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Tamayo3La asamblea de obispos latinoamericanos celebrada en Medellín no fue una Conferencia teológica en sentido estricto. Tanto las ponencias como la orientación general tuvieron un carácter sociológico y pastoral, pero bajo la guía de un importante grupo de teólogos que asesoraron a los obispos y participaron en la elaboración de los documentos finales. El método seguido fue el inductivo. La primera ponencia estuvo a cargo del sociólogo brasileño Alfonso Gregory, quien ofreció una “Visión socio-gráfica de América Latina”. En su análisis sociológico Gregory destacó tres fenómenos que iban a marcar las prioridades a seguir en el trabajo pastoral: la marginalidad en la que vivía la mayoría de la población, sobre todo en el continente dentro del contexto mundial, la consiguiente violencia institucional del sistema y la contra-violencia por reacción.

Con Medellín la Iglesia católica superó tanto la larga etapa colonial, durante la que teológicamente, salvo excepciones, fue el remedo de una teología neo-escolástica decadente, como la etapa desarrollista, que entonces estaba gestándose, y entró en la órbita de la liberación como respuesta al principal desafío del continente latinoamericano, que era la necesidad de transformar las estructuras injustas generadoras de pobreza y opresión entre las mayorías populares. Era la respuesta al “sordo clamor de millones de hombres (sic), pidiendo a sus pastores una liberación que no les llega de ninguna parte” y “a las “quejas de que la jerarquía, el clero, los religiosos, son ricos y aliados con los ricos” (La pobreza en la Iglesia, nn. 1 y 3).

Si el Concilio Vaticano II instaba a los cristianos y las cristianas a estar presentes en el mundo como levadura en la masa y a hacer creíble la fe testimonialmente entre las personas no creyentes, Medellín llamaba al cristianismo latinoamericano a estar presentes en el mundo de la pobreza y hacer creíble la fe optando por los pobres a través de la presencia en los movimientos de liberación. Fue la impronta de los pobres, seña de identidad de Medellín, la que hizo suya en las décadas siguientes la teología de la liberación, que logrará reconocimiento y credibilidad no solo en América Latina, sino en otras latitudes, no solo en el entorno eclesial, sino también el social, no solo en la teología, sino en otras disciplinas como las ciencias sociales.

Con Medellín la teología latinoamericana recuperó amplios espacios de libertad, se encaminó por la senda de la liberación y se abrió al pensamiento crítico en la línea del Vaticano II: “El espíritu crítico más agudizado la purifica (a la vida religiosa) de un concepto mágico del mundo y de residuos supersticiosos, exigiendo cada vez más una adhesión verdaderamente personal y operante de la fe, lo cual hace que muchos alcancen un sentido más vivo de lo divino” (Constitución Pastoral sobre la Iglesia en el Mundo Actual, n. 7).

Ser teólogo o teóloga no puede reducirse a corear las consignas del magisterio eclesiástico, ni a glosar acríticamente los documentos episcopales o papales, sino que lleva a repensar críticamente la fe para dar razón de ella en cada contexto histórico. Sucedió, sin embargo, que cuando las teólogas y los teólogos latinoamericanos comenzaron a ejercer dicha función, la Sagrada Congregación para la Doctrina de la Fe, bajo la presidencia del cardenal Ratzinger, puso en marcha rígidos controles, sospechas y procesamientos que terminaron en dolorosas condenas y sanciones, pero nunca en rupturas por parte de las personas sancionadas.

Dos de los casos más significativos fueron las dos condenas de la Congregación para la Doctrina de la Fe al teólogo brasileño Leonardo Boff por. La primera fue en 1984 con la imposición de un tiempo de silencio. La segunda, 1992, que Boff califica de “más humillante que la primera”, ya que le impusieron una censura previa a todos sus escritos, le separaron de la cátedra por tiempo indefinido, destituyeron a toda la dirección de la revista Vozes y le impusieron una censura a ella y a sus revistas. “Me dejaron sin palabra, sin voz. Y eso para un teólogo, para un intelectual, es como una mutilación de los órganos genitales. Me condenaban al silencio, a la invisibilidad. Era como retirarme el aire para respirar. Y no acepté”1.

Quien condenó al teólogo brasileño fue el cardenal Ratzinger, que, en apenas tres lustros pasaba de mecenas a detective, ya que, como el propio Boff confiesa, cuando terminó la tesis doctoral en Munich, Ratzinger le dio 14.000 marcos para su publicación porque la consideraba una gran aportación teológica en eclesiología y sacramentos. “Después, me impone silencio y me prohíbe publicar –recuerda con sorpresa Boff- Son las paradojas tan frecuentes en las relaciones entre las personas”2.

Con dichas condenas se estaba amonestando a cuantos teólogos y teólogas -también europeos, norteamericanos, asiáticos y africanos- transitaban por las sendas de la libertad y la liberación abiertas por el Concilio Vaticano II y Medellín. Efectivamente, no tardaron en llegar las condenas de otras tendencias teológicas como la teología feminista y la teología de las religiones. Antes se había producido la retirada del reconocimiento como “teólogo católico” a Hans Küng y otros colegas europeos.

La teología latinoamericana, en buena medida por influencia de Medellín, dejó de ser simple remedo de la teología europea –fuera esta conservadora o progresista-, adquirió identidad propia y fue capaz de responder con rigor metodológico, hermenéutica liberadora, epistemología socialmente ubicada en el mundo de las personas y los colectivos empobrecidos, fuerza profética y respuesta a los desafíos de la realidad latinoamericana, entre los cuales cabe citar: la pobreza estructural, la múltiple opresión de las mujeres, la multisecular marginación de las culturas indígenas, campesinas y afrodescendientes, el colonialismo interno y el neocolonialismo externo.

Medellín ayudó a descubrir la importancia del lugar social de la teología, cuestión casi descuidada hasta entonces por considerarlo irrelevante, ya que lo que importaba era elaborar una teología formalmente rigurosa. El lugar social condiciona la orientación, la epistemología, la metodología y los propios contenidos de la teología. Ciertamente, no todos lugares sociales son igualmente válidos para hacer teología. Hay uno privilegiado, el de los pobres y excluidos, y no caprichosamente, sino porque es el lugar donde se ubican la revelación de Dios en la historia y el mensaje y la praxis histórica de Jesús de Nazaret, el Cristo Liberador.

La reflexión teológica no arranca de 0 ni se hace desde las nubes, sino que parte de una determinada pre-comprensión, de una opción fundamental y responde siempre a unos intereses, en este caso emancipatorios. Lo que hicieron Medellín y posteriormente la teología latinoamericana de la liberación fue explicitarlos y concretarlos en el compromiso ético-evangélico por la opción por los pobres y en la emancipación de los pueblos oprimidos.

Los cincuenta años posteriores a Medellín han sido, sin duda, los más fecundos y creativos, teológica y eclesialmente hablando, del cristianismo latinoamericano con el nacimiento de la teología de la liberación como nueva manera de hacer teología, su evolución y el desarrollo de las nuevas tendencias en los nuevos escenarios religiosos, culturales, sociales, políticos, económicos globales y locales a partir de los nuevos sujetos históricos de transformación: teología feminista, teología indígena, teología afrodescendiente, ecológica, teología campesina, teología del pluralismo religioso, teología, queer, teología económica de la liberación, teo-poética de la liberación3.

   
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