VII ENCUENTRO DE REDES CRISTIANAS
23 y 24 de octubre de 2021

 

Jornadas sobre“diversidad familiar”
En mi exposición trataré brevemente tres puntos: primero os explicaré mi experiencia personal con respecto al tema de la familia, porque creo que es importante tener en cuenta desde dónde se habla. Segundo, haré unas breves referencias a Jesús, a la Iglesia y a los Derechos humanos. Y tercero, ya que estoy aquí en nombre de Moceop (Movimiento pro celibato opcional), os presentaré algunas posturas, opciones y apuestas de Moceop con respecto al tema.

1.- Experiencia personal.
-Familia de origen: mi familia de origen es una familia numerosa, de un pequeño pueblo soriano, con todos los condicionantes de una familia rural tradicional y pobre. Con sólo 10 años me fui a estudiar a los salesianos, que era una de las pocas salidas que en aquel tiempo había para seguir estudiando un niño de aquel contexto. Así que a lo tradicional de la familia se añadió después una formación religiosa también tradicional y cerrada, en un ambiente de internado religioso y posteriormente de una comunidad religiosa. Ambientes que difícilmente se pueden llamar “familiares”en el sentido más común.

-Experiencia de familia comunitaria (“fraternidad”).
Tras el Concilio vaticano II, participé en el movimiento de renovación religiosa y eclesial que se fue dando, sobre todo en la dirección de una opción por los pobres y una mayor compromiso con las causas populares. Tras varios intentos frustrados de pequeñas comunidades insertadas en barrios, opté por dejar la Congregación, empecé a trabajar manualmente y posteriormente me cuestioné la opción del celibato, y más tarde me casé. Fue en ese tiempo cuando viví una experiencia familiar diferente, que, con diversas etapas, y la participación de más personas, se cuajó en una experiencia estable, de más de 12 años de tres matrimonios y 5 niños (3 niños y dos niñas). Fue una experiencia de “familia comunitaria” (que llamábamos “fraternidad”), en el sentido más pleno posible: un proyecto de vida en común en una casa de todos, economía común, faenas domésticas compartidas de forma igualitaria y corresponsable, así como el cuidado y la educación de los niños y niñas, la implicación y el apoyo mutuo en los compromisos personales, profesionales y de militancia en varios ámbitos. Fue de algún modo, con sus limitaciones lógicas, hacer concreta la pequeña utopía de aquella primera comunidad cristiana, en que nadie llamaba suyas a sus cosas, sino lo tenían todo en común, y nadie pasaba necesidad. Dicho de un modo más socialista: cada uno aportaba lo que podía y tenía lo que necesitaba. Esa experiencia dio de sí lo que nuestras limitaciones humanas permitieron. Y ahí queda la experiencia, que no es sólo un pasado, sino una realidad que aún hoy nos marca en una relación de vecindad, de amistad y solidaridad.

-Experiencia de familia adoptiva.

Al poco de casarnos, empezaron los problemas de riñón de mi mujer, y, tras año y medio de diálisis, tuvimos la suerte de un transplante de riñón. Como parecía problemático y de riesgo el embarazo, decidimos buscar la paternidad y maternidad por otros cauces. El mismo año del transplante tuvimos la suerte de la acogida de Verónica, una preciosa niña de 4 años y medio. Tras 5 años de acogida, en los que también compartimos la experiencia con otras familias acogedoras y con la asociación Acaronar, que trabaja con familias acogedoras y por la normalización de la situación de menores,…llegó luego la adopción. Dos consideraciones breves sobre esto:
-la acogida fue un tiempo de experimentar la entrega gratuita y desinteresada, a la vez que el consiguiente encariñamiento, con dos sentimientos encontrados: por un lado el “ay” de que en cualquier momento podrían decidir “quitárnosla”, al ser acogida temporal indefinida; y por otro de que la gratificación está en el amor mismo: lo que buenamente pudiéramos hacer por ella mientras estuviera con nosotros, algo le vendría bien, y a nosotros también, pasara lo que pasara. La niña no es una posesión, a no ser a la inversa: es ella la que nos tiene a nosotros.

