nazaret, conducido por el Espíritu, “pasó haciendo el bien” (He 10, 38). Al leer las escrituras cristianas (Nuevo Testamento), inmediatamente nos confrontamos con la bondad y la misericordia de Jesús con los pobres, los huérfanos, las viudas y los extranjeros.

Él aparece, antes que nada, como una persona buena, verdadera, misericordiosa y justa: curó a muchos enfermos (ciegos, sordos, cojos,
leprosos…); liberó a muchas personas del poder de los espíritus malos; acogió “pecadores” (publicanos, prostituta, fariseos, samaritana…); se sentó a la mesa y comió con pecadores y despresados (?); denunció a autoridades religiosas y políticas; relativizó la ley y el templo; se enfrentó a costumbres y tradiciones que impedían la práctica del bien y excluían a los pobres y débiles…

E hizo todo eso en nombre de Dios. Reconoció en esas prácticas la acción misma de Dios, la llegada de su reinado.
Por causa de eso fue condenado, crucificado y asesinado. Jesús no murió, fue asesinado. Su muerte no fue fruto del acaso o del destino ni mucho
menos voluntad de Dios (Dios no es sádico, no quiere la muerte de su hijo ni se alegra con ella) o resultado de un espiritualismo maniqueista (rechazo o desprecio de la materia) o masoquista (placer en sufrir).

Fue consecuencia de su modo de vida, de su práctica. Vida/práctica que representaba una amenaza para el poder político (Lc 23, 2) y religioso (Jo 11, 48) de su tiempo. Por eso fue eliminado. Y tanto por las autoridades políticas (las únicas que podian condenar a la muerte de cruz) cuanto por las autoridades religiosas (tenido por maldito Dt 21.23).

Su imagen y experiencia de Dios, su práctica religiosa, en fin su fé, estaba en conflicto con la de las autoridades romanas y judaicas. Por eso lo crucificaron.

Pero Dios lo resucitó. La resurrección de Jesús fue el gran sí de Dios a Jesús de Nazaret. Él estaba y hacía la voluntad de Dios. Y Dios mismo lo confirma al resucitarlo. Por su bondad, misericordia y justicia para con los pobres y injusticiados de este mundo reveló el rostro del Padre y se
tornó mediador de su presencia (Lc 7, 17).

Como revelador y mediador de Dios, se hizo uno con Dios, participante de la vida y de la condición divina. Vive eternamente (Jn 17,3).

Al mismo tiempo que la resurrección es la confirmación de Jesús por parte del Padre, es fuente de alegria y de esperanza para los pobres y para todas las víctimas de este mundo. En primer lugar revela que Dios está del lado de los pequeños, de los injusticiados, de los crucificados, como estuvo siempre Jesús.

No es, como muchas veces se piensa, el Dios de los poderosos, el Dios que está del lado de los que se “dan buena vida” . En segundo lugar revela
que los verdugos no tienen la última palabra: Dios hace justicia a un crucificado. La vida (aunque corta y sufrida) es más fuerte que la muerte,
y Dios es Dios de la vida y de la justicia – da vida y justifica a su hijo crucificado.

En tercer lugar porque revela definitivamente que el camino de acceso al Padre es la práctica del bien, de la misericordia, de la justicia a los crucificados de este mundo. Quien quiera estar en comunión con Dios debe vivir y obrar como Jesus vivió y obró.
Debe “pasar haciendo el bien”. Ese es el camino para Dios. Y quien vive así vive ya, aquí y ahora, en Dios. Vive como resucitado.
La semana santa es un tiempo privilegiado para animar a la comunidad cristiana a vivir como Jesús vivió, no obstante las dificultades, los conflictos, las persecuciones y, así, vivir como resucitada, siendo señal de la bondad, de la misericordia y de la justicia de Dios en este mundo.

Esto es lo más fundamental: vivir resucitadamente desde ahora en aquella radical comunión con Dios que ni la muerte destruye. Desafío y tarea cotidianos. De las cosas más simples a las más complejas. De las relaciones familiares e interpersonales a la relaciones sociales y institucionales.

De los sentimientos y pensamientos a las acciones. De lo privado a o público. Del amor a la política… En fin, toda la vida vivida como Jesús vivió. Al final “quien dice que permanece con él debe obrar como él obró” (1Jo 2, ).

Así la semana santa será más que un día festivo prolongado o un conjunto de devociones y ritos religiosos y la Pascua será más que un evento
del pasado o una buena temporada para el comercio del chocolate.

La semana santa será un tiempo fecundo de animación de la fe, como una manera de vivir la vida. La Pascua será la actual victoria – todavía limitada, crucificada… – sobre el pecado que oprime y mata.

Esta es ciertamente la gran buena noticia que los cristianos tenemos (debemos!) dar al mundo: testimoniar con nuestra propia vida
que los verdugos no tienen la última palabra y que la vida es más fuerte que la muerte.

Lo cual sólo es posible siendo personas buenas y asumiendo, como Jesús, la Causa de las víctimas de los verdugos de este mundo: pobres, enfermos, viejos, sin tierra, sin techo, pescadores, encarcelados, minusválidos, negros, mujeres, empleadas domesticas…

¡¡¡Feliz Pascua!!!

   
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