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Tamayo3La Iglesia se articula en torno a las comunidades de base
Medellín ha tenido una importancia fundamental en el desarrollo y evolución de las CEB. Mientras estas eran consideradas un movimiento marginal y subterráneo en Europa y U.S.A., y estaban perseguidas por sus jerarquías, la Conferencia Episcopal de Medellín reconoció su plena eclesialidad y las convirtió en el quicio de la acción pastoral. Desde entonces fueron en muchas diócesis el elemento comunitario enucleador que sustituyó a la estructura jeráquico-patriarcal de la Iglesia latinoamericana.

Antes de Medellín, las comunidades de base constituían ya un fenómeno sociológico, teológico y pastoral ampliamente difundido, con una presencia significativa en la Iglesia y la sociedad latinoamericanas. Algunos obispos las habían promovido, animado e incluso privilegiado como motor de renovación eclesial y cauce prioritario de evangelización liberadora. Veamos un ejemplo. En el encuentro de pastoral de la diócesis brasileña de Crateús celebrado en 1967, siendo obispo Dom Antonio Fragoso –uno de los firmantes del “Pacto de las Catacumbas” en 1965-, se aprobó la siguiente propuesta: “La comunidad de base es una respuesta a las exigencias de renovación de la persona. La educación y la responsabilidad sólo son posibles en grupos pequeños”.
Partiendo de este principio, la diócesis de Crateús se propuso tres prioridades pastorales: a) la Iglesia se articula en torno a las comunidades de base; b) la educación en la fe tiene lugar en el seno de esas comunidades; c) la vida de las comunidades comporta la creación de ministerios eclesiales que han de ser ejercidos por los cristianos de cada comunidad. ¡Algo eclesialmente revolucionario que tenía lugar en Brasil hace 50 años!

Según el certero análisis de José Marins, gran conocedor y animador de las CEB en América Latina, lo que marcó realmente su nacimiento fue “la preocupación de evangelizar en un continente de bautizados, sin contacto permanente con la vida sacramental, con la palabra de Dios, y contacto comunitario de los bautizados entre ellos […]. Juntamente con esa preocupación evangelizadora y partiendo de ella, se sintió la responsabilidad de mirar a la realidad global del mundo haciendo que los cristianos entrasen en la tarea de liberación del mundo, comprometiéndose con los más pobres e injusticiados. Por eso también aparecieron comunidades eclesiales de base y de modo más intenso en las áreas más desafiantes, cuando el hombre (sic) estaba aplastado por las condiciones adversas”1.

Las comunidades eclesiales de base, “factor primordial de promoción humana”

El acto magisterial más explícito y de mayor autoridad pastoral que dio carta de ciudadanía eclesial y reconoció a las CEB fue precisamente Medellín, que define la vivencia cristiana de la comunidad no de manera abstracta e idealista, sino a partir de la “comunidad de base” en estos términos: “La vivencia de la comunión a que ha sido llamado debe encontrarla el cristiano en su ‘comunidad de base’, es decir, una comunidad local o ambiental , que corresponda a la realidad de un grupo homogéneo, que tenga una dimensión tal que permita el trato personal fraterno entre sus miembros” (Pastoral de Conjunto, n. 10).
La acción pastoral propuesta por Medellín se orienta al fomento de dichas comunidades: “El esfuerzo pastoral de la Iglesia debe estar orientado a la transformación de esas comunidades en ‘familia de Dios’, comenzando por hacerse presentes en ella como fermento mediante un núcleo, aunque sea pequeño, que constituya una comunidad de fe, de esperanza y de caridad” (Pastoral de Conjunto, n. 10).

Entre las tareas eclesiales y sociopolíticas a asumir por las CEB cita las siguientes: responsabilizarse de la riqueza y expansión de la fe y del culto; ser “célula inicial de estructuración eclesial y foco de evangelización”; actuar como “factor primordial de promoción humana y desarrollo”. Medellín resalta la función de los líderes y dirigentes de las comunidades, que pueden ser sacerdotes, diáconos, religiosos/as o laicos y que han de asumir responsabilidades “en un clima de autonomía” (ibid. 11, subrayado mío). Autonomía, otra palabra realmente revolucionaria en el marco de una Iglesia en la que las personas creyentes tenían que someterse, por imperativo divino, a las órdenes –con frecuencia castrenses- de los jerarcas.
Las comunidades cristianas de base han de estar abiertas al mundo y plenamente insertas en él, sin caer en los dualismos Iglesia y mundo, historia humana e historia de la salvación. En consecuencia, han de ser “el fruto de la evangelización, así como el signo que confirma con hechos el Mensaje de Salvación” (Catequesis, n. 10).

