VII ENCUENTRO DE REDES CRISTIANAS
23 y 24 de octubre de 2021

 

La Jornada

El Vaticano resolvió que Marcial Maciel es culpable de abuso sexual contra menores. Ante ello, la Congregación para la Doctrina de la Fe le aplicó, en abril pasado, la máxima suspensión canónica a divinis, con lo cual se le impide realizar funciones sacerdotales en público. En pocas palabras, lo reduce a laico, y con esto cierra el caso en su contra.

El National Catholic Reporter, principal diario católico de Estados Unidos, fue informado que, en breve, el Vaticano hará oficial la noticia, luego de ocho años de que este caso se ventilara en sus tribunales eclesiásticos. Sin embargo, en la reciente semana de Pascua, algunas de las víctimas fueron informadas de manera extraoficial de la sentencia.

Ante la nula disposición de Juan Pablo II para asumir la responsabilidad de investigar a Maciel, acusado desde sus inicios como seminarista de ser pederasta, el nuevo Papa decide autorizar el castigo.

El fiscal especial

En diciembre de 2004, cuando era prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, en cuyos tribunales se llevó el caso, nombró a Charles J. Scicluna fiscal especial para este asunto. El sacerdote maltés llegó a México el 3 de abril de 2005, para entrevistarse con víctimas del fundador de los Legionarios de Cristo, justo cuando en Roma agonizaba Juan Pablo II.

Scicluna se llevó al menos 30 expedientes con relatos de afectados. Casi cuatro veces más que las denuncias hasta ese entonces presentadas de manera formal ante el Vaticano. Con esto se reabrió formalmente el asunto, congelado varias veces en el anterior papado, esta ocasión bajo el cargo de absolución de cómplice, toda vez que el correspondiente al abuso sexual contra menores prescibe a los 10 años de los ilícitos cometidos, según el Código de Derecho Canónico.

La mayoría de los expedientes corresponden a víctimas de más de 60 años, que sufrieron las vejaciones cuando niños y adolescentes, pertenecientes a la orden de los Legionarios. Sin embargo, el especialista en temas religiosos Elio Masferrer dijo que se entrevistó con varios de los acusadores, algunos de ellos jóvenes. Es decir, a las viejas denuncias se sumaron otras.

Mes y medio después, la Legión de Cristo, en un intento por confundir a la opinión pública y presionar a Roma, falseó un comunicado del Vaticano diciendo que ”en breve” se haría público que no había ningún proceso católico en curso, ni lo habría, en contra de su líder. Sólo que acreditó como responsable de sus dichos a la Secretaría de Estado del Vaticano, cuando corresponde a la Congregación para la Doctrina de la Fe emitir el juicio y hablar al respecto. Este hecho molestó al cardenal Ratzinger, el actual papa Benedicto XVI, sucesor de Juan Pablo II.

El caso se destapa en 1995, luego de que en su lecho de muerte Juan Manuel Fernández Amenábar, legionario de Cristo en su adolescencia, le confiesa al hoy ex sacerdote Alberto Athié Gallo que fue abusado sexualmente por Maciel, y le hace jurar que hará pública la denuncia.

Athié pide la ayuda del entonces obispo de Coatzacoalcos, Carlos Talavera Ramírez, para que lleve el caso al Vaticano, donde ya conocían de las acusaciones que desde tiempo atrás se hacían contra el fundador de la orden. El jerarca católico habla con el cardenal Ratzinger, quien se limita a escuchar la versión. Un año después, La Jornada da cuenta ampliamente del asunto.

Sin embargo, Roma determinó cancelar la investigación correspondiente por la relación de amistad que Maciel fincó con Juan Pablo II, y mantuvo una actitud silenciosa, casi cómplice, al respecto. Pero en 1998, el sacerdote Antonio Roqueñí, a petición de ocho de las víctimas, presenta una demanda ante los tribunales eclesiásticos por absolución de cómplice. Es decir, acusa al sacerdote originario de Cotija, Michoacán, de haber atacado sexualmente, confesar a sus víctimas, perdonarlas y mandarlas a comulgar.

El primer aviso que el padre Maciel recibe sobre lo que determinaría el cardenal Ratzinger en su contra se da en enero de 2005, al cumplir 84 años de edad y 60 de sacerdocio, y se ve obligado a dejar la dirección de la orden religiosa que fundó en 1941. Ese hecho fue, para Elio Masferrer, una salida ”elegante”, mientras que para Roberto Blancarte, también especialista en religión, se trató en ese entonces de salvaguardar a la legión. Hoy, con estos hechos se confirma que Maciel no tuvo otra opción que acatar la ”sugerencia” del hoy sucesor de Juan Pablo II.

Desde entonces, el sacerdote mantiene una vida más que privada. En algún momento ha enviado algún mensaje a los Legionarios de Cristo, relacionado con la vida religiosa. Pero el hoy octogenario prácticamente ha desaparecido de actos públicos. Algunos de sus amigos hasta niegan haberlo visto e inclusive los impulsores de la causa de canonización del beato Ricardo Guízar y Valencia, su tío, buscan el deslinde de este lazo familiar desde que Roma, a inicios de este mes, aprobó este paso. Seguramente no prosperará el intento de Maciel por beatificar a su progenitora, conocida como mamá Maurita. De la página electrónica de la orden ya desapareció el vínculo donde se explican su ”vida, virtudes y milagros”.

Aunque nadie deja de ser bajo ninguna circunstancia sacerdote, pues para la Iglesia católica es un sacramento, la suspensión impuesta en este caso al padre Maciel lo imposibilita para oír confesiones, absolver, oficiar misa, predicar, ocupar cualquier cargo de gobierno dentro de la Iglesia, dentro de su orden religiosa, e incluso impartir los sacramentos.

El Código de Derecho Canónico establece en su norma 1333, referente a las suspensiones para clérigos, conocidas como sentencia a divinis, apartado tres, que ésta aplica sobre el ejercicio de todos o de algunos derechos o funciones inherentes a un oficio. En términos eclesiásticos es la pena máxima que un sacerdote puede recibir. En la historia de la Iglesia católica no se tiene antecedente de que a otro fundador de una orden el Vaticano se le haya impuesto en vida.

Sin embargo, en 1945, el padre Marcial Maciel recibió una pena igual por parte del entonces obispo de Cuernavaca, Francisco González Arias, por haber abusado sexualmente del niño Francisco de la Isla, y nunca se supo cómo se le reincorporó a sus funciones. Es uno de los muchos puntos oscuros en la biografía del sacerdote pederasta.

Para Roma, éste es un castigo ejemplar: degradarlo a laico.

   
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