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ORGULLOSOS DE SU ORGULLO
(“Eco disonante” del obispo Argüello)
El colectivo LGTBI también siente orgullo de ser padres y madres
Poca atención han merecido las declaraciones del secretario general de la Conferencia Episcopal Española, monseñor Luis Argüello, en rueda de prensa el jueves 27 de junio. Intentaré convertirme en disonante eco de sus apreciaciones. Preguntado por la opinión de la Iglesia de cara a la entonces próxima celebración del “Orgullo LGTBI”, Argüello aprovechó la ocasión para arremeter contra la homosexualidad, sutilmente pero sin tapujos. El portavoz episcopal se despachó sin reservas e invocó el deseo de la Iglesia de que se promueva “el orgullo de ser madre y padre” para que se valore el significado de la diferencia sexual: “El ser hombre o mujer”. “Aceptando y respetando la situación de las personas, cualquiera que sea su orientación sexual, desearíamos que se promoviera el orgullo de la maternidad y la paternidad”. Sí, monseñor.

Ese orgullo ya existe. La mayor parte de la humanidad siente profundamente ese orgullo. Cuántos hombres y mujeres estamos orgullosos de ser padres, madres, abuelos y abuelas… ¿Ignora usted que también entre el colectivo LGTBI existe ese orgullo, porque no pocos son, de hecho y de derecho, padres y madres, a pesar de tiránicas trabas?

Este colectivo desea que se les reconozca su “diferencia sexual”

No menos descomedida fue otra de sus afirmaciones: “Nos parece que en este momento es muy importante resaltar el significado de la diferencia sexual, el ser hombre o mujer, de la familia, de la apertura a la vida”. Por partes: Precisamente, monseñor, lo que desea este colectivo es que se les reconozca su “diferencia sexual”, ser “hombre o mujer” sin sentirse avergonzados ni despreciados por ello. Y otrosí, monseñor, ¿a qué modelo de familia se refiere usted? (es una pregunta retórica por mi parte) Y cómo me crujen las neuronas cuando habla de la “apertura a la vida” el representante de un colectivo llamado clero, que por rigurosa exigencia centenaria de su Iglesia obliga a sus súbditos a “cerrarse a la vida” en el celibato.

Siempre ha habido personas homosexuales

Desde el comienzo de los siglos. En todos los estamentos de la sociedad, también en el clerical. Ellos no lo han elegido. Tampoco quieren vivir avergonzados por ello. Sin embargo, han estado destinados a no existir. Han estado estigmatizados y etiquetados como “vagos y maleantes”, desviados, corruptos, degenerados, pervertidos sexuales o enfermos necesitados de tratamiento terapéutico para su rehabilitación como personas “normales”. Han tenido que sufrir y soportar calladamente la vergüenza, la exclusión, las agresiones físicas y una cruel, despiadada y, a veces, violenta represión que hace que, incluso hoy día, muchos hombres y mujeres vivan su orientación a escondidas y angustiadas por miedo al rechazo. Su identidad no es “homosexual”, sino su nombre y apellidos.

Ninguna persona debe avergonzarse de lo que es

El Orgullo LGTBI no ha nacido de la necesidad de celebrar el hecho de ser homosexual, sino del derecho a vivir como hombres y mujeres libres de persecución y discriminación. La noción básica del «Orgullo” reside en que ninguna persona debe avergonzarse de lo que es, sea cual sea su sexo biológico, su orientación afectiva, su identidad sexual o su rol de género. “Lo peor en la vida de un ser es no ser lo que uno es”. Desde un punto de vista lingüístico, el término «orgullo» designa “el amor propio o la estima que cada persona tiene de sí misma como merecedora de respeto o consideración”. Esta definición transmite la idea de una dignidad intrínseca que todo ser humano posee y que no debe verse afectada por su origen, por sus ideas, por su religión, por su conducta o por su orientación sexual.

LGTBI está decidido a no permanecer encerrado, callado y marginado

El portavoz episcopal ha comentado también que “la Iglesia hace más elogio de la humildad que del orgullo”, pero entiende “el sentido noble de la palabra”, como es “el orgullo de pertenecer a un club de fútbol o ser de un pueblo”. La primera afirmación no se la cree ni él. El “humilde orgullo” que atribuye a la Iglesia significa arrogancia, vanidad, la “humildad” de estar en exclusiva posesión de la verdad… La segunda acepción se corresponde con el orgullo del que hace alarde el colectivo LGTBI. Por eso salen a las calles, decididos a no permanecer en lo sucesivo encerrados, callados y marginados. Decididos a proclamar los derechos conquistados, a celebrar y mostrar su singular identidad, recreando un ambiente lúdico, el carácter festivo de su orgullo.

Así lo manifiestan otros colectivos, también orgullosos de su orgullo: El orgullo patrio representado en su bandera y exteriorizado en alardes y desfiles militares; el orgullo deportivo del campeón, exaltado en la fuente de Cibeles o Neptuno; el orgullo motero que satura de decibelios carreteras y ciudades; el orgullo de un modelo tradicional de familia, enaltecido en las antaño concentraciones “roucokikas”; el orgullo religioso de pertenecer a una cofradía, proclamado en procesiones “semanasanteras” y romerías populares… Alguien dirá que las comparaciones son odiosas. Sí, cierto; pero también es odiosa la ley del embudo, “para mí lo ancho y para ti lo agudo”.

Monseñor exhibió el perfil eclesiástico habitual, clónico, el talante clerical

La deplorable declaración de monseñor es una buena oportunidad para preguntarse qué sensibilidad manifiesta la Iglesia ante la sociedad. Por su parte, cualquier portavoz debe mostrar una idónea competencia en sus intervenciones públicas y cabe exigirle un fino tacto para entender cuál es el momento social en el que vive. Monseñor exhibió el perfil eclesiástico habitual, clónico, el talante clerical que suele presentar la jerarquía. A veces se tiene la sensación de que no disciernen el mundo en el que viven o confunden la realidad con su propio catecismo ideológico. ¿Son los obispos garantes de la verdad? ¿Quién ha otorgado al clero la exclusiva en el discernimiento del comportamiento humano y la moral? La respuesta es evidente: Ellos mismos, sus propias leyes. A diario se escuchan y se leen manifiestos, sermones y peroratas de obispos, algunos de ellos vocingleros, aquejados de incontinencia verbal. Boca grande, pero mente pequeña. Tan pequeña, tan pequeña… que no les cabe la menor duda. La pena es que la verdad no está en la medida de la boca sino en la del corazón.

“El otro es mi hermano sea quien sea”

Hagamos realidad, no grandilocuente retórica, las palabras del cardenal Carlos Osoro el 30 de junio, en el Cerro de los Ángeles, en la consagración al Sagrado Corazón de Jesús. Reproduzco la crónica:

“El arzobispo de Madrid ha recordado en su homilía que el Señor dio la misión a los cristianos de «no desentendernos de nada que afecte al ser humano ni de nadie» y ha incidido en que un pueblo «crece si se preguntan todos los que pertenecen a él, aunque sea desde perspectivas distintas, pero con convicción profunda, ¿quién es mi prójimo?».

En este sentido, ha subrayado que «la única manera de construir lazos sociales entre los hombres, de vivir en amistad y paz, es comenzar reconociendo al otro como prójimo», entendiendo «al hombre como fin y nunca como un medio». «El otro, nos enseña Jesús, no es mi competidor, ni mi enemigo, es mi hermano sea quien sea –ha abundado–. Más Evangelio, y menos Derecho Canónico y Catecismo.

   
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