-la adopción es ocasión de experimentar que lo biológico no es lo único y a veces tampoco lo más importante. La familia, el matrimonio, la maternidad o paternidad y la filiación son algo más que la relación biológica. El amor tiene muchas formas y muchas dimensiones, no se da de un momento para siempre, sino que se hace día a día. La relación se construye o se destruye cada día, y no tiene más garantía de éxito que el propio amor, el cual a su vez es tan frágil y fuerte como la vida misma.

Esta peculiariedad de la adopción, junto con la connotación de la discapacidad de Verónica (del 75%), y del 60% de mi mujer, y añadiendo la “rareza” en mi caso de ser cura casado, son algunos rasgos diferenciales de nuestra familia; son nuestra pequeña aportación a la diversidad familiar.
-Esta experiencia se enmarcó y se enmarca en un contexto de una pequeña comunidad cristiana de base, con más de 25 años de vida compartida, que yo sí me atrevo a llamar familia en sentido amplio, pues la experiencia de amor fraternal, de cariño que nos tenemos, de apoyo mutuo en cualquier ocasión, y de compartir la vida en todas sus facetas no desmerece para nada de la unión que puede haber en una familia de sangre. No nos sentimos sólo amigos o amigas, sino hermanos y hermanas en una sentido bien humano y profundo, al que la referencia religiosa no es un elemento sublimador, sino que le da todavía una más profunda consolidación.

Esa misma experiencia de fraternidad yo la vivo y la percibo en los colectivos eclesiales de base en los que me muevo: comunidades populares, MOCEOP; curas obreros…En esos colectivos se experimenta que no somos sólo miembros de una organización, y no sólo amigos (que también), sino hermanas y hermanos en el sentido más utópico que deseamos para toda la humanidad, a la que el obispo Casaldáliga y el teólogo Leonardo Boff gustan llamar “la gran familia humana”. Ya sé que suena a utópico, pero es la gran utopía en la que nos movemos: que de verdad estamos vinculados, y, pensemos de un modo o de otro, nos llevemos mejor o peor, estamos en la misma barca, en la misma casa, hemos de convivir e ir construyendo “la gran familia humana” en la que somos hermanas y hermanos, y las personas creyentes consideramos a Dios nuestro Padre y Madre.

2.-Algunas referencias básicas:

– Jesús de Nazaret.
Más que al modelo idílico de “sagrada familia” que la Iglesia nos ha enseñado de Jesús, tal vez la experiencia de Jesús hace más referencia a la “diversidad familiar”, de la que hablamos: una joven soltera que se queda embarazada misteriosamente, un “padre adoptivo” del que sabemos poco; unos hermanos y hermanas de Jesús que se nombran y luego se ignoran, un hijo que ya de niño se pierde, y de mayor lo busca su familia porque lo tienen por loco; y un Jesús que se desmarca de su familia biológica y forma otra familia basada en una fraternidad utópica…”¿Quién es mi madre y quiénes son mis hermanos? Y señalando con la mano a sus discípulos, dijo: “Aquí están mi madre y mis hermanos” (Mt 12,48-49).

Pero, además, Jesús, no es tanto que opine ni enseñe sobre la familia, el matrimonio, el divorcio, el adulterio…No define una doctrina concreta, pero sí marca unos criterios, con sus palabras y sus gestos. Critica cómo el divorcio se había banalizado, dejándolo al capricho del hombre; o cuestiona el trato de desprecio hacia la mujer contraponiendo su ejemplo de respeto, de igualdad y cercanía con ellas. Si perdona a la mujer adúltera no es que permita ni condene el adulterio, sino que echa en cara la hipocresía de una religión y un legalismo que acaba resultando inhumano. Lo primero es el amor, la humanidad, la misericordia; y lo último e intolerable, es la hipocresía, el cinismo, el abuso del poder patriarcal y machista, la religión legalista e inmisericorde…

-Referencia a la Iglesia.

