Las Comunidades y Grupos Cristianos de Base de Navarra integrados en Redes Cristianas hemos hecho una “REFLEXION SOBRE FRONTERAS E INMIGRANTES Y MEMORIA DE MONSEÑOR ROMERO Y VICTOIRE INGABIDE”.

Algo más de 250 personas hemos preparado el Adviento y celebrado la Navidad de manera solidaria, con tres reuniones.
Al comenzar el Adviento tuvimos una sesión de escucha de la realidad sobre “Inmigrantes en Navarra, acogida y solidaridad” en la que participaron Ana Turcan, inmigrante moldavo-rumana mediadora intercultural y música, que además de relatarnos su peripecia viajera, sus dificultades y gestos de acogida que ha vivido entre nosotros, nos obsequió con un breve recital de melodías de su país. Esther Baztán de CARITAS  e Idoia Oneca de CEAR (Comité Español de Ayuda al Refugiado) nos ofrecieron últimos datos sobre inmigrantes y refugiados en Navarra. Terminamos y aprobamos el comunicado con una eucaristía el pasado 15 de diciembre. Se recogieron 130 firmas. El título es: “INMIGRANTES Y FRONTERAS: DE LA HOSTILIDAD O INDIFERENCIA A LA HOSPITALIDAD”.

 

INMIGRANTES Y FRONTERAS: DE LA HOSTILIDAD O INDIFERENCIA A LA HOSPITALIDAD

Ante la cercanía de la Navidad, cada año, un grupo de mujeres y hombres cristianos de base nos reunimos para ahondar en el sentido de la fiesta que celebramos, atender a alguno de los retos actuales del diálogo fe-justicia y trasladar a la opinión pública, de la sociedad y de la Iglesia, nuestras preocupaciones, esperanzas y propuestas de intervención para mejorar la convivencia de todos y la situación de las personas más débiles o necesitadas de ayuda.

Este año, teniendo en cuenta la proximidad de las elecciones europeas, autonómicas y municipales, nos hemos acercado a la realidad de las migraciones y las fronteras, escuchando a personas inmigrantes y organizaciones que les atienden, con la intención de  contribuir a superar actitudes, propias o ajenas, de indiferencia u hostilidad, y alcanzar otras de acogida y hospitalidad. La movilidad de personas va a seguir marcando el futuro de la vieja Europa, y tenemos la imperiosa urgencia de replantear, ante ella, valores, principios y políticas.

Hoy en día hay en todo el mundo no menos de 232 millones de personas migrantes que vendrían a ser el equivalente al número de habitantes del quinto país más poblado de la Tierra. Más de 65 millones son personas que se han visto obligadas a abandonar su hogar por un conflicto armado, por violencia generalizada o por un desastre natural. Del total, 21 millones son personas refugiadas; 38 millones desplazadas internas en su propios países; y algo más de 3 millones solicitantes de asilo.

En España, en 2017, entraron 532.482 personas inmigrantes. De ellas, solamente 27.349 lo hicieron “irregularmente” por el Estrecho, Ceuta o Melilla: un 5,1%, ínfima minoría. El total de la inmigración procedente de África supuso 63.000 personas, un 12%.

En Navarra, también durante 2017, el número de personas empadronadas nacidas en el extranjero creció en 4.124, un 4,7%. Eso supone 6,4 nuevos inmigrantes por cada 1.000 habitantes, un tercio de lo que sucedía anualmente en la pasada década. En nuestra Comunidad hemos pasado en poco tiempo de no recibir menores no acompañados a tener ahora 42 atendidos. Viven en nuestra comunidad personas nacidas en 115 países diferentes.

Hablamos, en muchos casos, de hombres, mujeres y niños erradicados de su tierra, por el hambre, la falta de horizonte vital, la explotación, la codicia, o la violencia de las armas que venden los países más ricos. Todo ello en un contexto de creciente desigualdad entre países y grupos sociales, de conflictos bélicos enquistados o recientes, y de prácticas muy parecidas al saqueo colonial. Personas echadas de sus hogares, apartadas de su cultura, estigmatizadas a menudo como irregulares, clandestinas o ilegales.

