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LulaFuente: La Jornada
Seguidores de Luiz Inácio Lula da Silva participan en una protesta contra el encarcelamiento del ex presidente brasileño, en el centro de Sao Paulo, este miércoles. Foto Xinhua
En Brasil quieren encarcelar una idea, no a un hombre. El ex presidente Luiz Inácio Lula da Silva representa la idea de que los pobres también pueden ingresar en las universidades, viajar en avión, comer carne de primera calidad, comprar su proprio coche y salir de vacaciones.
La mayor parte de la población brasileña cree en la inocencia de ex presidente Lula.

Esto es lo que muestra la encuesta del Instituto Quaest. Alrededor de 56% de los brasileños creen que el juez de primera instancia Sérgio Moro – quien condenó a Lula y pidió su prisión en la última semana – no probó la culpabilidad de Lula. Y 59% afirma que la justicia trata a Lula de manera más dura que a otros políticos brasileños.

Lula y su esposa, Marisa Letícia, ya fallecida, por años pagaron las cuotas de un departamento en la ciudad playera de Guarujá. Por esto es importante aclarar que en realidad la acusación no es por tener un departamento en ese edificio, porque a esto el si tenía derecho. Lo acusan de haber recibido un departamento más grande al que tenía derecho y además, recibir una reforma.

En su defensa, Lula afirma que el aún no había escogido al departamento, puesto que el edificio aún estaba en construcción. El ex presidente y su esposa fueron a visitar el departamento grande este, pero por fin decidieron que no era apropiado para la familia, dijo Lula al juez Sergio Moro. Y nunca se comprobó que de hecho Lula y su familia eran dueños de este piso.

En el mismo proceso fueron escuchados 70 testigos en el caso. De este total sólo uno de ellos afirma que el ex presidente era el verdadero dueño. Los demás dicen lo contrario. Los abogados de Lula presentaron un documento, de un banco público brasileño, donde queda probado que la constructora OAS, empresa dueña del edificio, ha dado este departamento como garantía a cambio de un préstamo. La constructora afirma en ese documento que el departamento le pertenece.

El juez Sergio Moro por su parte no presentó ninguna prueba, apenas un testigo, un empresario, Léo Pinheiro, que está preso y condenado por la justicia. Y que además ha hecho la declaración de que Lula era el dueño “oculto” del apartamento en un proceso de delación premiada, cuando recibe beneficios – como reducción de pena – por la información.

Estos elementos colocan sobre sospecha el proceso contra el ex presidente Lula. Además, los procedimientos jurídicos fueran tramitados en tiempo récord, con tiempos jurídicos nunca antes vistos en este país. Todo esto llevó la población brasileña a creer que en realidad no se trataba de búsqueda de justicia, sino de una persecución política en contra de Lula.

Jueces como Sergio Moro forman parte de una capa social a quien le son reservados ciertos privilegios. Cuando Lula llegó al poder, en 2002, solo un 9 por ciento de población lograba ingresar a la universidad y apenas un 5 por ciento se graduaba. Por lo tanto, llegar al puesto de juez o médico en Brasil no era para todas las clases sociales, sino que era un espacio de acceso exclusivo a las capas más altas de la sociedad.

Hoy, 58 por ciento de los jóvenes con edad entre 18 e 24 años están frecuentando la universidad. En 2004 este porcentaje era de 32 por ciento de jóvenes, según datos del Instituto Brasileiro de Geografía y Estadística (IBGE).

En 2004, 54 por ciento de los estudiantes de las universidades públicas brasileñas pertenecían a la elite de los 20 por ciento más ricos. En 2014 este grupo de ricos ocuparon 36 por ciento de los cupos. Esto no significa que la élite fue excluida, sino que las clases bajas fueron incluidas.

Los pobres fueron incluidos en el presupuesto público, aunque marginalmente. Digo esto por el principal programa de distribución de renta del gobierno Lula, el Bolsa Familia, utilizaba cerca de 0.9 por ciento del presupuesto público del país. Bolsa Familia es programa social que asigna una cantidad mínima de dinero a familias pobres que mantienen a sus niños en la escuela. Aunque la cantidad de recursos invertidos en estos programas sociales era pequeña, la élite nunca los ha visto con buenos ojos. Eran motivos de ira para la clase pudiente.

Programas como este, sumado al acceso al crédito personal y agrícola para campesinos, a la construcción de viviendas populares y el aumento de sueldo mínimo garantizaron la salida más de más de 40 millones de brasileños de la pobreza.

Los empresarios también ganaron. Las tasas de lucro de las empresas brasileñas nunca fueron tan altas. Pero a la clase alta no le interesa apenas estar bien, sino que tiene la necesidad de sentirse mejor que los demás. Superior en todo. No soportaron compartir los mismo espacios sociales con los trabajadores, los hijos de campesinos y empleadas domésticas.

Y Lula representa esta idea de igualdad, de un país que era menos injusto. El sábado (7), poco antes de presentarse a policía federal, él decía a una multitud que gente fue a apoyarlo: “ya no soy más un ser un humano, ahora Lula es una idea”. Pero también dijo: “ellos jamás podrán encarcelar nuestros sueños”. Ahora está preso, pero sus ideas son semillas, se multiplicaron”.

*Periodista de Brasil de Fato

Fuente: Red Mundial de Comunidades Eclesiales

   
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