Alandar

Que a Mary Salas el Consejo de la Mujer de Madrid le reconociera como una de las ‘Cien ilustres del siglo XX’ lo dice casi todo de ella. Estamos ante una mujer que, no sólo ha pasado ya a la posteridad, sino que ha ‘hecho’ historia. Y es que su vida ha sido todo actividad, sobre todo intelectual. Aun hoy, sólo se ve limitada por el desgaste físico de sus 84 años, ya que su mente se conserva despierta y lúcida.

El hecho de que una institución civil le haya prestado atención, a pesar de haber trabajado siempre en la órbita de la Iglesia, muestra también otro dato significativo: que su tarea en favor de los derechos de las mujeres ha adquirido valor universal. No en vano ha sido el motor de su vida en sus facetas de periodista, escritora, formadora e investigadora social.

Mary Salas, como todas las mujeres de su edad, creció en un ambiente familiar y social impregnado de catolicismo, y de la ideología de sumisión femenina que luego el franquismo impuso a toda la sociedad. Ella, a pesar de su fidelidad a la Iglesia, nunca aceptó esta “antropología trasnochada”, que cree que aún pervive, y puso todo su afán en luchar por devolver a las mujeres los derechos de los que la dictadura les había privado. Lo hizo desde Acción Católica. En concreto, desde los Centros de Formación Familiar y Social, que presidió durante diez años, hasta 1968. Esta fue una fecha crítica para la organización. Dimitieron “de golpe” un centenar de dirigentes nacionales por una crisis de entendimiento entre los seglares y la jerarquía. “Fue un problema de interpretación del Concilio, que los seglares quisieron aplicar con todas las consecuencias. Hubo malentendidos, luego un intento de diálogo, porque no teníamos toda la razón –nunca tiene nadie toda la razón–, pero no fue posible el entendimiento”, rememora.

También ella abandonó sus responsabilidades en Acción Católica. Sin embargo, no dimitió de los Centros de Formación Social, pues “me pareció que era una obra más o menos autónoma”. Pero le echaron porque, admite con franqueza, “no les era grata”.

Eran épocas en que se sospechaba de toda persona que quisiera introducir un poco de oxígeno en aquella atmósfera sofocante. Y ella era “feminista y demasiado progresista”, y trataba de inculcar a las mujeres que tenían los mismos derechos que los hombres, la misma capacidad para pensar, y de ser autónomas y libres”.

Las animaba a que estudiaran y trabajaran, aunque luego resultara difícil llevar esto a la práctica, ya que las casadas debían dedicarse al hogar. Y si trabajaban tenía que justificarlo, por ejemplo, en necesidades económicas.
La que no se casaba se hacía monja y ser soltera era “casi denigrante”, así que tuvo que reivindicar este estado. Escribió ‘Nosotras las solteras’.

Guarda recuerdos imborrables de entonces. Fue a “lugares imposibles con calores imposibles” en momentos históricamente decisivos como la descolonización. En 1968 viajó al África Negra con Pilar Bellosillo en una misión para la promoción de la mujer. Tras una reunión en Kinshasa (Rep. Democrática del Congo) recorrieron Costa de Marfil, Camerún y Senegal para formar a dirigentes católicas a fin de orientales en la nueva era de la independencia. “Escribe Pilar Bellosillo que se les abrían los ojos al decirles que su cometido no era sólo tener hijos”.
Este mismo mensaje lo habían llevado antes a Argentina, Colombia y México, en un curso de un mes pagado por la UNESCO para la formación de dirigentes. Y a Madagascar, donde se aplicó a instruir a mujeres rurales. Esta última experiencia todavía le impresiona. “Fue un curso precioso. ¿Tú sabes qué mujeres tan listas? Me emocionaron, con tres niños colgados, uno de cada costado y otro del pecho, todos los días, allí en clase”.

Pero, de todas sus misiones, la que le dejó más profunda huella fue la que le llevó a la India. “Hubo una hambruna tremenda, yo creo que la última. En Roma nos encargaron a Acción Católica que hiciéramos colectas. Era una situación angustiosa, se estaba muriendo mucha gente. Sacamos 110 millones de pesetas. Escribimos a Indira Gandhi preguntándole qué necesitaban. Nos dijeron que arroz y vehículos para transportar las ayudas que les llegaban al puerto de Bombay.”

Tuvieron problemas para fletar un barco para llevar el suministro, para sacar las divisas, para conseguir el arroz adecuado… pero allí se presentaron con 35 camiones ‘Barreiros’, otros tantos ‘Pegasos’, toneladas y toneladas de arroz y dinero en efectivo para ir cubriendo las necesidades que encontraban a su paso. “Dimos dinero para abrir pozos, comprar arados. Parecíamos mafiosas sentadas a la mesa contando los fajos de nuestro maletín”, comenta divertida. Pero reconoce que lo que más satisfacción le produjo fue ayudar a la primera mujer médica de la India a equipar un quirófano elemental. Costó, recuerda, 800.000 pesetas.

Con su marcha de Acción Católica, se vio privada de todas estas responsabilidades, pero nada le pudo arrebatar la inquietud de instruir y concienciar de su dignidad a las mujeres, algo a lo que la impulsó nada menos que el papa Pío XII. “En los años 50, nos animaba a las mujeres católicas a que ocupáramos todos los espacios. El quiso presentar un feminismo cristiano, porque veía la fuerza del feminismo laico. Decía que la mujer tenía mucho que hacer para transformar un mundo selvático en humano. Yo se lo oí en Roma y fíjate lo que significaba esto para las mujeres de España, que no teníamos ningún derecho”.

Continuó en la tarea feminista y educadora como responsable de Educación de Adultos de la Unión Mundial del Organizaciones Femeninas Católicas y desde el Seminario de Estudios Sociológicos sobre la Mujer, entre otros organismos en los que participaba. Todo ello lo compaginaba con su vida laboral. ¿Cómo lo hacía para llegar a todo? “Como decíamos en aquella época, saliendo pronto de una reunión para llegar tarde a la siguiente”.

Teología feminista

A la promoción de la mujer le siguió la teología feminista. De ello trata otro de sus libros, ‘De la promoción de la mujer a la teología feminista’. “Empezamos trabajando con la mujer en la sociedad civil y acabamos en la teología feminista, creando una teología propia”. El proceso fue gradual, pero hubo una fecha clave: el Sínodo de 1971, al que asistió Pilar Bellosillo, como auditora. “Trataba sobre sacerdocio y justicia. Un cardenal canadiense, cuando nadie se lo esperaba, lanzó una proclama. Dijo: ‘Qué hacemos aquí que falta la mitad de la Iglesia: las mujeres. Hablamos de justicia y las mujeres esperan un mensaje de autenticidad. Hubo un silencio cortante, cuenta Pilar Bellosillo. Allí se planteó oficialmente el papel de la mujer en la Iglesia”.

No se puede decir que en tres décadas y media se hayan visto muchos avances. Ella interpreta que “ha habido un cambio cultural tremendo y la Iglesia no acaba de encontrar su lugar”.

La perspectiva que le dan los años le permiten, no obstante, ser paciente y ecuánime. Se ve que entiende de lo esencial y una no se resiste a preguntarle qué considera fundamental en la vida. “La amistad”, responde sin dudar. “Durante los años en que he trabajado alocadamente he descuidado a mis amigos, pero tengo la suerte de que ellos no me han descuidado a mí. Sí –reflexiona-, me arrepiento de no haber cultivado la amistad en años”.

   
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