Medellín afirma la necesidad de formar el mayor número de comunidades en las parroquias, especialmente rurales, o en zonas urbanas de marginación, con estas características: estar basadas en la palabra de Dios; realizarse en la celebración eucarística, en comunión con el obispo y bajo su dependencia; tener sentido de pertenencia y conciencia de una misión común; participar activa y conscientemente en la vida litúrgica y en la convivencia comunitaria. El apostolado de los laicos tendrá mayor transparencia de signo y mayor densidad eclesial si está apoyado en comunidades de fe, a través de las cuales acontece la Iglesia “en el mundo, en la tarea humana y en la historia” (ibid., n. 12). De nuevo otra idea revolucionaria. La Iglesia deja de ser el centro y se convierte en mediación. Su lugar es el mundo; su ubicación, la historia; su misión no se agota en ella misma, sino que se vincula con la tarea humana.

A partir de Medellín, las CEB ocuparon un lugar relevante –preferente, diría mejor- en la eclesiología latinoamericana de la liberación. Ellas han asumido una doble tarea: re-inventar, re-engendrar nuevamente la Iglesia como comunidad de comunidades desde la experiencia de los pobres e integrarse en los procesos de liberación.

“Focos de evangelización y motores de liberación”

Once años después, la III Conferencia del Episcopado Latinoamericano celebrada en Puebla de los Ángeles (México) continuó el magisterio de Medellín y constató la multiplicación y maduración de las CEB, que “se han convertido en focos de evangelización y en motores de liberación y desarrollo” (Documentos de Puebla, n. 56). Ve en ellas “una de las fuentes de nacimiento de ministerios laicales: presidentes de asambleas, responsables de comunidades, catequesis, misioneros” (n. 57).
Entre las funciones que Puebla asigna a las CEB, he aquí las más importantes:
. Constituyen un ambiente propicio para el surgimiento de nuevos servicios laicos;
. En ellas se difunde la catequesis familiar y la educación en la fe de los adultos en formas más adecuadas al pueblo sencillo;

. Se acentúa el compromiso con la familia, el trabajo, el barrio y la comunidad local;
. Los cristianos pueden vivir una vida más evangélica en el seno del pueblo;
. Interpelan las raíces egoístas y consumistas de la sociedad y ofrecen un valioso punto de partida en la construcción de la nueva sociedad;
. Son expresión del amor preferente de la Iglesia por la gente sencilla;

. En ellas se expresa y purifica la religiosidad;
. Posibilitan la participación en la acción eclesial y en el compromiso de transformación del mundo;
. Deben constituir un ejemplo de convivencia donde se aúnen libertad y solidaridad, se viva una actitud diferente ante la riqueza, se ensayen formas nuevas de organización y estructuras más participativas.

Comunidades eclesiales de base, aplicación creativa de la eclesiología comunitaria del Concilio Vaticano II

Efectivamente, el reconocimiento de Medellín a las CEB ha tenido importantes y muy positivas repercusiones en el cambio de estructuras dentro de la Iglesia católica, que comenzó a articularse en torno a los carismas, y no desde la jerarquía, que otrora constituía su principio rector y vertebrador. Era la aplicación creativa de la eclesiología comunitaria formulada por el Concilio Vaticano II en el capítulo II de la Constitución Luz de las Gentes: “Quiso… el Señor santificar y salvar a los hombres (sic) no individualmente y aislados entre sí, sino construir un pueblo que le conociera en la verdad y le sirviera santamente” (n. 9).

La Iglesia latinoamericana deja de girar en torno a los binomios clérigos/laicos, Iglesia docente/Iglesia discente, jerarquía/pueblo y se articula en torno al binomio comunidad/ministerios. Los seglares asumen el protagonismo dentro de las CEB y ejercen los diferentes carismas al servicio del pueblo y de la comunidad. Un protagonismo que no debe entenderse como concesión graciosa de la jerarquía al pueblo cristiano o del clero a los laicos, sino que emana de la igualdad de los cristianos y cristianas por el bautismo, de la común pertenencia a la misma comunidad de fe y de la necesaria corresponsabilidad.

El capítulo II de la Luz de las gentes, que, al decir de monseñor Suenens, cardenal-arzobispo de Brujas-Malinas (Bélgica) y uno de los principales impulsores de la reforma eclesial, supuso una “revolución copernicana” en la eclesiología, apenas contaba con cauces eficaces de participación de los seglares, ya que se veían obstruidos por el capítulo III de la misma Constitución, que destacaba la “índole jerárquica de la Iglesia”. Volvía a reproducirse el paradigma jerárquico-piramidal anterior al Concilio.

Creo que puede afirmarse que la “revolución copernicana” de la que hablaba el cardenal Suenens se hizo realidad con el movimiento de las comunidades cristianas de base surgidas primeras en América Latina y desarrolladas muy pronto en otras Iglesias locales de todo el mundo.
La eclesiología de comunión de las CEB lograba desbloquear el doble registro de la eclesiología conciliar y evitaba las rupturas y desencuentros producidos en las iglesias europeas entre la jerarquía eclesiástica y los movimientos cristianos comunitarios de base. La opción de Medellín por las comunidades de base como elemento eclesial fundamental, focos de evangelización y motores de evangelización evitaba tanto la ruptura jerarquía/base como la yuxtaposición de dos paradigmas enfrentados u opuestos.

Jerarquía y CEB son dos dimensiones de la única Iglesia, que se interpelan evangélicamente, se fecundan, enriquecen y convergen en el horizonte del Reino de Dios y en el servicio liberador a las personas y colectivos empobrecidos.