Lo que no podemos aceptar es la que la jerarquía de la Iglesia nos imponga como absoluto lo que no lo es. No hay un solo modelo de familia, ni un solo modelo de jerarquía eclesiástica ni de comunidad cristiana. ¿O es que el Papa ya no se acuerda de que el primer Papa, San Pedro, era un hombre casado?

¿Ya no leen los Obispos la recomendación de Pablo a Timoteo de que “el Obispo ha de ser irreprochable, fiel a su mujer, juicioso, equilibrado, hospitalario,…Tiene que gobernar bien su propia casa y hacerse obedecer de sus hijos con dignidad. Uno que no sabe gobernar su casa ¿cómo va a cuidar de una asamblea de Dios?” (1Tim 3, 2-6).
¿Hay que recordar hoy que hasta el siglo XI no se impuso la ley del celibato para el clero? ¿O que en la Iglesia primitiva había mujeres que animaban y reunían a las comunidades en sus casas? ¿y que hubo diaconisas, sacerdotisas y obispas?
¿No saben que en los primeros siglos había ritos de bendición de parejas del mismo sexo, invocando a Santos como los Apóstoles Felipe y Bartolomé, o a los santos Sergio y Baco, o Cosme y Damián? (cfr. John Boswell, “Las Bodas de la semejanza”).

En suma: no todo ha sido siempre así, como lo es ahora; ni tiene por qué serlo siempre así. Aunque el Papa dé cerrazón a la ordenación de mujeres o al celibato opcional, hay tendencias que son imparables, en primer lugar porque son de sentido común; en segundo, porque son avances conquistados con gran esfuerzo y sacrificio de muchas personas y no va a ser en vano; y en tercer lugar porque hay personas espirituales que perciben que en estos avances hay algo del Espíritu que no lo podrá apagar ninguna jerarquía.

Una pregunta a la Jerarquía de la Iglesia: si tan importante y tan sublime es la familia ¿por qué la quieren para otros y no para sí? ¿Es porque son tan sacrificados y generosos que quieren para los demás lo que consideran bueno, y se reservan para sí lo que consideran mejor? Pues no saben lo que se pierden.

-Referencia a los Derechos humanos: evangelio laico y utopía humana.
El Evangelio nos enseña de varios modos que lo realmente determinante no es lo religioso sino lo humano.
Hay una laicidad del Evangelio en el sentido de que lo humano tiene valor por sí mismo, tiene dignidad en sí mismo. No hace falta bautizarlo para santificarlo. Es santo y sagrado en sí mismo ( Vat. II; GS…) .

Una de las expresiones máximas de la dignidad de lo humano, como exigencia y como aspiración utópica a la vez, universalizable (que ha de ser para todas las personas, sin distinción), es la Declaración Universal de los Derechos Humanos. Ella es, creo yo, como un Evangelio laico, con el que nos hemos de identificar y comprometer, en cuanto aspiramos a una humanidad verdaderamente humana (valga la redundancia). Como utopía y como compromiso real de cumplirlos y de exigir que se cumplan en todos los ámbitos.

3.- Posturas, opciones y apuestas de MOCEOP.

MOCEOP se define a primera vista como un movimiento reivindicativo de un derecho tan elemental como poder casarse y formar una familia. Eso sería sencillo si no chocara con la disciplina eclesiástica que exige el celibato para los curas, y que ha hecho difícil incluso el dejar el celibato, tanto si era renunciando al ministerio, como, más aún, si se quería compatibilizar matrimonio y ministerio.
Hablando de diversidad familiar, ser cura casado y formar una familia debería ser algo común y normal, pero de hecho es algo “diferente”, tanto sociológicamente, porque aún subsiste algo de la figura social del cura como célibe, como eclesialmente, en unos ámbitos porque no es aceptado y resulta poco menos que escandaloso o al menos transgresor, y en otros ámbitos, donde es aceptado con naturalidad, pero es algo aún excepcional.

La Jerarquía ha procurado plantearlo en el terreno de que los curas casados eran casos individuales problemáticos, y aislados (más de 100.000, pero casos aislados). Y que, llegado el caso, lo mejor era “desaparecer del mapa”. La estrategia eclesiástica de negar los hechos, y cuando ya no se pueden negar, procurar que no trasciendan, revienta cuando se hace público y reacciona, por ej. obstaculizando o impidiendo si puede, incluso el derecho al trabajo civil. (casos concretos).