Los países en vías de desarrollo son los más solidarios con las personas refugiadas y acogen al 86% de los refugiados de todo el mundo. Mientras, Europa externaliza sus problemas a terceros países, y en las fronteras se vive un drama que, una y otra vez, desemboca en tragedia, ante nuestra indiferencia, y nuestra abundancia y privilegios. El Mediterráneo se ha convertido en el mayor cementerio a nivel mundial. En noviembre de 2017 el diario alemán Taggespiegel publicó la lista completa de nombres, edades y lugares de origen de 32.293 personas que murieron, desde 1993 hasta esa fecha, ahogadas en el mar intentando llegar a Europa.  A quienes, después de un itinerario penoso y de sufrir extorsión de negociantes sin escrúpulos, alcanzan el continente de manera “ilegal”, personas que no han cometido ningún delito, sino una irregularidad administrativa, se les devuelve “en caliente” a su última procedencia, privándoles del derecho a reclamar asilo, o se les recluye de manera forzosa en Centros de Internamiento de Extranjeros (hay 8 en España) donde pierden su libertad.

La estrategia de algunos poderes económicos, políticos y mediáticos –que corresponde a nuestro egoísmo y ceguera- es señalar a quienes llegan como los que vienen a ocupar nuestro lugar, a arrebatarnos puestos de trabajo y disminuir los limitados recursos de nuestro bienestar. Hay que trabajar decididamente para desterrar  ese discurso, alejado de la verdad y la justicia, que  cala entre nosotros, los “autóctonos”, y olvida cuánta de nuestra gente tuvo que emigrar de manera forzosa obligada por la pobreza, o que ir al exilio por razones políticas. Los inmigrantes no son “trabajadores temporales invitados”, sino seres humanos, iguales a nosotros y sujetos de derecho. Desde muy antiguo la hospitalidad, además de un valor y una práctica, se ha considerado un deber, incluso legal, y una clave para la construcción de paz entre los pueblos. Esa hospitalidad, ejercida en la esfera comunitaria, se  torna en vecindad, donde los que han venido han de poder participar, votar, influir y codecidir en temas que nos afectan a todos.  Es posible llegar a sentir la alegría de trabajar juntos por unos modos de vida incluyentes y por una economía alternativa que pone en el centro al ser humano.

Sabemos bien, por experiencia, que todos nosotros vivimos, porque hemos sido acogidos por otras personas. Necesitamos a los otros para vivir.

Una acogida de buena calidad humana, una verdadera hospitalidad nace en el ámbito personal, madura en el terreno comunitario y social, y alcanza su plenitud cuando fecunda las políticas públicas. Afortunadamente  hay, en nuestro país y en nuestra comunidad, políticas garantistas y universalistas de salud, educación y rentas garantizadas, para asegurar los vínculos sociales. Hay que asegurarlas y extenderlas. Debemos insistir en una más decidida cooperación del Estado y todas las Comunidades Autónomas para la acogida. También en necesarios acuerdos europeos sobre emigración, acompañados de políticas de comercio y cooperación internacional que pongan en el centro los Derechos Humanos en todo el mundo.

Quienes firmamos este escrito no nos sentimos mejores que nadie. Pero intentamos ser seguidores, siquiera sea modestos y mediocres, de Jesús, “el hombre para los demás”,  el constante peregrino y caminante, libre de estrechos vínculos de sangre o nación, que tuvo siempre mirada y entrañas compasivas. Los relatos de su infancia en los evangelios lo presentan como hijo de una familia emigrante en busca de acogida en su propio nacimiento, que dice de sí mismo “no tengo un lugar donde reposar mi cabeza” y  asegura un criterio definitivo que es oferta de sentido y alegría para nuestra existencia: “Fui forastero y me recibisteis en vuestra casa… Lo que hicisteis con alguno de los más pequeños de estos mis  hermanos, me lo hicisteis a  mí”.

Agradecemos la presencia y los servicios que nos dan personas y comunidades inmigrantes, y los de las Asociaciones e Instituciones que les acompañan. Somos una única familia humana. Todos emigrantes, viajeros de esperanza. Feliz Navidad. Eguberri on.

Pamplona y Tudela, Navidad de 2018

   
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