VII ENCUENTRO DE REDES CRISTIANAS
23 y 24 de octubre de 2021

 

Enviado a la página web de Redes Cristianas

Así son nuestras madres, así son todas las mujeres, hayan o no parido: ¡Madres de muchos hijos! porque crían muchas criaturas, de ellas, de otros familiares y hasta de amigas y vecinas. Ser madre no es sólo dar a luz una vez en sangre y dolores, sino ayudar a los hijos propios y ajenos a nacer a ellos mismos: a amarse, valorarse, despertar sus talentos, cualidades y capacidades. Ser madre es acompañar, aconsejar, ser cómplice, ayudar a cada uno a parirse a una vida plenamente humana y feliz.

¡Cuántas mujeres nos han ayudado a crecer, a encontrarnos, a descubrir el camino adecuado, la palabra justa! ¡Cuántas mujer nos han ayudado a amar de verdad, a enamorarnos, a entregarnos, a apasionarnos por una causa grande, más grande que nosotros! ¡Cuántas mujeres no han ayudado a encontrar a un Dios de la Vida, a un Jesús compañero, una comunidad de hermanos verdaderos más allá de la familia, un Reino de fraternidad y justicia a construir cada día!

¡Madres conocidas y no reconocidas que pintan de paraíso los días tristes y las horas de desánimo! Madres que paren una y otra vez los hijos propios y ajenos. ¡Bendito vientre que nos abrigó y nos tejió durante nueve meses y bendito corazón que latió y late para que vivamos y amemos de verdad! ¡Benditos ojos que no se casan de mirar y esperar, a veces contra toda esperanza hasta que logren una vida nueva! Son partos repetidos, dolorosos que hacen sangrar el corazón. Logros y victorias repetidas que les ensanchan la vida y la felicidad.

¿Sabemos ser agradecidos a lo menos una vez al año? ¿Cuándo dejaremos de comprar para el día de la madre un canasto lleno de alimentos para que, otro día, su Día, se cansen a cocinar mientras degustamos una cerveza acompañada de palabras y risas de mal gusto? ¿Sabemos ser cariñosos siempre con nuestras madres, regalarles una flor para su santo, su cumpleaños, su día, el día de las mujeres… y cuando se nos ocurra, sin razón, sino para decirles ‘Te quiero, madre’!

Además, ¿sabemos reconocer que son el rostro femenino de Dios, nada menos? Él nos ha creado “a su imagen y semejanza”, varón y mujer. El varón es -debe ser- el rostro masculino de Dios. La mujer es su rostro femenino. Las parejas que se aman son el rostro completo de Dios, por eso que el matrimonio es un sacramento, es decir, presencia real de Dios padre y madre entre nosotras y nosotros.

Se bendice el matrimonio para que cumpla con esta misión. ¿No es su amor el amor de Dios, su abrazo el abrazo de Dios, su perdón el perdón de Dios, sus ojos de cariño los ojos de Dios, su sonrisa esperanzadora la sonrisa de Dios, sus caricias las caricias de Dios? Es con la pareja que Dios ha compartido su poder creador: los esposos son, como Dios, creadores de vida, cocreadores con él. Por eso que, en este sentido, la relación sexual es un acto sagrado… ¿O no lo habíamos pensado? De allí el mandamiento de ‘honrar padre y madre’ porque nos hicieron el mejor regalo del mundo, al pro-crearnos, valga la palabra.

El primer papa que reconoció públicamente esta verdad que Dios es “Padre y Madre” fue el papa Juan Pablo 1°, antecesor del papa Juan Pablo 2°. Eso fue en el año 1978. Y sus palabras llevaron mucha polvareda entre los clérigos tradicionalistas, atrasados y machistas. Pero quedó para la historia y la grandeza de la mujer.

La Biblia nos desvela el rostro femenino y maternal de Dios en muchas ocasiones, tanto en el Nuevo como en el Antiguo Testamento. Cuándo leemos la Biblia -¿la hemos leído alguna vez en entero?- o cuando rezamos los Salmos ¿hemos prestados atención a estas descripciones? En el Antiguo Testamento, Dios es calificado de “hermana, amiga, partera y parturiente…” Job nos habla de la creación como el parto de Dios y pone estas palabras en la boca de Dios: “¿Qué seno dio a luz el hielo? Dios es el águila que nos protege y nos lleva sobre sus alas o la osa que sabe cuidar”.

Podemos “reclinarnos en su regazo”: “Mi alma es como la de un niño saciado que se aprieta a su madre”. El profeta Isaías es explícito refiriéndose a Dios: “¿Puede una madre olvidar a su hijo…? ¡Yo, nunca!” Habla de “los que me hice cargo desde el seno materno”. “Como un hijo a quien consuela su madre, así yo los consolaré a Uds.”. Jesús también nos pinta al Dios madre, parecido a la “mujer que busca su moneda perdida” o “la gallina que reúne a sus pollitos bajo sus alas”, y el Reino es semejante al “fermento mesclado en la masa por una mujer”…

¡Loas a ti, Madre, mujer divina!
Pongámosle, en particular los varones, a esta próxima celebración del Día de la madre una nota amorosa y ¿por qué no? bíblica… sin olvidar a las muchas mujeres que fueron para nosotros y nosotras unas madres nuestras.

   
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