“Eclesiogénesis: las comunidades de base reinventan la Iglesia”

Una década después de Medellín y tras el crecimiento y la consolidación de la experiencia de las comunidades eclesiales de base, Leonardo Boff desarrolló teológicamente el nuevo paradigma eclesial comunitario bajo el título “Eclesiogénesis: las comunidades de base reinventan la Iglesia”2. Estas comunidades representaron una nueva experiencia de comunidad y fraternidad cristianas, que no solo no se distancian del movimiento igualitario de Jesús de Nazaret y del cristianismo originario, sino que se sitúan “dentro de la más legítima y antigua tradición”, como reconoce Boff.

Las comunidades de base no responden a una moda pasajera, sino que constituyen una respuesta específica a los nuevos desafíos culturales y políticos y a la nueva conciencia eclesial. Nueva conciencia eclesial que ya no tiene su base en el clero, “esa especie que desaparece”, como dijera Ivan Illich en su memorable artículo de 1965, ni tampoco en un sacramentalismo desvinculado de la lucha por la justicia, sino en la dimensión comunitaria, constitutiva de la Iglesia, y en el compromiso por la liberación. En sus análisis de la década de los setenta y ochenta del siglo pasado, Boff distinguía con gran lucidez sociológica y teológica dos modelos de Iglesia: el integrado en la clase hegemónica y el encarnado en las clases oprimidas. En el primer modelo, la Iglesia en su doble dimensión: religiosa-eclesiástica (institución) y eclesial-sacramental, se ajusta a los intereses de las clases hegemónicas y ejerce la función ideológica legitimadora de los diferentes poderes: económico, jurídico-político y cultural, que conforman el orden o, mejor, el desorden imperante.

En el segundo modelo, la Iglesia deslegitima a las clases dominantes, se pone del lado de las personas, clases sociales y colectivos oprimidos y acompaña sus luchas de liberación haciéndolas suyas, respetando, eso sí, el protagonismo del pueblo organizado. A su vez lleva a cabo una restructuración interna conforme al ideal evangélico. Ello exige una ruptura con las tradiciones eclesiásticas hegemónicas.
Boff habla de la “emergencia de una Iglesia popular con características populares”. Es a este fenómeno al que Boff llama “una verdadera eclesiogénesis”, que se realiza en las bases de la Iglesia y de la sociedad, es decir, entre las clases oprimidas, depotenciadas religiosamente (sin poder religioso) y socialmente (sin poder social)” (p. 62).

La novedad del fenómeno de las comunidades eclesiales de base radica en que rompen con el monopolio del poder social y religioso e inauguran un nuevo proceso religioso y social de estructuración de la iglesia y de la sociedad. Ahora bien, Boff matiza que “la génesis de una nueva iglesia no es diversa de la de los Apóstoles y de la Tradición”. Y así es: se encuentran en continuidad con el movimiento de Jesús de Nazaret, las primeras comunidades cristianas y los movimientos proféticos que conforman la tradición liberadora del cristianismo. Es ahí donde se produce la verdadera sucesión apostólica, y no en el papado romano, que difícilmente –por no decir imposible- puede apelar a Jesús de Nazaret y a su movimiento igualitario.

Las características de la Iglesia de base encarnada en las clases oprimidas son, según Boff, las siguientes: pueblo de Dios, Iglesia de los pobres y débiles, de los expoliados, de los seglares, o koinonía de poder, toda ella ministerial, de diáspora, liberadora, que sacramentaliza las liberaciones concretas, prolonga la Gran Tradición, está en comunión con la gran Iglesia, construye la unidad a partir de la misión liberadora, con una nueva concreción de su catolicidad, toda ella apostólica y realizadora de un nuevo estilo de santidad (Eclesiogénesis. Las comunidades de base reinventan la Iglesia, 61-73).

Hoy es necesario ampliar el análisis socio-económicio-eclesial de Boff, visibilizar y luchar contra las diferentes discriminaciones de que son objetos las personas más vulnerables y los grupos humanos marginados por razones de género, etnia, cultura, clases social, identidad afectivo-sexual, pertenencia religiosa, procedencia geográfica, etc. Hay que crear comunidades eclesiales inclusivas de las personas y los colectivos afectadas por las discriminaciones indicadas, evitando toda tentación de homofobia, xenofobia, heteronormatividad y binariedad sexual.

Juan José Tamayo es director de la Cátedra de Teología y Ciencias de las Religiones “Ignacio Ellacuría”, de la Universidad Carlos III de Madrid. Sus libros más recientes son: La utopía, motor de la historia (Fundación Areces, Madrid, 2017); Teologías del Sur. El giro descolonizador (Trotta, Madrid, 2017) y ¿Ha muerto la utopía? ¿Triunfan las distopías? (Biblioteca Nueva, Madrid, 2018); Dom Paulo testimunhos e memórias sobre o Cardeal dos Pobres (editor y coautor con Agenor Brighenti), Paulinas, Sâo Paulo, 2018).

   
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