Moceop lo que plantea es que celibato y ministerio son dos carismas diferentes y que no necesariamente han de ir vinculados. Lo que molesta a la Jerarquía es que bastantes sacerdotes renunciemos al celibato pero no al ministerio, y no desaparezcamos sino que además, organizadamente, nos constituyamos en un movimiento de renovación eclesial.
Cuestionar el celibato obligatorio es cuestionar la exaltación del celibato y la virginidad como una opción preferible, y necesaria para el clero, dejando el matrimonio “para la clase de tropa” (que decía el fundador del Opus). Lo cual encierra un menosprecio no sólo del matrimonio y la familia, sino implícitamente también de la mujer, vista en la Iglesia como tentadora y no apta para el ministerio, y de la sexualidad misma, vista con una óptica negativa de pecado y peligro; y mucho más de la homosexualidad, considerada oficialmente como un desvío cuando no como una perversión. Misoginia y homofobia son dos caras del clericalismo eclesiástico.

Moceop apuesta por la igualdad entre celibato y matrimonio, y entre hombre y mujer, entre homosexuales y heterosexuales, considerando que el ministerio, incluyendo la ordenación como reconocimiento eclesial, no tiene por qué negarse a personas por el hecho de ser casadas, mujeres, homosexuales. Estamos, pues, contra la exclusión actual de estos grupos de personas, con el convencimiento de que es algo meramente disciplinar y que no tiene fundamento bíblico ni teológico.

Si el planteamiento de Moceop molesta al Vaticano y a la Jerarquía no es sólo por la reivindicación del celibato opcional. Es que cuestionando esa ley eclesiástica cuestionamos el clericalismo en el que se sustenta: que el clero sea la clase dirigente de la Iglesia, clero que es sólo hombres y sólo célibes, con lo cual se cuestiona toda la estructura clerical de la Iglesia: piramidal, dogmática, autoritaria, antidemocrática, patriarcal, machista, homófoba, eurocéntrica, coaligada con el poder económico, político e ideológico más reaccionario… (Y paro para no calentarme).

Una de las apuestas significativas de Moceop es la de hacer Iglesia Comunidad desde las pequeñas comunidades de base, donde es posible vivir la fraternidad, la igualdad, la complementariedad, la corresponsabilidad y la creatividad en libertad. Creemos que una pequeña comunidad es una forma alternativa de familia en muchos sentidos. Y como objetivo más específico nuestro, un ámbito adecuado para ejercer unos ministerios desclericalizados.
Evidentemente somos un movimiento disidente dentro de la Iglesia, pero no desertores. No la dejamos. Porque la consideramos nuestra nos duelen sus defectos y estamos dispuestos/as a trabajar en su transformación. Y en ello no estamos solos. Nos sentimos vinculados con otras muchas comunidades, grupos y movimientos de renovación eclesial, con los que participamos en Redes Cristianas, con quienes hacemos oír “otra voz de Iglesia”, y con quines creemos que “otra Iglesia es posible y necesaria”: la prueba de que es posible es que la estamos haciendo ya.

Estas opciones tienen de fondo el convencimiento de que primero es el Reino de Dios, antes y por encima que la Iglesia. Por ello estamos comprometidos también en movimientos sociales y de solidaridad, codo con codo con creyentes y no creyentes, con quienes compartimos también la utopía y el compromiso de que “otro mundo es posible” y lo vamos haciendo ya. En esa dirección creemos en “la gran familia humana”, como utopía de una humanidad respetuosa con los derechos de las personas, igualitaria, rica en su diversidad, fraternal y sororal, y solidaria con las personas y grupos más débiles, pobres y marginados. Somos una gran Familia que vivimos en una gran casa que es común; todos y todas estamos en la misma barca y hemos de cooperar, desde nuestras peculiaridades, desde la diversidad, para que llegue a buen puerto.

Deme Orte (miembro de MOCEOP).Valencia, Junio 2006.

   
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